Definitivamente no somos una construcción biológica igual: el sexo biológico y género (como construcción social) actúan como moduladores de ventajas y restricciones en la vida del guatemalteco en donde no es lo mismo ser un niño que una niña desnutrida. De tal manera que existen impactos diferentes en el desarrollo del hombre y la mujer.
En la niñez (0-6 años) la vulnerabilidad combina lo biológico con lo social. Estadísticamente, los niños varones son biológicamente más frágiles ante la desnutrición aguda y la mortalidad infantil en los primeros mil días. Este hecho ha sido documentado en neonatología y pediatría global, y tiene una explicación fisiopatológica profunda que agrava la factura si nace en un entorno de carencias como el nuestro.
Hay en ello, dicen los científicos, un Hándicap Genético (La debilidad del cromosoma Y). Las niñas tienen dos cromosomas X; si un gen en un X es defectuoso o sufre por estrés ambiental, el otro X puede compensar. El varón (XY) no tiene ese respaldo. Por otro lado, muchos genes que regulan el sistema inmunológico están en el cromosoma X. Las niñas, al tener doble dotación, suelen tener una respuesta de anticuerpos más robusta desde el nacimiento y por consiguiente, el varón nace con un escudo inmunológico más delgado. Otro Handicap es el hormonal de aparecimiento in útero, en donde los niveles de testosterona en el feto varón pueden actuar como un ligero inmunosupresor, mientras que los estrógenos en la hembra ayudan a la maduración pulmonar y a la protección celular.
Pero estructuralmente también somos diferentes, lo vemos en aspectos como la Maduración Pulmonar. Los pulmones de los varones maduran más lentamente que los de las niñas. La producción de surfactante (la sustancia que permite que los pulmones no colapsen al respirar) se retrasa unos días o semanas en comparación con las hembras. En contextos de desnutrición materna o partos prematuros (comunes en la precariedad guatemalteca), el niño varón tiene mucho más riesgo de distrés respiratorio y muerte neonatal.
Veamos ahora que pasa con el tamaño. La ley física es contundente: Mayor Tamaño Mayor Demanda (El costo metabólico). El feto y el lactante varón suelen crecer más rápido y tener una masa corporal ligeramente mayor. Esto suena a ventaja, pero ante la escasez, es una trampa. Un cuerpo más grande requiere más energía (calorías) y más oxígeno. Ante la desnutrición aguda y crónica, el varón agota sus reservas de glucógeno y grasa mucho más rápido que la niña. En el caso de un acontecimiento agudo nutricional, el varón entra en «caquexia» o fallo multiorgánico más rápido, porque su motor es más grande y consume más combustible.
Todo parece indicar que biológicamente el hombre es más frágil, pero eso es solo una apreciación. en la realidad otra cosa sucede.
En el caso del niño desnutrido, si el niño sobrevive a esa mayor fragilidad inicial en un entorno de desnutrición, las secuelas son específicas. En primer lugar, ante la escasez, el organismo produce una Programación Metabólica Agresiva. Debido a que el metabolismo del niño es más exigente, el varón sacrifica otras funciones para mantener la supervivencia básica y en ello hay que prestar atención, entre otras cosas, a que las deficiencias alteran el funcionamiento de la Corteza Prefrontal y vuelve el eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal (HPA) más reactivo: Se ha observado que el eje del estrés en varones que sufrieron privación temprana queda “seteado” en un nivel de alerta constante. Esto explica por qué, al llegar a la adolescencia, el varón es fisiológicamente más propenso a la reactividad violenta o impulsiva (la neurobiología del vacío) y presta atención fundamentalmente al momento y presente.
Podemos decir entonces que en la etapa de 0-6 años, el varón es “el gigante con pies de barro”. Su mayor demanda metabólica y su menor protección genética, lo hacen la primera víctima de la mortalidad infantil. Si sobrevive, lo hace como organismo que ha tenido que “canibalizarse” a sí mismo para seguir creciendo, dejando un hardware biológico mucho más comprometido para las etapas posteriores de su vida.
También es importante señalar que en esta etapa comienza la preferencia de asignación de recursos. En hogares con extrema pobreza, a veces se prioriza la alimentación del varón sobre la mujer bajo la premisa de que él será “fuerza de trabajo” futura. Esta es la pieza que termina de armar el rompecabezas de la desigualdad en Guatemala.
