Nosotros los olvidados
Autor: José Alexander Velásquez
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Sobre el Autor: Líder estudiantil de la Facultad de Ciencias Económicas en la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Cada año que inicia en el calendario no indica solamente un nuevo ciclo escolar; también revela una verdad incómoda para muchos de los jóvenes en Guatemala: la juventud no solo es una etapa, es una prueba de resistencia. Mientras más cerca estamos de los treinta, se vuelve más evidente la sensación de que las oportunidades no crecen al mismo ritmo que nuestras responsabilidades.
Somos una generación que ha tenido que migrar, algunos entre departamentos; otros, fuera del país. No por gusto, sino por una clara necesidad. Migramos para superarnos, para ayudar a nuestras familias, para estudiar, para trabajar, para perseguir esos sueños que en nuestro lugar de origen tristemente, no encontraron espacio para crecer. La pregunta es inevitable: ¿dónde están las oportunidades para los jóvenes en Guatemala?
Intentar construir desarrollo en territorios donde históricamente no se ha sembrado, provoca que muchas personas terminen proyectando su futuro fuera de su lugar de origen, ya sea en otra ciudad, otro departamento o incluso en otro país. Esta realidad me hace recordar algo que me dejó fascinado, -con las diferencias contextuales que ello implica-: Saemaul Undong, el “Movimiento de la Nueva Aldea” impulsado en 1970 por Corea del Sur; se trata de una política orientada a reducir la brecha entre el campo y la ciudad mediante visión, planificación y compromiso estatal. La comparación no pretende ser exacta, pero sí deja una lección clara: el desarrollo no ocurre por inercia, ocurre cuando existe un plan y voluntad para ejecutarlo.
La creación de oportunidades de empleo, educación, becas, arte y cultura, suele ser un tema de debate ideológico; existen diversas posturas a favor y en contra de cuál debería ser el rol del Estado. Sin embargo, lo que no puede discutirse es la responsabilidad de nuestros líderes de cumplir con su función, así como la nuestra de cumplir con la propia: participar, fiscalizar y tributar. El desarrollo no es un favor; es una obligación compartida. En ese contexto recientemente fue presentada la Política Nacional de la Juventud 2025-2040, que establece directrices para los próximos quince años en áreas clave como la prevención de la violencia, educación, salud, ciencia y tecnología, empleo, emprendimiento, arte, cultura, deporte y participación ciudadana. El papel está escrito pero el reto, como siempre, será la ejecución.
Los jóvenes no podemos limitarnos únicamente a celebrar anuncios. Debemos exigir que estas políticas se cumplan, que se puedan convertir en acciones reales y oportunidades tangibles, no solo para nosotros, sino para quienes vienen detrás. La juventud no necesita discursos inspiradores; necesita condiciones reales para desarrollarse.
A pesar de todo, seguimos adelante. Hemos trabajado y estudiado al mismo tiempo, hemos dejado las aulas para sostener hogares y hemos buscado fuera lo que no encontramos dentro. Somos valientes y soñadores, como lo fueron nuestros padres y abuelos en su tiempo. Y, aun así, seguimos creyendo en un mejor mañana, aunque hoy muchos jóvenes seamos tristemente, nosotros los olvidados.







