RELIEVES

A mi padre, el maestro don León Aguilera

Grecia Aguilera

El pasado miércoles 11 de abril se conmemoró el cumpleaños de mi padre, el maestro don León Aguilera (1901-1997), y por tal motivo dedico con todo mi corazón este artículo a su memoria. Las fuerzas de la Naturaleza le ofrecieron el don de hacer de los libros, la ciencia y la filosofía sus esclavos, la quintaesencia perfecta de la sabiduría. Un ‘reloj sin agujas’, el infinito, es el calificativo para mi señor padre, a quien le obsesionaba ese algo intangible, inmensurable, el Todo Universo, representado en la mitología griega como el dios Cronos: El Tiempo, que día a día pareciera ser más corto en la vida de los seres humanos. El concepto del tiempo fue constante en su prosa lírica y en su poesía, fue uno de los temas en los que más profundizó. Cuando era yo pequeña le pregunté: “Papi, ¿qué es el tiempo?” a lo que respondió ‘un reloj sin agujas’ ¿Y un reloj? ‘el sepulturero del tiempo’. En una de sus magistrales piezas literarias en las que se refiere al tiempo escribe: “Corazón en el péndulo en que pende el instante,/ el instante de oro, de obsidiana o cristal;/ corazón en el péndulo en que pende el instante,/ como Luna menguante de mi tiempo mortal./ Cómo pasa y no vuelve el instante en el péndulo,/ de materia ligera, invisible y fugaz./ Cómo pasa y no vuelve el instante en el péndulo,/ va rimando en sus arcos de la vida el pulsar…/ El vaivén de la vida, el vaivén de la muerte,/ ver abrirse abanicos en fantástico afán,/ el vaivén de la vida, el vaivén de la muerte,/ esperanzas de ensueños que jamás se tendrán./ Es balanza, se pesan los minutos, las horas,/ balanceantes los días entre infierno y edén;/ es balanza, se pesan los minutos, las horas,/ y lo que hoy está siendo, otro instante ya no es…/ No más ojos y oídos en hipnosis del péndulo,/ y fijarlos al trémolo de belleza en la flor;/ no más ojos y oídos en hipnosis del péndulo,/ y vibrar en el péndulo que estremece el amor.” Con mi padre aprendí el valor del saber, el valor del conocimiento. En una de sus “Urnas del Tiempo” dedicada a mi persona escribió: “Debemos hojearle libros, especialmente enciclopedias ilustradas…” Mi vida creció así entre libros, diccionarios, enciclopedias, pero antes de consultar alguno de esos preciados tomos, le preguntaba a mi padre cualquier duda quien respondía aclarándola de inmediato y a veces con una cátedra que duraba más de una hora. Era realmente un ser pensante, un metafísico; siempre estaba leyendo algo diferente o releyendo a los filósofos antiguos, porque para él la vida era un aprender constante. Cantor de las jacarandas en flor, enamorado eterno de la Naturaleza, creador de una obra literaria humana, esencial y didáctica. Él supo verter y compartir sus conocimientos a través de su célebre columna “Urnas del Tiempo” que publicaba en el recordado diario El Imparcial y luego en Prensa Libre. Haberlo acompañado y auxiliado hasta el último momento de su vida fue para mí muy edificante, porque su presencia era un reto, sus consejos una ley, su retórica, valiosa lección. Se vienen sin querer a mi mente, los verídicos versos del poeta español Jorge Manrique, que cada mañana recitaba mi padre en voz alta, como si fuesen una oración, una plegaria: “Recuerde el alma dormida,/ avive el seso y despierte,/ contemplando/ cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando;/ cuán presto se va el placer,/ cómo, después de acordado,/ da dolor,/ cómo, a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado/ fue mejor./ Pues si vemos lo presente,/ cómo en un punto se es ido/ y acabado;/ si juzgamos sabiamente,/ daremos lo no venido/ por pasado./ No se engañe nadie, no,/ pensando que ha de durar/ lo que espera,/ más que duró lo que vio,/ pues que todo ha de pasar/ por tal manera.”