En la década de los años 40, Chiquimulilla era un pueblo aislado y la vida tranquila, sin los ajetreos de ahora; pero, ese pueblo sólo existe en el recuerdo y ya está muerto, aun cuando se reencarnó en un bullicioso, como es natural, invadido por el comercio. Eso quiere decir que ya no es lugar de agricultores, por lo menos de campesinos que sembraban milpa, maicillo y arroz en los astilleros. Pues bien, para llegar a este pueblo sólo existía un camino que venía de Cuilapa, un camino abandonado, enlodado en el invierno y donde se corría el peligro de embarrancarse en el filinco o despeñadero conocido como El Imposible, que era un barranco tan profundo, que, si un camión se despeñaba, podía rodar hasta la orilla del río de Los Esclavos. Durante años El Imposible fue utilizado como basurero, hasta que la Universidad del Valle, creo, lo saneó y la basura es seguro que la tiran en otro lado. El camino a Escuintla no existía y allí solo se podía ir a caballo, aunque había uno de tierra que permitía ir a Guazacapán y Taxisco, que más que camino era una vereda de herradura. Por esa situación de olvido aquí no llegaban vehículos. Sólo conocíamos el carro del Licenciado en Farmacia, don Octavio González, que era como los que utilizaba Hitler, y le servía para ir a su finca El Obispo, que a veces le manejaba un mecánico de apellido Barraza, que presumía de haber inventado la llave de chuchos. Camionetas: solo llegaba una de madera llamada La Fragata, que llevaba el correo cada fin de semana, y de camiones solo conocimos en de don Rafael Garzaro, que a los niños nos infundía miedo porque tenía una barba que le llegaba hasta el ombligo y que prometió “desbarbarse” hasta que le vendieran buenas llantas para su camión. Este señor manejaba un camión propio, que de “cuando en vez” llegaba cargado de mercadería para los almacenes de los chinos. Era el único camión que conocíamos y tenía la particularidad de no tener portezuelas en la cabina del piloto y por eso, cuando un fulano o fulana le pedía que lo llevara a Cuilapa, donde estaba la Gobernación y el juzgado para resolver cualquier pleito que le llegara, el pasajero era amarrado a uno de los caños del asiento de la cabina para evitar un percance, pues con tanto brinco por hoyos y piedra, podía dar con toda su humanidad en el suelo. Así estábamos de fregados. Cuando desde Cuilapa el padre Chavarría llegaba a dar misa cada dos meses, se venía en una mula prieta que el sacristán la jalaba a pie y a puro sudor de caites. Ahora, de gasolinera para surtir a esos únicos vehículos, don Ramón Mena, de origen mexicano, creo que tuvo una gasolinera Pemex, pero no recuerdo su ubicación. De la que sí doy fe, era la gasolinera que atendía don Juan León y creo que era propiedad de don Alfonso León, pues los chinos le hacían a todo. Esa gasolinera estaba situada en la casa donde tuvo su sastrería el amigo Víctor León, esquina opuesta a la casa de doña Regina Herrarte. Víctor tocaba guitarra y gustaba cantar canciones de Los Panchos. Esta gasolinera que atendía don Juan, era de esas en que la bomba funcionaba con una manivela para sacar la gasolina con la fuerza del brazo derecho, porque don Juan no era zurdo. Arriba tenía una chibola de vidrio, como una pelota de fútbol o la escafandra de un buzo, que parecía estar iluminada, pero no lo estaba, y era la señal universal de los expendios de gasolina. Después de la gasolinera Pemex, sólo recuerdo esa que atendía don Juan León, esquina abajo de mi casa en Chiquimulilla, que entonces era una villa en donde sus habitantes nos acostumbramos a ver pasar el tiempo entre el verano aseado y pobre y el invierno sucio por el lodo, pero rico y verde por el las plantas de las colinas y los cerros. Tiempo en que si nos pegaba el sarampión, nos curaban con tizanas de cañafístula y las abuelas se encargaban de soplarnos los ojos con ajos masticados para salvarlos de los brotes de esa enfermedad. Por eso ahora ya no somos sujetos de la vacunación. La naturaleza se encargó de inmunizarnos.
0:000:00