Si en lo biológico el varón es más frágil, en lo social, la mujer enfrenta una mutilación de horizontes devastadora para el potencial nacional. Entonces varón y mujer sufren por distintos lados consecuencias dañinas para la nación, en donde el impacto social del sexo en cada etapa de vida actúa como un filtro que decide quién tiene permiso de usar su cerebro y quién está condenado a la servidumbre. Veamos esto con más detalle.
Mientras el niño es visto como una futura fuerza de trabajo externo (campo/industria), la niña empieza a ser moldeada para el trabajo para otros. En hogares con recursos limitados, existe un sesgo de asignación nutricional y laboral marcada por género y sexo dado que se cree que el varón necesita más porque es más grande y va a trabajar duro, dejando a la niña con las sobras nutricionales. Esto agrava la brecha biográfica desde antes de que sepan leer. Estudios de INCAP y la SESAN han documentado que, en contextos de pobreza extrema, esto persiste; es decir, la noción del varón como inversión de capital físico. Hay otro dato a considerar: mientras el niño tiene espacios de ocio o juego que fomentan el desarrollo psicomotor, la niña asume tareas de cuidado (cargar hermanos menores, acarreo de agua, etc.) que consumen una cantidad de energía calórica, sin respuesta adecuada de parte de su dieta.
Respecto a la brecha biológica-social entre sexos, estudios de INCAP han mostrado que una niña malnutrida, se convierte en una mujer que, al quedar embarazada, su cuerpo no puede sostener adecuadamente el desarrollo fetal, pudiendo dar a luz a bebés con bajo peso al nacer. No todo es cuestión de calorías, una niña guatemalteca con anemia ferropénica (deficiencia significativamente más alta en niñas que en niños de la misma cohorte familiar) afecta directamente su neurodesarrollo y capacidad de concentración, validando erróneamente el prejuicio social de que la niña “no es tan hábil para el estudio” cuando en realidad ello es producto de vivir dentro de un déficit de hierro y micronutrientes. Erróneamente se considera esto una incapacidad cuando en realidad es un síntoma.
En tal sentido, lo que las encuestas y la percepción popular en Guatemala interpretan como que la niña no es tan hábil es, desde el punto de vista médico y neurobiológico, un déficit funcional inducido. Por ejemplo, la última encuesta ENSMI ha mostrado históricamente que las niñas escolares tienen tasas de anemia ferropénica elevadas. La falta de hierro reduce la oxigenación cerebral, lo que se traduce en fatiga cognitiva y dificultad para resolver problemas lógicos.
Si la familia cree que la niña no da para el estudio, refuerza el sesgo de asignación (menos cantidad y calidad de comida y más trabajo doméstico), lo que empeora su rendimiento y confirma el prejuicio inicial. Por otro lado, estudios recientes del 2024 (como el Fill the Nutrient Gap) indican que las adolescentes tienen el costo de dieta más alto debido a sus necesidades de micronutrientes. Al no cubrirse ese costo en hogares pobres, su rendimiento escolar cae en picada.
Pero en ambos: niños y niñas, existe ante el fenómeno nutricional lo que los economistas llaman “Pérdida del Capital Humano” que en resumidas cuentas significa que: al niño se le nutre para ser fuerza bruta (aunque termine en el sector informal). A la niña se le restringe para que su cuerpo sea económico (que sobreviva con poco para servir a otros).
Creo que alguien al hablar de la Etapa Escolar (6-12 años) en nuestro medio la llamo: La edad de la Doble Jornada Infantil. En el Varón, aunque tenga dificultades por las limitaciones físicas y mentales a las que le somete su nutrición, su obligación suele ser la escuela o ayudar en tareas del campo. A la niña, a ello se le impone el rol de cuidadora: la niña de 8 años que cuida al hermano de 2, que acarrea agua y hace limpieza incluso prepara alimentos. En ambos, esa carga de trabajo físico consume las pocas calorías que ingieren. Su cerebro no puede concentrarse en la lectoescritura si su cuerpo está en modo agotamiento por servicio. El sistema escolar los etiqueta como lentos, cuando en realidad están explotados biológicamente.
Pasemos a la adolescencia (12 a 18 años) y en el caso de la deficiencia nutricional, sumemos el comportamiento social de acceso y consumo diferenciado por sexos y entraremos a un estado que muchos han denominado del Secuestro del Proyecto de Vida. Esta etapa es la más diferenciada y trágica en Guatemala. Al varón, la sociedad le exige «hombría», lo que en contextos de pobreza se traduce en ritos de paso violentos, pandillas o migración forzada. Su potencial se pierde en la criminalidad o el desarraigo. Llama la atención la poca atención que política y científicamente se ha prestado a la interacción entre salud y estado nutricional con conductas antisociales de esta edad.
