“El pueblo que compra, manda; el pueblo que vende, sirve”. José Martí.
El ego no le cabía en su cuerpo y eso que era muy voluminoso. Un “señorón” dirían en mi pueblo, aunque siempre con un esbelto porte marcial. Era pretencioso, arrogante, “pesado” lo criticarían algunos. Pero eso poco le importaba a nuestro personaje que ha sido uno de los mayores estadistas que recoge la historia reciente, acaso de todos los tiempos. Un verdadero genio. El esquema europeo, y por extensión el marco mundial del siglo XX que se extiende hasta nuestros días, en mucho se debe a sus políticas. Este prusiano, Otto von Bismarck, creó los conceptos de “Realpolitik” y “Weltpolitik”. Este segundo término pretendía el dominio o al menos influencia alemana en todo el mundo (ideas que germinaron en la patología mental de Hitler, medio siglo después). Por su parte, la Realpolitik es, como su nombre indica, una política basada en las realidades circundantes. Esa aplicación se contrapone a políticas basadas en ideologías, lealtades, ligas, etc. Este manejo de la política tiene muchas coincidencias con la corriente filosófica del “pragmatismo”. El epítome de esta corriente se sintetiza en la famosa frase de lord Palmerston: “Inglaterra no tiene aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos.” O, en términos chinos: “No importa que el gato sea blanco o gris mientras cace ratones” según dijo Deng Xiaoping.
El mayor éxito de Bismark fue la reunificación de Alemania. Cuando en 1862 llegó al poder, como ministro presidente de Prusia, se propuso la unión de todos los territorios alemanes que estaban desperdigados en diferentes principados y reinos. Por el hierro y por el fuego. En ese mismo año le arrebató a Dinamarca los condados de Schleswig y Holstein, en 1864, tras la guerra con Austria se anexó Hesse, Fráncfort, Hannover y Nassau y la guinda de su pastel fue la anexión de Baviera, en 1871. Al principio se opuso a la influencia de la Iglesia católica, pero luego se alió con ellos por la convergencia conservadora. Igualmente combatió todos los avances socialistas de vanguardia, así como las exigencias sindicales que estaban brotando en toda Europa.
Para reunir todos los pueblos alemanes (Austria logró escaparse a última hora, por eso la obsesión de Hitler de anexarla), Bismarck se sirvió de toda palanca, acuerdo, amenaza o acción. La Realpolitik, como se descubre de su nombre, atiende a la realidad en la política internacional. A las posibilidades de un país. A sus reservas de oro. A su potencial productivo. Al temor que infunden sus fuerzas armadas.
Viene a cuento lo anterior porque después de la Segunda Guerra Mundial se trató de implementar un modelo internacional más “civilizado” (para prevenir guerras). En estos años surgió la Organización de Naciones Unidas como mecanismo de control y equilibrio entre las naciones poderosas y las del tercer mundo. Pocos años después se celebraron los Convenciones de Viena respecto a las relaciones diplomáticas y la regulación de los tratados internacionales (1963 y 1969, respectivamente).
En el 2003 tuve ocasión de participar en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre los países centroamericanos y República Dominicana con Estados Unidos. Como su nombre lo indica, el objeto de la negociación fue “el libre comercio”. Diferentes temáticas relacionadas con el comercio se plasmaron en los 22 capítulos del Tratado, entre ellos el comercio de servicios, inversión, contratación pública, propiedad intelectual, normas ambientales y laborales, entre otros aspectos. También se acordaron mecanismos para la solución de diferencias (básicamente por medio del arbitraje) y también los medios para la denuncia y terminación de la vigencia del tratado.
Pero las reglas del juego han cambiado. Ahora Guatemala se vio obligada a “renegociar” aranceles cero a los productos que vende a EE. UU. a riesgo de perder competitividad frente a los demás países del área. Imaginen la catástrofe que significaría para la economía nacional, para el empleo, etc. que nuestros vecinos lograran colocar sus productos a mejores precios finales. EE. UU. accedió, pero pidió concesiones a cambio. Así es la cosa. Entre ellas Guatemala se compromete a eliminar, reducir o automatizar las licencias de importación para bienes provenientes de EE. UU. Tienen razón los gringos, hay demasiadas trabas innecesarias. Burocracia pura y dura. Acaso perfeccionismo a la chapina o mera justificación de “chances” (puestos de trabajo). También nuestros avanzados laboratorios tendrán que dar por buenas las aprobaciones de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) y permitir la comercialización de medicinas en el país (¿acaso nuestros laboratorios son tecnológicamente superiores?). Se incluye el compromiso de no poner barreras no arancelarias ni impuestos digitales a la importación de productos estadounidenses. (De eso hablaré en otra ocasión). También nos comprometemos a la compra de 50 millones de galones de etanol. ¡Chanfle! De plano se va a formalizar mandato obligatorio de mezcla “E10”, 10% etanol en gasolinas. Ciertamente hay objeciones, algunas de tipo legal, pero a nuestro socio del norte lo que le interesa es vender sus productos, al menos en la cantidad indicada. También nos obligamos a garantizar la plena libertad sindical y el fomento de la negociación colectiva. Mucho hay que hablar, pero será en otra ocasión. Por el momento, este acuerdo, pendiente de detalles para su formalización, nos permite ¡vaya suerte la nuestra! que un 70% de productos compitan libremente, pero quedó en el aire un 30%. ¿Qué vamos a hacer con esas actividades?
Moraleja: Fortalezcamos nuestro país. Eliminemos la corrupción y la rapiña estatal. Mejoremos la productividad, vivimos en un país ubérrimo, bendecido por Dios.







