Mientras recuerdo mi último sueño, el de anoche, o el de la madrugada, no lo sé, también recuerdo el libro aquel de Mario Bunge que leí hace tiempo: El problema mente-cerebro. Bunge insiste en que la mente no es un ente separado, sino las funciones mismas del cerebro. Los sueños, según él, no son mensajes cifrados del inconsciente, sino fenómenos biológicos, actividad neuronal que ocurre mientras dormimos.
Y, sin embargo, anoche regresé al Quetzaltenango antiguo, en mi sueño. Pasé primero por la casa de mi tía Arabela y luego llegué a la de mi abuela Lola, esas dos viviendas de mediados del siglo pasado, de paredes gruesas, frías y oscuras, donde los rayos de sol se filtraban entre el humo de la leña. Estaba otra vez en Xelajú, debajo de los diez cerros: El Baúl, el Cerro Quemado, el Santa María y el Siete Orejas. Olía a madera vieja y a tiempo detenido.
En el sueño me detuve frente a una cómoda, mueble, de fina madera quetzalteca, con su espejo en el centro. Una de las gavetas estaba a medio salir. Dentro reinaba un desorden familiar: fotografías pequeñas en blanco y negro medio tapadas por cadenas de plata y oro, anillos, broches, cosas que parecían más de mi madre que de mi abuela o mi tía. Aquel desorden no me inquietó. Al contrario, me produjo una sensación de estar en casa, de reconocer lo mío. Me sentí cómodo en medio de la complejidad.
Los que interpretan sueños dirían que soñar con gavetas habla de ideas anticuadas que necesitan ordenarse, de poner la mente en su lugar. Los psicoanalistas, siguiendo a Freud, verían ahí un mensaje del inconsciente. Los cognitivistas y neurocientíficos, en cambio, dirían que no significa casi nada: solo el cerebro reorganizando información, pasando datos de la memoria corta a la larga, fortaleciendo conexiones neuronales mientras dormimos, como señala la Asociación Psicológica Americana, APA.
El psicoanálisis me enseñó a valorar lo que parece existir por debajo de la conciencia, pero terminó dándole demasiado poder al inconsciente. El cognitivismo y la neurociencia nos han dado herramientas poderosas para entender cómo funciona el cerebro, pero reducen demasiado la experiencia humana a procesos internos, como si fuéramos computadoras sofisticadas.
Al final, he llegado a una conclusión: el aprendizaje, y con ello las emociones, no ocurre solo dentro de la cabeza de cada uno, ni siquiera solo dentro del cerebro. El aprendizaje es una actividad social. Sucede en la comunidad donde vivimos, está mediado por prácticas culturales compartidas, por formas de hacer, de hablar, de recordar y de relacionarnos que nos preceden y nos constituyen.
Por eso aquella gaveta desordenada me gustó tanto. No era solo mi desorden interior. Era el desorden de una casa, de una familia, de una ciudad y de una historia. Era el desorden de la vida real, confusa y compartida, que cada día intentamos habitar y, en alguna medida, ordenar juntos.
Entonces, ¿qué significa soñar con esa gaveta entreabierta? Quizá no signifique «ordenar algo» ni sea mero ruido neuronal. Quizá sea solo un destello de esa realidad social que vivimos: compleja, desordenada y, a pesar de todo, nuestra. Quizá solamente sea la forma en que mi cerebro sigue extrañando a mi mamá y sus gavetas llenas de recuerdos, la gaveta que guardaba en blanco y negro quienes éramos nosotros, la desordenada gaveta que tenía su anillo de bodas a la par de otras fotos a colores viejas recortadas de manera curiosa. Quizá soñar es solamente otra práctica social para consolidar quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes seremos.







