Irán cuenta con recursos hídricos renovables totales de aproximadamente 130 mil millones de metros cúbicos por año (según datos de la FAO-AQUASTAT). Eso es similar en volumen bruto a Guatemala. Pero Irán tiene casi 90 millones de habitantes, cinco veces más que nuestro país. Eso lo coloca en una escasez absoluta de agua: menos de 1,500 metros cúbicos por persona al año. Guatemala, en cambio, dispone de unos 110 mil millones de metros cúbicos renovables al año para poco más de 18 millones de habitantes, lo que nos da más de 6,000 metros cúbicos por persona. Proporcionalmente, tenemos mucha más agua.
Sin embargo, Irán ya vive la crisis que nosotros estamos construyendo con nuestras propias manos.
Irán extrae agua subterránea de forma insostenible desde hace décadas. Sus acuíferos están sobreexplotados: cientos de ellos (de un total de 600) se encuentran en estado crítico. La depleción neta anual ha provocado hundimientos del terreno de hasta 35 centímetros por año en algunas zonas. Hoy, 19 de 31 provincias sufren sequía severa. Los embalses que abastecen Teherán están por debajo del 10 % de capacidad. Y esto no es solo “cambio climático”. Es el resultado de décadas de malas decisiones políticas, corrupción, subsidios irracionales a la agricultura (que consume el 90 % del agua) y falta total de orden.
El gobierno iraní lo reconoce públicamente: racionamiento, posible evacuación parcial de Teherán, siembra de nubes… pero las soluciones estructurales son políticamente imposibles. Y ahora, en plena guerra de 2026, un ataque aéreo dañó la planta desalinizadora de la isla de Qeshm, afectando el suministro de 30 pueblos. Irán, que ya importaba agua en situaciones extremas, queda aún más vulnerable. Su crisis ya no es solo de petróleo: es de agua. Y lo peor: no siempre fue así. La construyeron ellos mismos.
Guatemala todavía no vive esa crisis, pero estamos en el camino. Tenemos una oferta hídrica relativamente generosa y nunca hemos tenido que construir plantas desalinizadoras carísimas ni importar agua en barcos cisterna como hizo Barcelona en la sequía de 2008. Sin embargo, convertimos nuestros ríos en drenajes. No solo de heces, sino de todo tipo de desechos industriales y domésticos. El 90-95% de nuestras aguas residuales se vierten sin tratamiento. Extraemos de los acuíferos sin control, sin ley y sin orden. No sabemos exactamente cuánto sacamos ni qué efecto tiene a largo plazo. Contaminamos y no limpiamos.
Esta irresponsabilidad no es solo de “todos”. Es principalmente de las municipalidades, que tienen la obligación legal de tratar las aguas servidas. Pero los alcaldes se atrincheran en la ANAM, una asociación más cooptada que la Universidad de San Carlos o el Congreso. Muchos son indiferentes o incapaces. En Quetzaltenango, por ejemplo, formamos parte de la mancomunidad de la metrópoli de los Altos, la estructura clave para proteger las cuencas que nos dan agua. Ahí están las zonas de recarga hídrica que alimentan Xela y sus alrededores. Y sin embargo, ni alcaldes, ni municipalidades, ni mancomunidades hacen casi nada. Permiten deforestación y minería ilegal que destruyen esas zonas de recarga como si el agua fuera eterna. Así pensaban los iraníes hace 30 años.
El río Usumacinta, el más caudaloso de México y Centroamérica, nace en las montañas del norte del Quiché y en la sierra de los Cuchumatanes. Su cuenca atraviesa Alta Verapaz y Chiapas antes de desembocar en el Golfo de México. Es la principal fuente de agua para el sur de México. Este es un problema geopolítico real y cercano. Si no aclaramos ya las responsabilidades compartidas entre Guatemala y México, si no aprobamos una Ley de Aguas que regule el uso nacional e internacional, si seguimos sin monitoreo serio, el conflicto vendrá solo. No podemos esperar a que sea tarde.
No creamos que “a nosotros no nos va a pasar”. Nos va a pasar, y pronto, si no cambiamos. La geopolítica del agua ya nos toca.
La solución no es mágica, sino más bien es invertir en ciencia y tecnología del agua. Crear laboratorios nacionales. Formar científicos y tecnólogos guatemaltecos. Construir capacidad real de monitoreo continuo de agua superficial y subterránea, calidad y cantidad, dentro y fuera de fronteras. Construir plantas de tratamiento en cada municipio. Impulsar una cultura del uso responsable y del reúso. Aprobar de una vez por todas una Ley de Aguas pertinente social, técnica y culturalmente. Y, sobre todo, erradicar la corrupción que es la verdadera madre de todas estas crisis.
No dejemos que la corrupción nos robe el futuro a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros nietos. Atendamos el problema del agua ya. Porque si no es ahora, no será nunca.







