Hoy, 4 de febrero de 2026, exactamente 50 años después, recordamos aquella fatídica madrugada de 1976 cuando el entonces presidente General Kjell Eugenio Laugerud García pronunció las palabras que se convirtieron en un símbolo de resiliencia: “Guatemala está herida, pero no de muerte”. Esta frase levantó el ánimo de los guatemaltecos tras el devastador terremoto que golpeó el país, un evento que nos obliga a reflexionar sobre nuestra vulnerabilidad sísmica y la necesidad de prepararnos mejor para el futuro.
Para comprender geológicamente un terremoto, es esencial recurrir a la teoría de las placas tectónicas, que emergió a finales de la década de 1960. Nuestros abuelos no podían explicar estos fenómenos porque esta teoría aún no existía. La corteza terrestre está dividida en fragmentos llamados placas, y es en sus bordes donde se concentra la actividad sísmica y volcánica. Estas placas están en constante movimiento, impulsadas por el calor interno del planeta que hace circular el magma –roca fundida– en el manto terrestre. Este flujo convectivo arrastra las placas superiores, generando fricciones que, al liberarse súbitamente, producen sismos.
Guatemala se encuentra en una zona de alta actividad tectónica, ubicada sobre tres placas principales: la de Norteamérica, la del Caribe y la de Cocos. Los movimientos relativos entre estas placas no solo causan terremotos, sino que también moldean la topografía del país, con sus cadenas volcánicas y valles. Además, dentro de estas placas hay fallas secundarias como las de Jalpatagua, Mixco y Santa Catarina, que contribuyen a nuestra condición de país sísmico.
El sismo del 4 de febrero de 1976, con una magnitud de 7.6 ocurrió a las 03:01:43 hora local y duró aproximadamente 39 segundos. Su epicentro se localizó cerca de Los Amates, en el departamento de Izabal, en la falla de Motagua –un límite entre las placas de Norteamérica y del Caribe–. Los geólogos dicen que se trató de un deslizamiento lateral izquierdo, con un desplazamiento horizontal de hasta más de un metro en algunos puntos, y una profundidad de solo 5 kilómetros. Esta superficialidad amplificó los daños, ya que las ondas sísmicas llegaron con mayor intensidad a la superficie.
Los efectos fueron catastróficos: aproximadamente 25,000 personas fallecieron, 76,000 resultaron heridas y más de un millón quedaron damnificadas, sin hogar ni servicios básicos. Departamentos como Chimaltenango –el más afectado, con miles de víctimas–, Guatemala, El Progreso, Sacatepéquez y otros sufrieron colapsos masivos de viviendas de adobe y edificios antiguos. La infraestructura nacional se vio gravemente comprometida, con carreteras bloqueadas, hospitales destruidos y un retroceso económico estimado en miles de millones de quetzales. La respuesta inmediata incluyó ayuda internacional, principalmente de nuestro hermano país México, así como esfuerzos locales de rescate, pero también reveló deficiencias en la preparación, como la falta de normas antisísmicas estrictas en esa época.
El terremoto de 1976 marcó un antes y un después en la conciencia sísmica de Guatemala. Desde entonces, hemos avanzado en varios frentes. Los ingenieros civiles han fortalecido sus currículos con énfasis en estructuras sismorresistentes y sismología. En Quetzaltenango, por ejemplo, existen programas de maestría en ingeniería sismorresistente en el Centro Universitario de Occidente, Cunoc, de la Usac. Asimismo, la Asociación Guatemalteca de Ingeniería Estructural y Sísmica (AGIES) ha sido fundamental en la investigación y divulgación de conocimientos científicos, tecnológicos y principalmente de ingeniería.
Se han mejorado materiales y sistemas de construcción, sistemas antisísmicos y normativas nacionales. Sin embargo, estos avances no han sido uniformes. A pesar de las mejoras, persisten desafíos en la implementación, especialmente en áreas rurales donde aún predominan construcciones vulnerables.
Además, el terremoto de 1976 resaltó impactos socioeconómicos profundos: exacerbó la pobreza, desplazó poblaciones y retrasó el desarrollo por una década. Hoy, en un contexto de cambio climático que puede intensificar desastres, debemos considerar riesgos combinados, como erupciones volcánicas en el Occidente –zona con volcanes activos como el Pacaya y el de Fuego– que podrían interactuar con sismos. A esto hay que agregar la sobreexplotación de aguas subterráneas que al final cambian la hidrogeología local de las comunidades.
Este aniversario del terremoto nos debe impulsar a una reflexión profunda sobre cómo ocupamos el territorio y construimos nuestras vidas. Aunque hemos progresado en materiales y normativas, falta mucho por hacer. Es crucial invertir en investigación sobre materiales antisísmicos innovadores y en la mejor formación de ingenieros estructurales, arquitectos, geólogos, vulcanólogos, técnicos constructores, maestros de obras, albañiles, supervisores. La Universidad de San Carlos (Usac) ofrece geología en Cobán, pero urge expandirlo al Occidente, la región volcánica más crítica.
Una debilidad estructural evidente es la ausencia de programas robustos en vulcanología. Junto a esto, debemos reforzar carreras técnicas cortas en construcción, diseño sismorresistente y gestión de desastres, integrando prevención en todos los niveles educativos. Instituciones como la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) han mejorado planes de emergencia, pero necesitamos más monitoreo sísmico y campañas comunitarias.
El camino adelante es claro: Las universidades y sus rectores en lugar de estar jugando a politiquería barata deberían enfocarse en conseguir y gestionar mayor inversión en ciencia, tecnología e ingeniería. Solo así minimizaremos daños en futuros eventos. Hagamos esto ahora, antes de que venga el próximo terremoto porque si no lo hacemos ahora, no lo haremos nunca.







