La maravilla, la esencia y el misterio del cristianismo radica en el acercamiento de Dios a los humanos. Es la “humanización” de Dios. El Creador del universo, hacedor de todo cuanto existe, se ha hecho hombre (ya que todo lo puede). Las motivaciones profundas nunca las podremos comprender por más que se den vuelta los teólogos o griten los predicadores. Es un misterio que nuestras minúsculas capacidades no pueden asimilar. Seamos humildes y aceptémoslo como tal. Es así como tenemos a Dios entre nosotros, con nuestras mismas características físicas: un individuo de carne y hueso. Por eso destacan las diferentes escenas muy propias de la experiencia humana. De ahí la ternura que brota de nuestros pechos frente al pesebre de Belén. Sentimos la brisa fresca del Lago de Genesaret y las alegrías de las bienaventuranzas. Por eso la congoja que compartimos de los acontecimientos de la Pasión. Compartimos el regocijo por la noticia de la resurrección y mezclamos sentimientos de tristeza y de mucha esperanza con la despedida que es el evento que conmemoramos este domingo.
Y es que la Ascensión viene a ser una despedida. Un “farewell”, un adiós o, más bien, un hasta pronto. Jesús reúne a sus discípulos para el último encuentro terrenal antes de su marcha. Dos textos evangélicos se relacionan con este magno acontecimiento. Por un lado, Mateo nos relata que Jesús convocó a los “once discípulos” a un monte de esa Galilea que era la cuna de casi todos ellos, los galileos (a diferencia de los judíos del sur); esa rica región del norte, de tierra fértil y suaves colinas. Al parecer, Jesús después de la Resurrección permaneció en “su tierra” y así los reúne en un monte (que el evangelio no especifica). Con este relato cierra Mateo su evangelio, pero la elevación al cielo se daría poco después y lo narraría san Lucas. En la crónica de Galilea no se eleva al cielo, solo les declara su autoridad y nos ordena el gran encargo. Luego, Lucas nos informa cómo, en los días siguientes y, obviamente de regreso en las tierras del sur, de Judea, Jesús “llevó a sus discípulos hasta las afueras de Betania, un pequeño pueblo situado en la ladera oriental del mismo Monte de los Olivos”. Es claro que Betania tenía un significado especial para el Rabí, de alguna forma era como su casa en Jerusalén, pues son varias las menciones de sus visitas a la casa de Marta, María y Lázaro, incluyendo la resurrección de éste.
Reunidos en este lugar el Maestro les repite que se va, que los deja solos. En este contexto debemos visualizar los aspectos sencillos, cotidianos, pero verdaderamente humanos de ese momento: ¿A dónde vas? ¿Cómo te vas a ir? ¿Y nosotros, qué hacemos? ¡Nos dejas solos! Seguidamente reparte abrazos, como en todas las despedidas: “Ven, Pedro, dame un abrazo y sé la roca firme, te repito que te encargo a mis ovejas y más ahora que quedarán solas”; a Tomás le habrá dicho “recuerda y difunde que serán dichosos los que crean sin haber visto“; a Mateo “qué bueno fue que dejaras los cobros y me siguieras, bendito por siempre”; “hasta pronto, Andrés”; “nos veremos luego, Felipe”; “gracias por todo, Santiago”; “adiós, Bartolomeo”. Luego habrá apartado a uno de los más jóvenes: “te encargo mucho a mi madre, Juan, queda sola y ya está entradita en años”. Cada abrazo es fuerte, tierno, pero también estrujante, sonoro. Acaso un beso fraternal sobre las barbas crecidas. San Marcos nos relata que se puso “a hablar con ellos”; pero la plática en algún momento debía terminar: “bueno, mis hermanos, gracias por todo, les reitero mis encargos y me voy, porque mi Papá me está esperando allá arriba”. En ese momento se empieza a separar físicamente, como en los aeropuertos, como en las bodas, como en las funerarias. Alguien se marcha. ¡Adiós! Nos cuenta Lucas, en Hechos, que Jesús inicia su ascenso hasta que una nube le ocultó de sus ojos. Los discípulos estaban fascinados, embobados, al punto que “dos varones con vestiduras blancas” los amonestaron: “Galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?” En pocas palabras: !A trabajar!, que son muchos los encargos, un recordatorio que sigue siendo válido cada día y para cada uno de nosotros.
La Ascensión es uno de los principales hitos del evangelio y es profesada en el Credo de Nicea y en el Credo de los Apóstoles. Implica la humanidad de Jesús siendo tomada en el Cielo: “a la derecha del Padre”. Para la fiesta litúrgica de la Ascensión, que es este domingo, la Iglesia utiliza el texto de Mateo, el de Galilea, por el fuerte contenido del mandato misionero universal: “id por todo el mundo” y la soberanía celestial que el propio Jesús proclama: “se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra”.
Jesús se va, pero nos deja el consuelo: “estaré con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” y otra promesa de los ángeles: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. A esas promesas se agrega otra: que nos enviará el Espíritu Santo.
Es claro que este pasaje tiene profunda dimensión espiritual, sacra, de gran trascendencia en el proyecto de la Salvación, pero no deja de tener un marcado elemento humano, tierno, sentimental; después de todo, la historia del cristianismo es la humanización de la deidad, como indico al principio.







