El desarrollo del potencial humano. Foto: La Hora
El desarrollo del potencial humano. Foto: La Hora
0:00
0:00

En el artículo anterior (lunes 9 de marzo) hablamos de los problemas de salud que afectan el desarrollo del potencial humano en el infante y preescolar. Ahora podemos analizar cómo esa “mutilación sistémica” inicial interactúa con los nuevos desafíos del desarrollo en el escolar y el adolescente.

Si en la niñez el problema del desarrollo humano es la construcción del hardware biológico, en las siguientes etapas el problema es la especialización y el uso de ese hardware en un entorno cada vez más heterogéneo y cuando este se caracteriza por “administrar la miseria” estamos fritos ya que el comportamiento de los cuatro pilares que sostienen ese potencial de desarrollo en cada edad se ve afectado de nuevo.

  1. El escolar (6 a 12 años): El choque con el «techo de vidrio»

Cuando hablamos de techo de vidrio nos referimos a que lo que se expone, hace y está sucediendo en el individuo pasa para él y la sociedad de manera invisible. En una sociedad que se dedica administrar la miseria cotidianamente, el escolar parece estar bien, pero si su capacidad cerebral para manejar situaciones complejas ha sido limitada en la etapa previa de su vida, en su praxis actual ese daño pasado le impide el ascenso. Aunque se le dé una beca o un libro a un escolar o a un joven de 18 años, si su capacidad potencial física-mental sufrió atrofia en la infancia, le costará muchísimo más concentrarse, planificar sus estudios o resistir a la tentación de abandonar para ganar dinero fácil hoy. No es falta de voluntad: El sistema le pide que se esfuerce, pero biológicamente le hemos puesto un techo de vidrio. Sus funciones ejecutivas están dañadas; su cerebro está programado para la supervivencia inmediata, no para la estrategia académica.

En esta etapa, el niño sale del entorno familiar y se enfrenta al sistema educativo. Es en ese tiempo donde la Atrofia de la Corteza Prefrontal se vuelve evidente si los pilares no se adecuaron a funcionar bien.

En el pilar biológico. Si el niño que llega con “menos conexiones sinápticas” se enfrenta a una currícula diseñada para cerebros al 100% al no poder procesar al mismo ritmo, el sistema lo etiqueta como lento, perezoso y desinteresado, cuando en realidad está “desmantelado” biológicamente.

En cuanto a su conducta. El estrés tóxico acumulado se manifiesta como falta de atención o impulsividad. El maestro ve mala educación, sangre, retraso mental, desinterés, ignorancia, cuando en realidad el sistema educativo está expuesto ante un cerebro en plan de defensa.

Psicológicamente para ese niño ya con déficit potencial aparece también el “Techo de Vidrio Cognitivo”. En otras palabras, el niño percibe que, por más que se esfuerce, hay una barrera invisible. Si el entorno escolar es precario (sin servicios básicos o tecnología adecuada), el sistema social termina de apagar las capacidades que la biología logró salvar.

Pero y es justo, también preguntaremos por aquellos niños que llegan a esta edad habiendo explotado adecuadamente sus potenciales y que al verse afectados sus pilares de desarrollo potencial por causas biológicas o sociales ¿Qué pasa?

Primero, debemos entender que los niños (6 a 12 años) que han logrado una base biológica aceptable, a esta edad pueden enfrentarse a deficiencias estructurales de su propio desarrollo físico y mental y social que altera su funcionamiento cerebral. Debemos entender que el potencial humano no es una meta estática, sino un equilibrio frágil que puede fracturarse en cualquier momento. A esta edad, el niño ya no solo depende de su hogar sino de un andamio social externo (escuela y comunidad) que, si falla, genera anomalías adquiridas cognitivas y emocionales con un impacto devastador hacia el futuro.

  1. El pilar biológico: El desmantelamiento de la reserva

Aunque el niño llegue con un sistema nervioso íntegro, la etapa escolar demanda una alta energía metabólica para el aprendizaje. Si en esta fase entra en limitaciones (alimentarias, o infecciones y alteraciones de su desarrollo mental), el cuerpo activa de nuevo el “modo de ahorro”. El cuerpo, ante la falta de nutrientes suficientes para la actividad física y mental o en defensa de un estado de salud, empieza a sacrificar sistemas para mantener la vida. Se produce una fatiga crónica que el sistema escolar confunde con desinterés. Por ejemplo, las infecciones recurrentes por falta de saneamiento en las escuelas actúan como un seguro de enfermedad negativo que consume las reservas de hierro y energía, provocando una anemia adquirida que recorta el potencial biológico justo cuando debería expandirse.

  1. El pilar de la conducta: La transición al estrés tóxico 

Un niño normal a esta edad, cuenta con una Corteza Prefrontal (CPF) lista para ser moldeada. Sin embargo, si el entorno escolar es violento o extremadamente precario, sufre limitaciones nutricionales, se activa el estrés tóxico. Hay el Secuestro Funcional de la Amígdala: Ante la incertidumbre (no saber si habrá comida o si el entorno es seguro), el eje HPA se enciende. El niño pasa de un estado de aprendizaje a uno de «hipervigilancia». Y el cerebro empieza a buscar ráfagas de dopamina inmediatas para compensar el malestar de la carencia con algo que neutralice sufrimiento. Esto destruye la capacidad de viajar en el tiempo, es decir, el niño pierde la facultad de entender que estudiar hoy (esfuerzo) dará frutos en diez años.

