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La cultura refleja lo que somos, el mundo enfrenta una paradoja peligrosa al tener más información que nunca, pero menos pensamiento crítico. Las redes amplifican opiniones; la educación, en cambio, parece debilitarse. Y cuando la educación pierde profundidad, la ignorancia deja de ser un problema individual y se convierte en un riesgo colectivo.

Estados Unidos, país construido por migrantes, discute todavía si un artista latino que canta en español puede encabezar el espectáculo más visto del año. Desde América Latina, esa discusión resulta tardía. La multirracialidad no es una agenda ideológica, es un hecho histórico. Negarlo no la elimina. Solo evidencia resistencia a reconocer lo evidente.

Escribo esto como guatemalteco, habitante de un país donde la raíz indígena no es un discurso, sino una presencia viva. Guatemala no nació homogénea. Se formó en el mestizaje, pero con una base indígena que sobrevivió a siglos de marginación. Nuestra diversidad no es concesión política; es estructura histórica.

Miguel Ángel Asturias lo entendió con claridad. En Hombres de maíz expuso el conflicto entre la cosmovisión ancestral y la lógica utilitaria que reduce todo a productividad. En su tesis El problema social del indio dejó claro que el conflicto no era racial, sino estructural: la exclusión sistemática de una mayoría convertida en invisible.

Ese mismo patrón se repite hoy en otros escenarios. Cuando se cuestiona que un latino represente un evento masivo, el debate no es musical; es simbólico. Se discute quién tiene derecho a representar la identidad nacional, esa discusión revela una incomodidad más profunda frente a la transformación demográfica y cultural.

La historia es clara, las naciones que reconocen su pluralidad se fortalecen. Las que la niegan se fragmentan.

Pero el problema de fondo no es cultural, es educativo. Cuando el sistema formativo no enseña historia con rigor, cuando la identidad se simplifica en consignas y cuando el pensamiento crítico se reemplaza por reacción emocional, el espacio público queda en manos de la superficialidad.

La única solución es la educación, una educación que forme criterio, que enseñe complejidad, que entienda que la identidad no es un relato único sino una suma de raíces. Sin educación sólida, las sociedades quedan vulnerables a discursos excluyentes.

No se trata de entretenimiento. Se trata de madurez histórica.

Y esa madurez solo la construyen pueblos educados.

Dr. Rafael Mejicano Díaz

Dr. Rafael Mejicano Díaz, Especialista en Prótesis Oral, MSc, Ph.Hc. y Ph.O.C., referente de la odontología guatemalteca. Con amplia trayectoria docente, gremial y clínica, ha impulsado innovación, ética y servicio social. Su legado integra ciencia, liderazgo institucional, pensamiento crítico y compromiso humanista.

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