Apuntando a su corazón

Eduardo Blandón

ejblandon@gmail.com

Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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Eduardo Blandón

Una de las cosas que más adoraba en mis años de infancia era estar junto a mi padre.  Lo era todo.  Me esforzaba en llamar su atención, jugando, conversando y haciéndome el listo. El viejo me inspiraba.  Con tan mala suerte, sin embargo, que sentí tener poco éxito.  Ya sabe, lo he absuelto porque, qué otra se puede hacer con quien se ama sino exculpar y buscar excusas: no tenía tiempo, me amaba de otra forma, compensaba según su estilo… y mucho más.

Busqué su aprobación hasta su último aliento.  Recuerdo mi desasosiego en la espera de un gesto, una palabra, cualquier cosa que me dejara ver lo que significaba en su vida.  Y no llegó sino una semana antes de fallecer.  Me dijo que me amaba y que consideraba que era un buen hijo.  Fue suficiente.  Respiré profundo y me sentí preparado para su partida.  Los astros se alinearon porque no solo lo vi morir, sino que pasamos juntos la última noche de su vida.

Su muerte, como todo evento de esta naturaleza, fue un drama.  Yo experimenté su partida como un hasta pronto, un ajuste de cuentas y la continuidad de una relación que supera las condiciones terrenas.  El viejo fue bueno, quizá hasta cariñoso, eso sí, según las pautas aprendidas en su propio contexto vital.  Es lo que hay… o lo que había.

¿Compartirán mis hermanos el mismo sentir?  Puede que sí, pero nunca lo hemos conversado.  Las necesidades, asumiendo las coincidencias, son vividas de manera distintas, con énfasis y tonalidades que se vuelven “personales”.  Esa peculiaridad, quizá, es la que me estimulaba a pedirle a Dios en mis oraciones de adolescente que me ayudara a ser alguien para honrarlos (a mis padres) en sus vidas.

Probablemente ese “has sido un buen hijo” haya sido mi recompensa a esa especie de obsesión juvenil.  Esa, junto a la foto que tenía configurada en el celular cada que lo llamaba: yo, con seis años, apuntándole con una pistola de juguete.  Sin duda era su manera de recordarme o quizá la expresión de ternura por ese hijo que le apuntaba a su corazón, sin que él lo supiera, en busca perenne de su afecto de padre.