Alfonso Mata

Un problema creado por nuestra democracia es el permitir vivir dentro, como fuera, de la justicia y esto se ha exacerbado extrañamente y ha terminado adquiriendo una intensidad morbosa. Los guatemaltecos desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos, luchamos «contra las reglas» incluso contra aquellas que han mostrado su utilidad a través de la experiencia.

Estamos y hablamos de reforma al sistema de justicia. Re-forma, darle nueva forma y ese cambio, tontamente lo queremos fundamentar sobre una realidad «que ya existe» y que mantiene las injusticias. Por otro lado, las reformas las ponemos en manos de los menos juiciosos y justos. Realmente esa forma de actuar es casi un insulto a la razón y sellamos eso, pidiendo a los menos justos, que aprueben la reforma. En verdad que vivimos una democracia sin emancipación y a pesar del inmenso esfuerzo de algunos, esa reforma no puede resultar.

Para crear una reforma, es necesario y preciso no solo liberarse de las estructuras que la impiden, sino de las concepciones actuales. La tarea de una reforma consiste, precisamente, en definir y valorar la naturaleza y el ámbito de alternativas, no en chapucear lo existente. Es indiscutible que todo cambio se asienta en el presupuesto de que lo que existe no agota las posibilidades de lo que se necesita.

Es indudable que el conflicto entre equidad y justicia acceso y acaparamiento, ha producido inconformidades e indignación y que ante los varios matices que tienen esas diferencias, lo que ya no existen son reglas para la dirección de la vida social y ciudadana. Como se puede hablar de justicia si el 20% de la población acapara el 75% de recursos y medios de producción. Cómo se puede planificar un sistema de justicia que tenga por fundamento el buen vivir entre los hombres, cuando las diferencias al acceso de los derechos humanos son tan desproporcionadas y cómo es posible crear ese sistema dentro de una estructura social y estatal, que además de crear condiciones, permite comportarse «con capricho» a unos y a otros a sabiendas de que es un estilo de vida sin derechos, el que genera una conducta humana individual y social, que para seguir adelante, vive para violar esa ley que lo esclaviza.

Resulta inconcebible que pensemos que construcciones lógicas, puedan tener preeminencia sobre la observación y la experiencia cuajada de limitaciones y respeto a los derechos humanos, que son los que deben servir para guiar la vida y que son los que un sistema restringe y aunque parezca extraño a los académicos, en una sociedad estructurada como la nuestra, la libertad es una perversa impostura. La libertad ilimitada de algunos para pasar sobre cualquier cosa para adquirir riqueza y poder se ha vuelto un faro hacia la felicidad.

Las reglas tradicionales que dan consistencia a la vida se han disgregado, lo que es evidente en el individuo, la familia y la sociedad, dando paso a una lucha contra nosotros mismos y de esa suerte, las violaciones a los derechos humanos asumen proporciones avasalladoras y sin cambiar esa estructura que da lugar a que eso se reproduzca una y otra vez, permitiendo que la frontera entre el bien y el mal se desvanece en medio de ideologías, caprichos y apetitos, es imposible que ese sistema de justicia que se reforma, no deje de ser una promesa, pues las relaciones sociales elementales sostenidas por una estructura estatal y social que no cambia, y que se fundamenta en divisiones y desequilibrios de disponibilidades y accesos a los derechos humanos, continuará creando condiciones naturales y psicológicas para un clima propicio para la desintegración de la ley.

Seamos entonces sinceros, el sistema de justicia no puede enderezar entuertos, hay que buscar a través de cambios sociales, las reglas que los hombres tuvieron el valor y la prudencia de imponer a su conducta individual y social si no queremos que se cumpla la aseveración de Maquiavelo «La finalidad de la existencia humana es, no ya Dios, sino el provecho». Hay que modificar profundamente las relaciones sociales encaminadas al acceso y disfrute de los derechos humanos. Teniendo en cuenta que la división reina en todas partes, hay que empezar a servirnos de la libertad, para propiciar cambios, para que el Estado salga de ese estancamiento en abstracciones y avance hacia la realidad concreta.

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