Belize vale unas buenas Guinness para borrar otras fronteras

David Pinto
Académico y ensayista

– Do you speak English?
– No
– ¿Para qué viene a Belize?
– Turista
– ¿Cuánto tiempo?
– Cinco días
– ¿Dónde se hospedará?
– No sé, al llegar a la ciudad buscaremos un hotel.
– Pasaporte sellado. Pase.

El policía de migración que selló la libreta tenía pinta de chino, quizá hijo o nieto de chinos. A la par de nosotros camina otra fila de guatemaltecos esperando su permiso temporal. Uno de ellos dijo: “Voy siempre una semana, porque gano cuatro veces más que acá”.

Llegamos salteando una carretera maltrecha desde Flores Petén hasta la frontera; imaginaria, disputada e inconclusa ruta acordada sólo para carretas a mediados del siglo XIX. En la frontera migratoria no hay zona de adyacencia, sino línea de separación entre dos Estados en esta era de globalización liberal proclamadamente sin fronteras en la cual nació Facebook, nación con millones de habitantes.

Nada más traspasando veo y bebo la primera Guinness. Con ella aparecerán después más bellas la jamaiquina, la brunette y la mestiza en el Restaurant de Caulker. Asfaltada completamente está la carretera correspondiente a Belize. Pocos vehículos, poca contaminación, grandes extensiones rurales deforestadas, sin cultivos visibles. Un territorio con mínima presión demográfica.

Pude ver el bus Saint James en ruta a Punta Gorda y recordé el viaje anterior hasta la frontera con México: Dangriga hace veinte años era una aldea dedicada al mar y la pesca. Atravesamos Independence, Ladyville, Orange Walk Town, Corozal Town. Fue todo el país de sur a norte en bus, mirando ríos, montañas, gente de tierra y mar.

Hoy, entrando por Melchor de Mencos, tantos túmulos indican prudencia hacia comunidades rurales (peasants) alejadas del asfalto. En el cruce a Belmopan, un negro grandulón pide favor y se va en la palangana; bajando en un pueblecito ya cerca de la ciudad. Cuatro horas de carretera y hemos llegado al puerto Belize City. El picop llega con un desperfecto eléctrico y son casi las cinco de la tarde.

Estamos a pocos metros de una excelente empresa mecánica a punto de cerrar su jornada laboral, pero hacen el favor de arreglarlo. Saben su oficio y cobran poco. Empresa grande, con sala de ventas, talleres bien equipados y un grupo humano curiosamente multirracial. Un blanco nos ofreció llantas en oferta, dos jóvenes negros hicieron la reparación eléctrica y un mestizo cobró los dólares. Fue la única experiencia en poder observar la interacción racial funcionando. Y fue única porque el carro no volvió a fallar.

Estábamos, sin saberlo, en la explanada periférica y moderna de los tres planos urbanos que forman la superficie plana que es Belize City. Nos hospedamos en el hotel de una china, quien sólo hablaba chino. Habitaciones amplias, con sus cosas en buen funcionamiento, incluido aire acondicionado, infaltable televisor y el warning no smoking.

Para descansar tomamos cuatro Guinness en el Supermarket de enfrente. Estuve platicando sobre la situación de Belize con el administrador, hijo de una salvadoreña. Me contó que los asuntos andaban bien, menos el gobierno (esto último me sonó a viejo conocido). Luego tomamos un taxi con destino al centro histórico. Los taxis tienen permiso, pero no portan placa de servicio ni letrero luminoso. Son simples carros particulares.

Cobró sesenta quetzales por una distancia que acá costaría veinte (no aceptan quetzales en ningún negocio). Había anochecido y era la famosa hora congestionada, pero maravillosamente casi no circulaban vehículos. El chofer, negro como la noche, sólo respondió lo indispensable en inglés creole.

Negras y negros actúan parcos, distanciados, medio amables, aunque serviciales cuando sea necesario. Entre ellos sí son parlanchines, lo cual pude observar en una pequeña plazoleta llena de gente, música y bailes: reggae, rocksteady, dancehall, skank, soca. Frenéticos e hipnotizantes ritmos cuya letra no podía entender, solamente gozar los ricos movimientos, como olas de mar, de las muchachas.

