A la Ventana

Maco Luna
Escritor

El escritor abre de par en par la ventana. Tomada de la mano, la luz y el viento, entra la poesía. Sus ojos se introducen en la historia de cada sujeto que pasa frente a la casa. Bien se monta en la carreta del vendedor o en la cartera del comprador; bien en la falda de la colegiala o en la chalina de la madre soltera, y hasta en la cola de los perros con pedigrí o en la piel sarnosa de los chuchos descalzos.

Algunos pájaros urbanos se acercan dando saltitos al charco de agua llovida. Absorto en el paisaje está el escritor cuando suena su celular: ¿Bueno? –Qué tal vos? Te tengo un trabajito: Solo tenés que escribir unos cuentos que tengan, más o menos, setecientas palabras. El tema tiene que ser sobre la relación de la naturaleza con la vida y tener un buen final. Ah, y que los personajes sean animales… El lenguaje debe ser sencillo y coloquial. No pagan tan mal. ¿Qué decís? Eso sí, tenés poco tiempo. El escritor baja la mirada y piensa por un momento que aceptar esa propuesta sería prostituir las letras, pero el agujero en su zapato le grita que el dinero mueve montañas y que por ahora lo único que tiene son sueños. Sin darle más vueltas al asunto acepta.

Ahí comienza el quebradero de cabeza. ¿Qué historia escribo y por dónde empiezo?

…cierto día se escuchó en toda la selva el rugido del león que decía, cargado de vanidad: “Yo soy el rey de la selva”. El mono lo escuchó y, balanceándose entre los árboles contestó: “No. El rey soy yo. Soy más inteligente y no solo fuerza bruta. Los demás animales también se creían reyes; el venado, por ser veloz; la zorra, por astuta, y así cada uno de ellos, decía tener una cualidad suficiente para reinar por sobre los demás…

El poeta estruja la hoja de papel y la tira por la ventana. No es por ahí donde debo caminar. Se pone de pie, y mientras fuma da una vuelta por la casa y luego regresa a seguir raspando palabras. Ahora no se le ocurre ninguna historia.

Por más vueltas que le da al asunto, no es el momento propicio. Tengo que encontrar el hilo para tejer la historia y no encuentro la punta por ninguna parte. ¿Una historia por dinero será hacer literatura? Saca su pañuelo en un ademán de cansancio y tropieza con su delgada billetera, y esta, haciendo gala de su erudición, le suelta el sermón: “Escribir por encargo es una forma, no la única, de hacerlo profesionalmente. Si pensás que escribir por encargo es, de un modo inevitable, algo indigno, recordá que el doctor Johnson cree que sólo un badulaque escribe por placer. Ya sabés que él escribía por necesidad, por dinero, y lo hacía admirablemente. Luego de su escueto aunque un tanto convincente discurso, la intercesora guardó silencio.

Mejor abro el vano y dejo que el viento me traiga palabras, pensó el escritor. Al nada más abrir el cristal y percibir la luz de la vida ajena, la ventana lo invita: Siéntate, amigo, te voy a contar que hace algún tiempo venían unos pajaritos a beber agua llovida y a platicar conmigo. Me contaban cómo tuvieron que emigrar a la ciudad cuando las montañas se iban quedando sin árboles, los ríos ya no corrían alegres entre el ameno verdor del campo. El gigante de la contaminación se bebía toda el agua y los peces morían en el lodo. Por eso ellos se vinieron a la ciudad, pero aquí descubrieron cómo la maldad baila con la mentira. Dicen que aquí la vida no tiene importancia y cada quien vive en el fondo de su propia burbuja de miseria. Nosotros tenemos alas, pero no tenemos viento limpio para volar ni árboles donde formar nuestros nidos para continuar la vida. Todos los días me platicaban de lo mismo. Que si la relación con la madre naturaleza no depende del dinero y que los humanos deben pensar que la vida vale más que el oro y que no destruyamos el ambiente.

El tiempo juntó días y meses que hicieron un año. Los pajaritos no volvieron. Me enteré por el volcán que me saluda desde el horizonte que hoy el campo canta una nueva canción.

Al escritor se le vio ese día más tiempo del acostumbrado con el codo apoyado en ventana. El vientecito fresco de la tarde le recordó que tenía que escribir un cuento para poder pagar la renta del apartamento.