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Lo ocurrido en Antigua Guatemala y en el campus central de la Universidad de San Carlos de Guatemala no fue un exceso ni un accidente. Fue una advertencia. Una señal inequívoca de que la universidad, los estudiantes y los colegios profesionales atraviesan una crisis estructural: han perdido legitimidad.

Y cuando una institución pierde legitimidad, lo que emerge no es liderazgo. Es poder sin control.

La Universidad de San Carlos no fue siempre así. Su fortaleza no era retórica, era estructural. Su modelo de gobernanza descansaba en un principio fundamental: el equilibrio entre tres fuerzas reales —autoridades, docentes y estudiantes— con capacidad efectiva de incidir, cuestionar y limitar el poder. No era simbólico. Era funcional.

Ese equilibrio hoy ha sido desmantelado.

Los estudiantes —la tercera fuerza— han sido reducidos a un rol decorativo. Fragmentados, cooptados o instrumentalizados, han perdido su función esencial: ser contrapeso. Permanecen en la estructura, pero han sido expulsados del ejercicio real del poder.

Y cuando una de las tres fuerzas desaparece en la práctica, lo que queda no es gobernanza. Es concentración.

Ese deterioro no es reciente. Tiene origen en la fractura institucional provocada por el Conflicto Armado Interno de Guatemala, y se consolidó en la posguerra. Los Acuerdos de Paz de Guatemala ampliaron el acceso, pero no reconstruyeron el equilibrio. Se democratizó la entrada, pero se abandonó el sistema que garantizaba pensamiento crítico frente al poder.

Hoy, sin estudiantes críticos, la universidad no educa: administra.

El problema no se limita a la academia. Se replica con precisión en los colegios profesionales. Instituciones diseñadas para representar al gremio han sido capturadas por grupos que operan bajo lógicas cerradas de poder. La representación ya no es universal: es selectiva. Y la crítica no se debate: se castiga.

Disentir tiene costo. No es una hipótesis. Es una experiencia.

Cuando opinar se convierte en un riesgo, la institución deja de representar y empieza a controlar.

Lo ocurrido en Antigua Guatemala expuso, además, otra fragilidad: la del Estado. La actuación de la Policía Nacional Civil de Guatemala fue ambigua en un entorno que exigía claridad. Y cuando la autoridad es ambigua, se diluye. Y cuando se diluye, deja de existir en términos reales.

Aquí no hay hechos aislados. Hay un patrón. Una ruptura sistémica.

Una universidad sin estudiantes como tercera fuerza no tiene equilibrio: tiene poder concentrado.

Colegios profesionales que no representan al gremio no regulan: se protegen.

Un improvisado en lugar de un rector no construye universidad: administra intereses.

Un Estado que no ejerce autoridad no gobierna: observa.

Lo verdaderamente alarmante no es que esto esté ocurriendo.

Es que se está normalizando.

Y cuando el abuso se normaliza, deja de percibirse como abuso.

La salida no vendrá de más leyes ni de discursos institucionales vacíos. Vendrá —si es que aún es posible— de restituir lo esencial: estudiantes con voz real, profesionales con representación efectiva y autoridades con límites claros.

Porque el poder sin control no es gobernanza.

Es abuso.

Y ese abuso, hoy, ya no es la excepción.

Es el sistema.

Dr. Rafael Mejicano Díaz

Dr. Rafael Mejicano Díaz, Especialista en Prótesis Oral, MSc, Ph.Hc. y Ph.O.C., referente de la odontología guatemalteca. Con amplia trayectoria docente, gremial y clínica, ha impulsado innovación, ética y servicio social. Su legado integra ciencia, liderazgo institucional, pensamiento crítico y compromiso humanista.

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