  1. El Pilar sociológico: La Construcción del «techo de vidrio»

Es en la escuela donde el niño percibe por primera vez la Desigualdad Estructural podríamos decir empieza a formular un Software Defectuoso de su futuro. Si la escuela ofrece una educación de “baja cualificación” y recursos limitados y a eso se suma inestabilidades emocionales y sociales en su hogar, el sistema social apaga las capacidades que la biología sí logró desarrollar. Es lo que llamamos talento desperdiciado. El niño empieza a notar que su destino no depende de su ADN, sino de la precariedad de su entorno. Al ver que su esfuerzo no rompe las barreras invisibles de su pobreza y entorno despreciable, el techo de vidrio cognitivo se vuelve una realidad psicológica: el niño deja de proyectarse hacia el futuro.

Pero existe también en ambos casos de niños (los ya dañados, los que se están dañando) un impacto a lo que tienen hacia adelante y que tiene que ver con la Mutilación de la Libertad. Si estas anomalías se adquieren entre los 6 y 12 años, las consecuencias para el adolescente y el joven son críticas: Un cuerpo que funciona al 50%: El desgaste biológico escolar deja un organismo desmantelado para las demandas laborales futuras.

El Estado, al no garantizar la estabilidad de estos pilares en la edad escolar, está lobotomizando silenciosamente a un ciudadano que será fácil de manipular políticamente mediante el clientelismo.

Finalmente, traídas o adquiridas esas anomalías, el niño escolar que sufre estas carencias llega a la juventud encadenado al presente, enfocado únicamente en la supervivencia y no en el desarrollo de una Nación fruto del valor agregado del que forma parte. Se conforma en él una arquitectura de la desesperanza y el desinterés ciudadano.

El ambiente escolar deprimente

Aunque el niño no tenga un daño estructural previo, la etapa escolar demanda una inversión metabólica que el entorno guatemalteco no sostiene.

En lo biológico la anomalía fundamental es la nutrición y la infección, al respecto ya señalamos que el cuerpo entra nuevamente en modo de ahorro. Se produce una fatiga crónica y un deterioro del escudo inmunológico. El resultado es un cuerpo que funciona al 50% de su capacidad. No es que el niño sea mediocre, es que su biología está siendo desmantelada por el esfuerzo de estudiar sin energía.

El sistema escolar actual no ignora que la conducta es el resultado de la interacción entre el cerebro y el estrés y que este además de ser corporal puede serlo social y ambiental y a pesar de ello no posee las herramientas adecuadas para actuar y por consiguiente el niño muchas veces enfrenta carencias constantes y desarrolla un nivel de cortisol que actúa como ácido en su Corteza Prefrontal como lo dijimos en el artículo sobre el preescolar. El niño pierde la capacidad de planificar y se enfoca solo en el ahora. Esta incapacidad de proyectarse a futuro es la base de la mediocridad: el individuo se conforma con sobrevivir porque su cerebro ha perdido el sustrato funcional para aspirar a más.

Finalmente, debemos considerar que la escuela en Guatemala, lejos de ser un andamio social, se convierte en una barrera. La desigualdad estructural del sistema ofrece una educación de tan baja cualificación que termina por apagar las capacidades que la biología sí logró desarrollar. Podríamos afirmar que se institucionaliza el talento desperdiciado. El niño aprende que su esfuerzo tiene un límite impuesto por su entorno y se adapta a ser lo que la sociedad espera de él: mano de obra barata y utilizable.

Hay elementos fundamentales que favorecen esos errores en el sistema educativo respecto a potenciar la educación.  La visión política de preferencias cortoplacistas es una de ellas. En ello se reúne un «software» educativo-salud limitado e incosistente. La inversión en potencial humano tarda 20 años en dar frutos; por lo tanto, se considera poco políticamente rentable. Además, tanto estatal como socialmente aún persiste el mito de ver el desarrollo humano de la Nación como un acto de caridad o ayuda social en lugar de entenderlo como una cuestión de seguridad nacional y justicia biográfica.

Al no generarse a nivel nacional una economía de valor agregado dentro de la educación y la vida social, la estrategia implícita del sistema en estos momentos es dejar que el niño crezca con deficiencias para luego exportarlo como capital humano en bruto (migración) y recibir remesas a cambio.

Es evidente que la estrategia nacional de Guatemala no busca ciudadanos brillantes, sino que “administra miseria”. Al permitir que el escolar crezca con el cuerpo y el cerebro disminuidos, de brindarle un medio social y ambiental de administrar sus potenciales al margen de lo que estos necesitan, comete un suicidio colectivo a cámara lenta. La mediocridad no es una característica del guatemalteco, es una arquitectura de la desesperanza impuesta por un Estado, que prefiere ciudadanos anestesiados y vulnerables al manipuleo y no tras la búsqueda de la excelencia.

Alfonso Mata
Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.
Artículo anteriorNuevos magistrados del TSE asumen esta semana con la misión de organizar elecciones de 2027 y 2031
Artículo siguienteUna de cal y otra de arena