(A veces me cansa escribir sobre el descalabro en la Usac, mi Universidad Pública, otrora autónoma, otrora nacional)
En la columna del viernes pasado, aquí en La Hora, hablé sobre Arévalo como “psicótico inverso” y del desencanto democrático. Ese viernes expuse cómo la inacción presidencial habilita la captura de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) por parte de Walter Mazariegos, el destazador de universidades. Entonces el presidente no había sacado su video comiendo chicharrones con el simpático Kerry Mann.
Lo que me molesta, y creo que molesta a muchos guatemaltecos, no es el video en sí, sino el hecho de que, sí el presidente le diera a la Usac la misma atención que a los chicharrones, ya hubiera intervenido esa cooptada institución, ya hubiera puesto en orden a ese dictadorcito que usurpa nuestra institución. Sí el presidente pusiera el mismo énfasis, alegría, emprendimiento en dirigir al país, así como disfruta la charla y se empeña en comer esos deliciosos chicharrones con Kerry, algo hubiera cambiado. Pero no. Él y su niña exploradora, la vicepresidente Herrera, se han especializado en ser incapaces, inútiles, intrascendentales y de ganancia entregan a la Universidad de San Carlos.
Para entender esta distorsionada actitud, en columnas anteriores llamé a Arévalo “psicótico inverso”, la otra cara de la moneda del manipulador psicópata que a puro tubo se quiere quedar con y en la San Carlos.
Hoy profundizo ese diagnóstico incorporando algunas de las 20 Tesis de Política de Enrique Dussel, obra fundamental que ilumina con claridad el mecanismo de la corrupción originaria: el fetichismo del poder. Pero el propósito es entender para actuar. Para eso escribo, para actuar.
Dussel, en sus tesis, parte de una noción positiva del poder político, lo que él llamaba potentia de la comunidad (la voluntad-de-vivir consensual y factible del pueblo), que luego se institucionaliza como potestas (ejercicio delegado). Pero cuando esa potestas se absolutiza, se desconecta de su origen comunitario y se afirma como sede soberana del poder, se produce la fetichización: “los que mandan mandan mandando” en lugar de “mandar obedeciendo”. Exactamente lo que vivimos en la Usac usurpada y en buena parte del Estado guatemalteco y en muchos países aquí en Latinoamérica y en allende.
Dussel describe lo que ocurre cuando el representante (rector, presidente, juez) cree que el poder reside en su propia subjetividad o en la institución que controla, y no en la comunidad que se lo delega. En la Tesis 1, habla de la corrupción como fetichismo: el poder se invierte, lo fundado (la potestas) aparece como fundamento, y el verdadero fundamento (la potentia del pueblo) se convierte en masa pasiva.
En nuestra Usac, Mazariegos encarna esta fetichización. Se siente dueño absoluto de la institución, amenaza con sancionar “locuras y fumadas”, excluye a estudiantes y docentes, y convierte los campus en espacios custodiados por guardias. La potestas rectoral se ha separado de la comunidad universitaria y se ejerce como dominación. Lo que no lograron las balas en 1980, lo logra hoy esta captura interna.
Arévalo, como psicótico inverso, facilita esta dinámica con su inacción. En lugar de defender la autonomía universitaria —pilar de la resistencia democrática—, su silencio cómplice legitima al usurpador. Es la dupla destructiva que Dussel advertiría: fetichismo activo y facilitación pasiva que acelera el ocaso democrático, tal como lo analiza Anne Applebaum con un sistema de justicia al servicio de los corruptos,
Pero Dussel no se queda en la denuncia. Sus tesis nos llaman a una política transmoderna, más allá del liberalismo y del socialismo real, donde el poder sea obediencial: “los que mandan manden obedeciendo”. La política debe ser vocación de servicio, no profesión lucrativa ni feudo personal.
Utilizando la terminología de Dussel, la potentia de la comunidad universitaria (estudiantes, docentes, trabajadores) debe recuperar su soberanía. Las instituciones, esto es, la potestas institucional tales como la rectoría, CSU, CC, debe volver a ser mediación delegada, no fin en sí misma. Deben obedecer al Pueblo y no hacer lo que les da la gana y menos aún actuar como mercenarios de la justicia.
Esto exige praxis para transformar estructuras y conciencia colectiva. No basta con cambiar personas; hay que desmontar el Pacto de Corruptos que captura instituciones. Para eso escribo, para que tengamos elementos, entre otros, para liberarnos de los corruptos y construir una sociedad más justa, con oportunidades reales para todos, no para un grupito de dueños de la finca y menos para sus sirvientes, los capataces que se creen dueños de nuestras instituciones, como el caso de la Usac cooptada.
La historia de la Usac —que resistió dictaduras— nos enseña que la noche oscura puede pasar. La recuperación vendrá de la resistencia persistente, de la exigencia de rendición de cuentas y de la construcción colectiva de alternativas. Ciertamente hay que resistir, pero también construir, construir nuevas alternativas. Mientras las universidades en el mundo comparten sus hallazgos científicos, comparten sus publicaciones en revistas indexadas y especializadas, construyen alternativas energéticas para no depender solamente del petróleo, conocen mejor al cáncer para poderlo curar, nosotros aquí aguantando a un don nadie que simplemente consiguió un grupito de corruptos para usurpar a la Universidad de San Carlos. Eso lo debemos y podemos detener construyendo alternativas de educación pública superior pertinente. Hagámoslo. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.







