Lorenzo Fer

En varios versículos evangélicos se indica que Jesús “predicaba en las sinagogas.” Ciertamente eran recintos sagrados, templos, donde se reunían los judíos para rendir adoración al Altísimo. Pero también se reportan prédicas que impartió en otros recintos sagrados. ¿Acaso no son sagrados los montes? Qué lujo escuchar a Jesús, con sus brazos extendidos, elevando los ojos hacia el cielo azul tapizado por girones de nubes blancas. Que sublime experiencia ver cómo el sol acariciaba su rostro y el viento mecía sus cabellos en tanto manadas de aves cruzaban por el aire. El gran templo de Dios.

El escenario que narra Mateo es cautivador. Leyendo el “Sermón de la montaña”, nos trasladamos a los suaves declives que rodean el norte del lago de Genesaret. Con la vista hacia la quietud del lago, respiramos los aromas frescos de la yerba y las flores del campo y casi palpamos la suavidad de la grama y sentimos en el rostro la brisa fresca con frescura de agua. Ese marco encantador, nos evoca una imagen muy familiar y tierna. Y luego aparece un grupo de jóvenes:  los habituales acompañantes de ese rabino, también joven, del que se hablan maravillas. Todos lo querían ver, lo querían tocar “porque sabían que el poder que salía de Él los sanaría”. Era conocido como un predicador con una voz tan potente que haría llegar a los cientos, acaso miles, de seguidores que se acomodan en los suaves pliegues de la colina. Para algunos será la primera oportunidad de escuchar al afamado Rabí. No va a ser un discurso en una sinagoga, ni salón, ni en ciudad; va a hablar al aire libre, con el cielo como testigo marcando una conexión directa con las palabras que va a pronunciar.  

Esta alocución de Jesús la registran dos evangelistas: Lucas y Mateo. Los estudiosos no tienen claro si se trata de dos escenas o momentos diferentes (es posible que Jesús repitiera su enseñanza a diferentes audiencias) o bien que una sola prédica que la hayan recogido Lucas (6) y Mateo (5). Hay algunas diferencias, para empezar Lucas coloca la predicación en una llanura: “bajaron de la montaña y fueron a una llanura”; y Mateo hace referencia a que Jesús, al ver las multitudes “subió al monte y se sentó”. Lucas contiene solo 4 bendiciones y Mateo 9 (la 8 y la 9 se refieren a los perseguidos por lo que muchos la subsumen en una sola). Mateo solo habla de las bendiciones. En cambio en Lucas, al final de las bendiciones, se recitan también las lamentaciones (malaventuranzas): “Más ay de vosotros los ricos (…) los que estáis hartos (…)”. Puede entenderse, el de Lucas, como un discurso con mayor contenido social ya que contiene reparos a los ricos. 

En todo caso, el contenido de ambos autores es muy parecido y siempre se les ha conocido como ”las bienaventuranzas”. En algunos textos, por las diversas traducciones, se usa la palabra “dichosos” en vez de “bienaventurados”. Pero la tradición se decanta por esta última expresión. Es que suena tan ceremonioso y más sabiendo que las palabras salían de la boca de Jesús. Es claro que las dos crónicas pueden llamarse “las Bienaventuranzas” pero solamente la versión de Mateo (que es la que se lee en este círculo “A” de la liturgia tripartita) es propiamente “el Sermón de la Montaña” o “Sermón del Monte”.

La tradición ha consagrado el lugar que, con toda probabilidad, es el mismo emplazamiento donde Jesús predicó este sermón. Es una colina al noreste del Mar de Galilea, entre las ciudades de Cafarnaúm –lugar donde vivía Jesús– y Genesaret. Se han encontrado restos de un monasterio del siglo IV, coincidiendo con las peregrinaciones. La Iglesia de las Bienaventuranzas es un imponente edificio octogonal siendo que cada lado representa a una de las bienaventuranzas. El gobierno italiano de Benito Mussolini dio fuertes aportes para su construcción y el cuidado del santuario está a cargo de las Hermanas Misioneras Franciscanas del Corazón Inmaculado de María. La Orden Franciscana está, desde la Edad Media, muy presente en la atención a los santos lugares. 

Para san Agustín de Hipona, las bienaventuranzas constituían una declaración básica de la enseñanza cristiana. Hizo profundos análisis respecto a cada una de ellas. Resaltó que todas las bendiciones vendrán a futuro: serán consolados, recibirán la tierra, serán saciados, alcanzarán misericordia, serán llamados (ello a futuro); salvo la primera y la última: los pobres de espíritu porque de ellos es (ahora mismo) el reino de los cielos y la última, los que padecen persecución por mí causa, porque de ellos es el reino de los cielos. 

Fedor Dostoyevsky, muy profundo en sus análisis psicológicos, dijo que si no estuviere la parábola del Hijo Pródigo los Evangelios estarían incompletos. Estoy de acuerdo y le agrego que, asimismo, estarían incompletos si no tuvieran las Bienaventuranzas. Conforme otro autor ruso, León Tolstoi, dicho sermón contiene las disciplinas esenciales del cristianismo. El líder político y místico hindú, Gandhi, tenía especial aprecio por el mensaje de Jesús contenido en dicha prédica. 

“Bienaventurados los misericordiosos”. La palabra misericordia mueve a pensar en momentos estelares y la magnificencia de un conquistador ante los vencidos. En ese sentido suena rimbombante. Pero puede ser más simple y cotidiano. Esa misericordia que Jesús reclama es la que podemos practicar todos los días: con la familia desde el desayuno, con nuestros empleados, con nuestros compañeros de trabajo, con las personas que laboran con nosotros, con el que lleva los vidrios oscuros y bocina en el tráfico, con el que pide en el semáforo. Una sonrisa, una cortesía, un comentario de ánimo o acaso simplemente escuchar al vecino.  ¡Dichosos! “porque alcanzarán misericordia.”

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