Juan Jacobo Muñoz Lemus

Las decisiones humanas son difíciles, porque además de lo que se quiere obtener, deben vigilar a que se está dispuesto a renunciar y con qué se está dispuesto a cargar al hacer una elección. Por eso, son un conflicto, un desafío y una puerta a la libertad o en su defecto, todo lo contrario. Si se renunciara a algunas cosas se acabarían muchos problemas, pero es difícil soltar.

Un mandato universal es el hambre. Cualquiera hará lo que sea por comer, como cualquier animal. Lo demás que sea decisivo es opcional. Los humanos, similares al principio, pueden transmutar hasta hacerse trascendentes, o continuar siendo básicos. Como tortugas yendo al mar, no todos se salvan.

Si alguien se sobrepasa es porque no respeta, no se vincula empáticamente y no piensa más que en él. Solo en un ego bien tratado, la paz y la reciprocidad pueden generar una profundidad parecida a eso que se llama solidaridad. Pero que idiotas somos los hombres, siempre siguiendo una lógica ego centrada.

Parece claro que todos vivimos frustraciones hasta que dejamos de tener inútiles aspiraciones. Férrea disputa existencial entre la identidad individual y la social. Los cambios, si los hay, más que a cuenta de los años son por el recuento de tantos daños.

Sin aceptar las conjeturas de nadie y abriendo los ojos, podemos ver lo que hay: niños muriendo de hambre, personas explotadas, gente con demasiado dinero, corrupción estatal y privada, delincuencia galopante y más.

Tal vez no lo asumimos tanto, porque es tan desagradable que buscamos formas de desconexión; pero en el fondo a muchos disgustan las desigualdades profundas, por mucho que algunos las fomenten sin valorar el valor de los valores.

Padres quebrados y deprimidos, familias disfuncionales, jóvenes que no encuentran acomodo, miedo a no tener o a perder el trabajo. Las cosas pasan porque pueden pasar y todo lo que atestiguamos se parece porque todo es como el país. Nos debatimos entre los procedimientos y la ética, al tiempo que el sistema colapsa y las instituciones con él. El sistema promulga que la gente por mal quiere, aunque pareciera que por mal se cede.

El bien ajeno como un botín. Como en la actitud egoísta de un amante celoso que lo quiere todo, la culpa parece ser de la propiedad privada. La diferencia entre un pobre y un rico es que el pobre no tiene elección, y el rico elige su forma de ser infeliz.

Aunque los procedimientos existan y la norma abunde, la anomia que vivimos como degradación de las normas sociales, se estimula con la falta de la integridad que debería marcar el paso a la funcionalidad. La integridad sin leyes puede que sea insuficiente, pero la ley sin integridad es demasiado peligrosa.

Ni el orden jurídico ni la normativa moral infantil han sido capaces de detener los excesos. Es necesaria una ética auto gestionada que habite el fuero interno como filosofía de vida. Una ética que se cimente en la empatía como una capacidad de ponerse en el lugar de los demás de manera afectiva e integral, y no solo en un discurso racional, intelectual e imaginario como el que suelen utilizar los demagogos.

Diario La Hora
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