En Belize no hay marimba ni sones mayas. En Belize no hay monumentos de presencia colonial española. No hay restos arquitectónicos, ni trazado de ciudad hispánica. Ni el vestido, ni la comida ni el idioma. Parece que los españoles nunca vivieron allí. Sí hay sitios mayas, pero eso es de época prehispánica que se extendió por la región Mesoamericana. Después Guatemala y Belize fueron colonias a la fuerza y cada una buscó independizarse a su manera.

También hay mayas yucatecos y queqchíes, unos se remontan a la guerra de castas mexicanas del siglo XIX y los segundos incrementaron con la guerra sucia guatemalteca de los treinta años en pleno siglo XX. Pero los queqchíes no visten traje típico, idioma oficial el inglés y su nacionalidad belizean, aunque sean menonitas, garífunas, mestizos, chinos, etcétera.

Belize mira y oye a Jamaica y está de espaldas, muro imaginario, con Guatemala.

Transpira agua caribeña y parece querer juntarse con sus más de 20 hermanas de la commonwealth. Preguntamos si podíamos caminar hasta la playa y la respuesta fue que no. Era peligroso por los asaltantes ligeros como el viento. Bastaba mirar las calles oscuras y desoladas que parecían Guatepior.

Mejor fuimos a cenar en un comedor popular. Comida de mar y seguía la música. Bullicio con aire familiar y confianzudo. Gente negra. Puro pueblo. Abuelas, papás, juventud y niñez. Contentamiento contagioso. Cervezas Guinness. Había quienes danzaban, pero paraban cuando alguien (un extranjero) los miraba.

El taxista negro ya no volvió y tomamos el de otro salvadoreño que resultó ser periodista, disc-jockey, radiolocutor, comerciante y analista político (otro aire de vecindario). De regreso al hotel nos puso al día sobre noticias: En Belize manda más el gobernador inglés que el gobernante nacional. Hay mucha corrupción entre funcionarios y empresarios (puso como ejemplo las telecomunicaciones y eso también nos sonaba muy propio), hay empleo, pero los morenos sólo quieren música y mariguana y miran el litigio con Guatemala como cosa ya concluida, sin necesidad de nuevos tribunales ni consultas.

Llegamos al hotel de la china. Para dormir pagamos el equivalente a cuatrocientos quetzales por persona. Belize es tres veces más caro. Su dólar vale la mitad del gringo y ambos circulan libremente, aunque tal vez también la Libra esterlina. El salvadoreño sí cumplió el trato. Llegó en punto a las siete de la mañana y nos dio una vuelta por el centro histórico, cercano al mar: son pequeñas casas antiguas de madera, bien conservadas y pintadas.

Desayunamos en el mercado, donde una hondureña. Después fuimos al museo para contemplar una exposición sobre la esclavitud negrera. Ese museo fue una cárcel con paredes de piedra y ladrillo tamaño trinchera. Caminamos por pasadizos estrechos. Vimos mapas de la ruta africana, fotos de famélicos encadenados, grilletes, bozales y látigos de cuero crudo, tobilleras de hierro atornillando los dos pies.

Una escultura negra a escala natural representaba al esclavo con todo ese arsenal punitivo de la esclavitud. Igual para hombres y mujeres, Bisabuelos de los que vimos bailando en la plaza y el comedor. Miramos un poco las piezas mayas y nos encaminamos hacia la biblioteca nacional, pero no fuimos bien recibidos por la encargada que parecía británica, como la comisaria del museo.

La vez anterior (he ido dos veces a Belize) me fue mejor en todo, pero como no había Guinness tampoco bebimos. Esa vez consulté el catálogo manual de la biblioteca y había un libro sobre nuestro país: Guatemala nuevo Viet Nam. De nuevo arranca el taxi y sorpresivamente la avenida costanera corta en dos el enorme cementerio. Lugar de los ancestros y de los muertos recientes. Allí yace, nos dijo el salvadoreño, George Price (también la carretera asfaltada de Belize City al fronterizo Benque Viejo se llama George Price).

