Autor: Gabriela Solórzano
Instagram: @gabrielasolorzano_
Editorial: youngfortransparency@gmail.com
En Guatemala, muchas cosas parecen existir en estado provisional. Las soluciones son temporales, las decisiones se postergan y los problemas se administran sin resolverse del todo. Vivimos en un constante “mientras tanto”: mientras tanto se arregla, mientras tanto se decide, mientras tanto se puede. Pero ese “mientras tanto”, que debería ser pasajero, se ha convertido en una forma de gobernar y, peor aún, en una forma de vivir.
Abril lo evidencia con claridad. Entre la coyuntura política, las manifestaciones, el tráfico y los operativos de temporada, el país entra en una dinámica de respuesta inmediata. Se activan planes, se anuncian medidas y se despliegan recursos, pero rara vez se habla de soluciones sostenidas en el tiempo. Todo parece diseñado para contener el momento, no para transformar la realidad.
Esta lógica no es nueva, pero sí cada vez más evidente. Las instituciones reaccionan, pero no previenen. Y en medio de ese ciclo, la ciudadanía, especialmente la juventud, aprende a adaptarse a la incertidumbre como si fuera parte natural de la vida cotidiana. Se normaliza vivir sin certezas, planificar a corto plazo y asumir que las cosas, eventualmente, “se irán arreglando”.
El problema es que ese enfoque tiene un costo. Vivir en un país del “mientras tanto” limita la posibilidad de proyectar un futuro. ¿Cómo construir estabilidad personal o profesional cuando el entorno está marcado por la improvisación? ¿Cómo confiar en las instituciones si las respuestas siempre llegan tarde o son insuficientes? Poco a poco, la idea de permanencia se debilita y se sustituye por una lógica de sobrevivencia.
Para la juventud, esto es especialmente significativo. No se trata únicamente de enfrentar los desafíos del presente, sino de intentar imaginar un futuro dentro de un sistema que no ofrece garantías claras. Estudiar, trabajar o emprender deja de ser un camino lineal y se convierte en una apuesta incierta. Y en ese contexto, el “mientras tanto” no solo describe al país, sino también la forma en que muchos jóvenes viven sus propias vidas: esperando que algo cambie, aunque no esté claro cuándo ni cómo.
Romper con esta dinámica implica más que respuestas inmediatas. Requiere voluntad política, planificación a largo plazo y una visión que priorice la sostenibilidad sobre la urgencia. Implica reconocer que gobernar no es solo reaccionar, sino anticipar, construir y sostener.
Porque un país no puede construirse indefinidamente sobre lo provisional. Y si el “mientras tanto” sigue siendo la única respuesta, el riesgo no es solo que los problemas continúen, sino que toda una generación deje de esperar algo distinto.