La mujer dentro del sistema social guatemalteco todavía “anestesia” el potencial de la adolescente a través de una vida sexual y reproductiva temprana o el trabajo doméstico de mala remuneración y en los peores casos, un cuerpo que no ha terminado de desarrollarse es obligado a nutrir y servir a otro y otros. El embarazo adolescente es la muerte civil de la mujer, deja de ser un ser en crecimiento aun, para ser una estadística de contribución a la supervivencia de otros.
Al llegar a la adultez (18-60 años) la diferencia género y sexo persiste: Producción vs. Reproducción. En el varón su restricción es el desgaste físico extremo. Se le usa como una pieza de recambio en la agricultura o construcción hasta que su cuerpo truena por los cincuenta. En la mujer, su restricción es la exclusión o explotación económica. El sistema no valora su trabajo doméstico y le impide acceder a crédito o propiedad. Su potencial cognitivo se marchita en la repetición de tareas de baja cualificación, a pesar de que, estadísticamente, las mujeres suelen tener mejores índices de resiliencia y administración de crisis.
De tal manera que al llegar a la vejez (60+ años) se cae en La Soledad vs. La Carga. El varón al perder su fuerza física (su único valor para el sistema), cae en una depresión profunda y abandono. La mujer, aunque llega con más desgaste óseo y nutricional, sigue siendo útil para el trabajo doméstico y cuidar nietos. Sin embargo, muchas llegan sin ninguna seguridad financiera, viviendo en la absoluta dependencia.
En resumen, el impacto de salud y nutrición en el sexo nos indica que Guatemala desperdicia su potencial de dos formas distintas: Al varón lo usa como combustible de producción hasta quemarlo físicamente. A la mujer la usa como soporte invisible hasta anularla intelectualmente. Como nación, esto es un desastre. No solo tenemos una población con la capacidad cerebral disminuida por la desnutrición (lo biológico), sino que a la mitad de esa población (las mujeres) les ponemos un freno de mano social que les impide aportar ciencia, tecnología o liderazgo y usar mejor su potencial mental. Las niñas suelen mostrar mayor resiliencia cognitiva y maduración temprana de la Corteza Prefrontal. Sin embargo, socialmente, se les frena; se les asignan tareas de cuidado del hogar, lo que genera una doble jornada infantil que agota su energía metabólica para el aprendizaje. La mujer al llegar a su vida adulta sufre el impacto acumulativo de múltiples embarazos y lactancias sin recuperación nutricional. Su pilar biológico prácticamente ha estado durante toda su vida a una amputación de su potencial.
En el varón la restricción viene por la violencia y el riesgo. La neurobiología del vacío social lo empuja a las pandillas o al trabajo físico extremo o la drogadicción. Su mutilación es a menudo física o legal, que al llegar al final de su vida adulta, le provoca el colapso por el trabajo físico bruto. Su pilar biológico se desgasta por la producción y son incapaces biosocialmente de salir de un presente y formular un futuro.
Entonces en Guatemala, un alto porcentaje de su población ha sido biológicamente saboteada. Guatemala no padece simplemente de pobreza y mala distribución económica, padece de una mutilación sistémica de su arquitectura biológica. El problema nace en la cuna, donde el 50% de la infancia sufre una lobotomía social y biológica provocada por una mala alimentación y precaria salud y atención a sus derechos. El Potencial Humano no se pierde por falta de ganas, sino por la destrucción del «hardware» (cerebro y órganos) antes de los 6 años.
Guatemala ha renunciado a ser una economía de valor agregado (ciencia, tecnología, industria propia) porque su política nacional prefiere administrar la miseria. Al no invertir en el «software» (la evolución orgánica del ciudadano), la nación se ha convertido en una exportadora de capital humano en bruto. Las remesas no son un éxito económico; son el “precio de sangre” de una juventud que tiene que huir porque su propio país le impuso un techo biológico.
Es desgarrador notar que, a pesar de que han pasado más de 70 años de señalamientos de inequidades de salud y nutrición, el patrón de descarte nutricional con fuerte impacto en lo femenino, sigue siendo la base silenciosa sobre la que se construye la desigualdad en el país.








