Autor: Kevin Segura Carillo
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Sobre el Autor:

Kevin Segura Carrillo es Arquitecto egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala especializado en estudios de desarrollo urbano, territorio y políticas públicas.

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¿Dejaremos que las moscas caminen libremente en nuestra cotidianidad?

La basura que debería estar en una bolsa, en una línea de reciclaje y luego en un proceso de reducción que minimice su capacidad de ensuciar y contaminar, hoy invade calles, recorre cientos de kilómetros en los ríos, navega en lagos y, muchas veces, se acumula en los bosques, como si su hábitat natural fuera cualquier lugar, excepto donde realmente debe estar.

Pero ¿por qué ocurre esto?, ¿quién lleva esa basura hasta allí? La respuesta más común es: “Saber, cuando uno siente las calles ya están llenas de basura”. Lo curioso es que muchas veces esa frase se acompaña del gesto de alguien que saca sigilosamente una envoltura de dulce del bolsillo para tirarla al suelo. La verdad es simple: los desechos sólidos no nacen de la nada ni brotan de la tierra como las plantas. Tienen responsables, y esos responsables somos todos.

La diferencia con otros grandes problemas de este país, es que la basura no tiene un único rostro o un solo apellido. Tiene miles, millones. Está en los niños que al comer una galleta no han sido educados para guardar la envoltura en el bolsillo hasta encontrar un basurero. Está en los adultos que, sin pensarlo dos veces, bajan la ventana del vehículo o del bus para lanzar una botella plástica, un envase de comida o una colilla de cigarro. Está en los hogares en donde aún se dificulta clasificar la basura y entender que separar los residuos es un acto de responsabilidad social.

Y sí, el rostro más visible es el de las autoridades: aquellos a quienes les corresponde generar orden y normativas, pero que prefieren postergar esta responsabilidad porque “implica un costo político” o el riesgo de impopularidad. Como si a alguien realmente le gustara vivir rodeado de basura y moscas, como si educar sobre la clasificación de desechos fuera un lujo o un capricho.

Lo cierto es que la falta de decisiones claras ha hecho que hoy los peces mueran en un mar de basura que nosotros mismos producimos. Muchas botellas plásticas viajan más que la mayoría de guatemaltecos en un año, recorriendo ríos y mares hasta terminar en costas extranjeras. La ausencia de una regulación efectiva para la separación de residuos, permite que papel, cartón o metales, que podrían reciclarse, se mezclen con materia orgánica en descomposición, volviéndose irrecuperables.

No clasificar la basura es, en términos simples, lo mismo que mezclar heces fecales con ropa, o incluso lanzar cuadernos, metales o juguetes a la basura cuando aún están en buen estado. Es permitir que las moscas invadan nuestra vida cotidiana.

La sociedad de las moscas tiene su lógica: fácil es tirar la basura en la calle; difícil es soportar las inundaciones que luego provoca cuando tapa las alcantarillas. Simple es cerrar la ventana del carro para no ver los basureros clandestinos; difícil es explicarles a los niños por qué el mundo está como está y por qué, en lugar de mejorar, lo estamos destruyendo. Sencillo es decir “nadie va a cambiar”; difícil es asumir que no habrá un país distinto si nosotros no cambiamos primero.

Podríamos esperar a que exista una normativa nacional de clasificación de desechos, como ya ocurre en muchos países de la región. Pero incluso sin esa ley, podemos empezar en nuestros hogares: separar plásticos, cartón, vidrio y orgánicos no requiere más que voluntad. Es un acto pequeño, pero multiplicado por miles de familias, se convierte en un paso gigantesco para dejar de ser la sociedad de las moscas.

Por último, conviene recordarlo: la responsabilidad es compartida; las autoridades tienen la obligación de legislar, de implementar políticas públicas efectivas y de garantizar que existan sistemas de gestión de residuos. Pero nosotros como ciudadanos, tenemos la obligación de exigirlo, cumplirlo y practicarlo.

La sociedad de las moscas la hacemos nosotros, con cada bolsa mal dispuesta, con cada colilla tirada en la calle, con cada indiferencia frente al basurero clandestino podemos decidir si convertimos nuestra sociedad en un basurero permanente o en una sociedad de conciencia, respeto y dignidad ambiental.

Porque si bien las moscas se adaptan a la basura, los seres humanos deberíamos adaptarnos a la vida responsable.

Jóvenes por la Transparencia

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