El agua es un elemento tan cotidiano y omnipresente en nuestra vida diaria que rara vez nos detenemos a cuestionar su origen profundo. Hasta hace apenas unas décadas —dos generaciones atrás—, los currículos escolares de ciencias en todo el mundo enseñaban que el agua existía exclusivamente en la Tierra. Sin embargo, los avances en astronomía han revelado que no es así: el agua se encuentra diseminada en el vasto espacio interestelar.
Unos 200 millones luego del Big Bang, ocurrido hace aproximadamente 13,800 millones de años, el agua surgió como resultado de la combinación de hidrógeno y oxígeno bajo condiciones específicas. No se trata de una simple «unión» de estos elementos, sino de procesos astrofísicos complejos. Según estudios astronómicos, como los publicados en revistas como Science, Nature y datos de la NASA, el agua molecular (H₂O) se formó en nubes interestelares densas, donde el hidrógeno protio (el isótopo más común) se combinó con oxígeno.
Algunos científicos estiman que esto ocurrió tan pronto como 200 millones de años después del Big Bang, mientras que otros lo sitúan alrededor de los 1,000 millones de años. En mi libro La naturaleza social del ciclo del agua, publicado por Editorial Piedrasanta, exploro en detalle estas hipótesis contrastantes.
La complejidad del origen del agua radica en los isótopos involucrados. No cualquier hidrógeno sirve: el agua terrestre coincide mayoritariamente con la de asteroides, que contienen hidrógeno protio en proporciones similares a las de nuestros océanos. En contraste, los cometas suelen tener una mayor cantidad de deuterio (un isótopo de hidrógeno más pesado, con un neutrón extra), como se ha evidenciado en misiones como Rosetta de la Agencia Espacial Europea (ESA). Esto sugiere que los asteroides, no los cometas, fueron los principales proveedores de agua a la Tierra primitiva.
Hace unos 4,540 millones de años, nuestro planeta comenzó a formarse a partir de una nebulosa solar, un disco de gas y polvo que, por acción de la gravedad, aglutinó materiales. La Tierra incipiente fue bombardeada por asteroides y meteoritos, que no solo depositaron metales y minerales, sino también vastas cantidades de agua. Estos impactos generaron un calor inmenso, manteniendo al planeta en un estado mayoritariamente fundido o líquido.
La teoría dominante, respaldada por simulaciones computacionales y evidencias geológicas (como las publicadas en Science), propone que un protoplaneta del tamaño de Marte, llamado Tea (Theia), colisionó con la proto Tierra. Este impacto eyectó material que formó la Luna, mientras que el agua ya presente se redistribuyó. Al enfriarse gradualmente, se creó una atmósfera primitiva, retenida por la gravedad terrestre. Aunque existen hipótesis alternativas, como la posible contribución de volcanes o reacciones químicas internas, el consenso científico indica que la cantidad total de agua en la Tierra ha permanecido constante desde hace unos 4,000 millones de años. No hay mecanismos masivos en el interior del planeta para producir o destruir agua en cantidades significativas.
Este hecho fundamental —que la cantidad de agua en la Tierra es invariable— nos obliga a replantear la crisis hídrica global. No enfrentamos una escasez absoluta de agua, sino un grave deterioro en su calidad, exacerbado desde la Revolución Industrial. La intensa urbanización e industrialización han contaminado ríos, lagos y acuíferos con desechos químicos, plásticos y metales pesados.
En Guatemala, por ejemplo, esta crisis se manifiesta claramente en el lago de Atitlán, donde la contaminación por nutrientes agrícolas y aguas residuales ha provocado floraciones algales tóxicas, afectando no solo el ecosistema sino también las comunidades indígenas que dependen de él cultural y económicamente. Similarmente, el Río Motagua, uno de los más contaminados de Centroamérica, transporta plásticos al mar Caribe, ilustrando cómo nuestras prácticas modernas alteran el ciclo natural del agua.
Independientemente de las explicaciones precisas sobre su origen, el agua nos recuerda nuestra conexión con el cosmos y la responsabilidad de preservarla. Al entender que su cantidad es fija, debemos enfocarnos en estrategias de gestión sostenible: tratamiento de aguas residuales, conservación de cuencas y educación ambiental. Solo así cultivaremos una verdadera «cultura del agua» que honre su esencia universal.
Por eso se debe agregar a nuestra cultura del agua la urgente necesidad no solamente de cuidarla, sino también de tratarla, de limpiarla, de recuperar lagos y ríos, de cuidar las zonas de recarga hídrica que son los elementos del ciclo de limpieza natural y social del agua. Urge que la ley del agua dé el marco regulatorio para que las municipalidades, los comités de agua y las grandes empresas que usan el agua participen en la recuperación de la misma agua. Esa debe ser la prioridad de la ley: Limpieza, tratamiento y reúso del agua. Hagámoslo ahora, porque si no cuidamos el agua ahora, no lo haremos nunca.







