Cada día mueren más de seis motoristas en las calles del país. No es casualidad, es consecuencia de un sistema que tolera la imprudencia y de autoridades que prefieren mirar hacia otro lado. Las Policías Municipales de Tránsito se han vuelto indiferentes ante esta situación, debido a la cantidad de percances viales que tienen que atender en los turnos.
La motocicleta es el vehículo más inestable, porque dos ruedas no perdonan errores. La Ley de la Física es clara, en su enunciado se menciona que cualquier exceso de velocidad, maniobra brusca o descuido termina en el suelo. Pero aquí se conduce como si la física fuera opcional y en la mayoría de casos desconocen que es prohibido pasarse un semáforo en luz roja, menos se van a poner a pensar en la Ley de la Física.
En una motocicleta no se desafía únicamente la Ley de Tránsito, se desafía la Ley de la Física. La inercia empuja el cuerpo hacia adelante cuando se frena de golpe; la energía cinética se multiplica con cada kilómetro adicional de velocidad; la fricción desaparece en un segundo sobre asfalto mojado; el centro de gravedad se traiciona en una maniobra imprudente.
En cambio, en los automóviles hay carrocería que protege; en una moto, el cuerpo es el que soporta toda la fuerza. Cada exceso de velocidad, cada zigzagueo y cada semáforo ignorado no es un acto de valentía, es un choque anunciado contra leyes científicas que siempre se imponen. La física no levanta actas ni impone multas, es clara y directa.
A eso se suma el desprecio por la Ley de Tránsito. Casco en el “codo”, uso de banquetas, altas velocidades, semáforos ignorados, zigzagueo entre carros, conducción bajo efectos de licor u otras sustancias prohibidas. Conductas que no solo ponen en riesgo al motorista, a terceras personas y también destrozan familias que esperan en casa a su familiar que en muchos casos salió a trabajar.
El problema se agrava con la corrupción en la emisión de licencias. De más de tres millones de motos activas en la Superintendencia de Administración Tributaria -SAT-, apenas 700 mil tienen licencia registrada en Maycom. El resto circula sin preparación, muchos con documentos comprados. No solo desconocen la ley, también desconocen la física.
El resultado es brutal porque el deceso de motoristas es la segunda causa de muerte en Guatemala, solo detrás de los homicidios con armas de fuego y arma blanca. Una epidemia que debería ser prioridad nacional, pero que las autoridades viales tratan como un asunto menor, algo sin importancia. La vida no vale nada.
No hay campañas sostenidas de educación vial. No hay controles serios en la emisión de licencias. No hay operativos permanentes para sancionar la imprudencia. Lo que sí hay es indiferencia institucional y un conteo diario de cadáveres, que les importa un “comino” porque lo único que les interesa es cobrar su cheque cada fin de mes.
La tragedia no está en las ruedas, está en la pasividad del Estado. Cada motorista que muere es víctima de su propia imprudencia, sí, pero también de un sistema que se niega a protegerlo. Mientras las autoridades sigan de brazos cruzados, los datos seguirán siendo los mismos o bien mayores.
La motocicleta no tiene la culpa de todo este relajo vial que afrontamos. El problema no está en las dos ruedas, está en la falta de control y en la indiferencia de quienes deberían proteger la vida en las calles.
Lo primero que se debe hacer es acabar con la corrupción en la emisión de licencias. No puede ser que millones de motoristas circulen sin conocimiento de lo que pueden y no pueden hacer, con documentos comprados o sin licencia alguna. El Estado debe depurar registros, sancionar a quienes venden licencias y garantizar que cada motorista reciba formación real antes de circular en el asfalto.
Lo otro que se puede hacer es implementar campañas permanentes de educación vial. No basta con spots aislados o comunicados “tibios”. Se necesitan programas sostenidos en escuelas, universidades y medios de comunicación que enseñen respeto por la Ley de Tránsito y conciencia sobre la fragilidad física de la motocicleta.
Algo que si es bien importante, es reforzar los operativos de control. Casco obligatorio, límites de velocidad, sanciones inmediatas y ejemplares. La autoridad debe estar en las calles, no en oficinas contando muertos. La prevención empieza con presencia, con rigor y autoridad.
Si el Estado asume estas responsabilidades y los motoristas entienden que la vida vale más que la prisa, podremos reducir la siniestralidad que hoy nos golpea como una epidemia. La propuesta es simple, tener licencias legítimas, educación constante y control efectivo. La sugerencia es clara, las autoridades deben dejar de ser cómplices pasivos y deben convertirse en guardianes de la vida.
Solo así dejaremos de leer los índices de siniestralidad, donde el 52 por ciento de ellos es de motoristas. Solo así la motocicleta podrá convertirse en el vehículo que debería ser, un medio de transporte ágil, versátil, económico y seguro.







