Autor: Jennifer Paniagua
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Hay decisiones que no se explican sobre la técnica o el conocimiento puro, sino desde el poder. La exclusión de las ciencias afines del proceso de elección de representantes del Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala -CANG- para la Corte de Constitucionalidad, no es un error administrativo ni una omisión inocente. Es una declaración de jerarquía con un mensaje de fondo: solo los abogados importan. 

Se insiste en vender la idea de que el Derecho puede existir por si solo, como si fuera autosuficiente, puro e incontaminado por la realidad social. Como si la Constitución Política de la República se defendiera únicamente desde el lenguaje jurídico: sin contexto, sin estructuras de poder, sin conflicto e incluso sin la sociedad. Esa idea defendida por los abogados Sagastume no solo es errónea; es arrogante. La realidad es incómoda: El Derecho no se sostiene sin las otras ciencias afines a él. 

Sin la criminología, el sistema penal no entiende el delito, solo lo castiga; sin la sociología, la Constitución se aplica a ciegas, ignorando desigualdades reales; sin la ciencia política, el control del poder es ingenuo o cómplice de los intereses personales; sin las relaciones internacionales, el constitucionalismo se torna desconectado de los estándares y compromisos reales del Estado. Aun así, deciden sobre todo ello. 

Esto no es un ataque al abogado. El abogado es necesario e indispensable, pero no superior a las ciencias que lo coadyuvan. 

La Corte de Constitucionalidad no es un club profesional y mucho menos un trofeo gremial. No existe para confirmar la autoridad simbólica de los abogados, sino para resguardar el orden constitucional de una sociedad compleja, conflictiva y diversa. Pretender que solo una disciplina puede decidir quién llega ahí no fortalece el Estado de Derecho: lo reduce a una mirada única y cerrada. 

Excluir a las ciencias afines no es defender la Constitución; es blindar el poder desde el corporativismo y confundir el conocimiento con monopolio. Porque cuando el Derecho se aísla de la criminología deja de entender el delito, cuando se desconecta de la sociología deja de entender el funcionamiento de la sociedad, cuando ignora la ciencia política deja de entender el poder y cuando desprecia las relaciones internacionales deja de entender al mundo por completo. 

Ni siquiera recurriendo a trampas lograron imponerse. El amparo que pretendía vestirse de legalidad no es la defensa de un principio, sino el último manotazo desesperado de quienes perdieron en las urnas internas, incluso antes de iniciar las elecciones dentro del CANG. No ganaron con votos, no convencieron al gremio y no alcanzaron la legitimidad; aun así decidieron forzar al sistema para torcer el proceso y conseguir una oportunidad de ganar. Cuando ni la manipulación alcanza para revertir una derrota, lo que queda no es razón jurídica, es resentimiento disfrazado de tecnicismos jurídicos que hoy, tienen la cara de Ricardo Sagastume Morales y Diego Sagastume Vidaurre. 

La primera vuelta dejó claro lo que intentaron ignorar: el gremio está cansado de lo mismo. Está cansado de los mismos nombres, las mismas maniobras y el mismo discurso reciclado que se vende como institucionalidad. El mensaje de cansancio fue contundente, por eso el teatro político se les cayó encima a los Sagastume: ni el cálculo, ni la estrategia, ni la trampa, lograron ocultar que ya no representan a la mayoría. 

Cuando el voto habla, el amparo estroba; y cuando la derrota es evidente, la legalidad se convierte en excusa. 

La segunda vuelta es fundamental para eliminar al cáncer que ha carcomido por años al Colegio de Abogados y al país en general, por eso hago un llamado a los abogados que votarán en la segunda vuelta: hagan un voto consciente y razonado, en sus manos también está el futuro de Guatemala.  

Jóvenes por la Transparencia

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