En una tumba sencilla estaba el héroe nacional de la lucha por descolonizar y por la independencia de Belize en 1981, hoy un Estado independiente en el continente americano, con sus islitas, cayos, islotes, islas, algunas ya propiedad privada de celebridades globales. Hasta unos Panza en esta patria de Sanchos criollos pretenden ahora su tajada de ínsula caribeña, como si fuese la colonia del repartimiento.

Patrimonio innegociable resulta su fabuloso arrecife de corales y su pintoresca bandera nacional. Los derechos marítimos y territoriales de Guatemala, por sabido se callan, están en la incertidumbre. Dijo un coronel desatinado luego de la independencia: “Vamos a retomar ese territorio usurpado y echaremos al mar a toda la raza negra”. Eso nunca ocurrió y lo que nos queda es el recortado nuevo mapa escolar y un montón de papeles diplomáticos.

Finalmente embarcamos rumbo a la pequeña isla Caulker, nuestro destino turístico. Gozar la gran laguna natural que llega mansamente a la cintura, sin hondonadas peligrosas, anchas playas de arena blanca, frutos del mar como la delicada langosta y las Guinness de rigor. Caulker era natural con sus chozas, el viejo barbudo que apagaba y prendía la luz del cayo, sin plasmas, ni miles de cámaras digitales, sin el turismo rubio que hoy no goza la playa ni las palmeras sino la Palm y la Tablet. Pero con ese turismo masivo ingresan millones de dólares al subdesarrollo. Vimos dos guatemaltecos vendiendo souvenires mayas y hamacas de México.

No me cansaré en repetirlo: “La primera vez fue mejor: pude orientarme a pie por la segunda parte de esa ciudad plana (sin una sola colina), sin ningún punto alto para ver el conjunto urbano”. Me gustó más aquel mercado al aire libre que el de ahora hecho de locales cerrados. Entrar sin problema dentro la casona del gobernador, salir a la calle y caminar entre tantas vendedoras salvadoreñas.

Esta vez medio vi un puerto de Belize con tres secciones: el modernizado que está en la periferia (justo hacia Guatemala), el amontonamiento de en medio encerrado entre edificios de cinco pisos y el antiguo centro histórico a orillas del mar. No vi tugurios, asentamientos precarios, ni casas de cartón. He vuelto contento porque ya boté un papelito dentro una Guinness marinera que naufragará en las espumas irlandesas, su patria de origen.


PRESENTACIÓN

En la víspera de la Consulta Popular sobre el tema Belice, presentamos a usted una crónica de viaje en esa nación relatada por el escritor David Pinto. El texto expresa las impresiones del turista, sin ahorrarse las observaciones sobre los contrastes y similitudes entre ese espacio geográfico y nuestro país. No solo aprecia las bondades que la naturaleza ofrece junto a las cualidades de su población, sino las carencias e injusticias que aparecen sin que parezcan sutiles o disimuladas.

Por su parte, Jorge Carro, rescata la memoria histórica del escritor guatemalteco, Melvin René Barahona, mostrando la complejidad de carácter del poeta y sus cualidades expresadas en una poesía no siempre suficientemente reconocida por el canon literario. El escritor, nacido en Izabal en 1932, falleció en Argentina en noviembre de 1965. Formó parte del grupo Saker-Ti y tuvo una producción poética de alta calidad que sobresale entre algunas de su grupo.

Adicionalmente, el Suplemento Cultural, presenta la obra de los artistas, Eny Roland Hernández, cuyo trabajo se encuentra en Galería El Attico; y Julio Zadik, con una muestra en Galería Sol del Río. “La Hora”, al tiempo que reconoce el valor de sus creaciones, invita a sus lectores a las exposiciones para la formación personal en el desarrollo del paladar artístico.

Sugerimos a nuestros seguidores, como siempre, la lectura de los textos de Miguel Flores y el más reciente relato de Juan Antonio Canel. Si son de su agrado los trabajos, no se olvide comentarlos en la red y darnos sus impresiones, valoramos altamente su opinión. Hasta la próxima edición. Feliz fin de semana.