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El pasado 16 de enero el pueblo cubano realizó, en La Habana, la “Marcha del pueblo combatiente”, en homenaje a los 32 militares asesinados en Venezuela, cuando los Estados Unidos secuestraron al presidente Nicolás Maduro. Decenas de miles de ciudadanos participaron en esta multitudinaria manifestación. Ella fue también un ejemplo de la unidad entre el pueblo y su ejército.

A mi juicio, esa movilización debió llamarse “Marcha por la Dignidad”.  Los militares asesinados fueron leales en el cumplimiento de su misión. Los soldados estadounidenses los mataron a todos, sin importar si estaban combatiendo o no. 

Y la dignidad del pueblo y gobierno de ese país se expresó muy claramente en el discurso del presidente Miguel Díaz Canel.  Dijo: “No hay rendición ni claudicación posibles, como tampoco ningún tipo de entendimiento sobre la base de la coerción o la intimidación. Cuba no tiene que hacer ninguna concesión política, ni eso jamás estará en una mesa de negociaciones para un entendimiento entre Cuba y Estados Unidos. Siempre estaremos dispuestos al diálogo y al mejoramiento de las relaciones entre los dos países. Al imperio que nos amenaza, le decimos: ¡Cuba somos millones! Somos un pueblo dispuesto a combatir si nos agreden, con la misma unidad y fiereza de los 32 cubanos caídos el 3 de enero».

Esa movilización fue sorprendente porque la situación económica que vive la población es realmente dramática y a pesar de eso se expresaron con contundencia y legitimidad defendiendo su soberanía y autodeterminación frente al poder hegemónico ¡Ese es un pueblo digno! Y de esa misma calidad fue la posición del gobierno isleño.

Ellos, pueblo y gobierno, saben que la soberanía ha sido desconocida por el gobierno norteamericano. Que la narrativa construida con relación al presidente Maduro tiene como objetivo justificar la violación de los principios que dieron lugar a la Organización de las Naciones Unidas.

La narrativa que pretende justificar esa violación a la soberanía de Venezuela tiene dos vertientes.  Una, relacionada con el señalado involucramiento de Nicolás Maduro en el narcotráfico; y la otra es el supuesto fraude electoral que lo habría convertido en un gobierno ilegítimo.

Para los bobos que creyeron esa narrativa, para los serviles que la aplaudieron y para los avasallados que la asumieron o justificaron, el propio Trump se encargó de evidenciar su confusión, servilismo o sumisión. Él ha sido más que explícito en manifestar los intereses imperialistas que definen su política internacional, particularmente hacia América Latina.

La lucha por sus intereses geopolíticos expresada en su disputa con China, la apropiación descarada de los recursos naturales y el intervencionismo para garantizar que haya gobiernos dóciles con ellos son las verdaderas razones de la acción intervencionista de los Estados Unidos.

La posible agresión militar a Cuba por parte del gobierno de Trump puede darse. Pero el pueblo cubano tiene una historia de resistencia y lucha que es excepcional. Sin embargo, hay que tener presente que la resistencia es heroica, pero no es un fin en sí misma. El mundo ha cambiado sustancialmente. Se impone, por lo tanto, repensar los proyectos históricos que nos inspiraron a quienes optamos por ellos.

Ahora bien, en mi opinión, creo que una propuesta socialista sigue teniendo razón de ser, pero entendiendo los logros y fracasos que se han producido en los modelos que han pretendido su implementación.

Y este es el momento histórico para hacerlo. Trump desnudó al imperio. Le quitó el disfraz cosmético que le proporcionan los demócratas.

En los años ochenta tuvimos que reformular la estrategia de las formas de lucha en América Latina, particularmente en Centroamérica, para transitar de la guerra a la negociación con el fin de evitar la solución militar que pretendía Ronald Reagan para hacer frente a las luchas revolucionarias en el continente y atajar la influencia de la URSS. Ahora, en el 2026, la nueva situación geopolítica mundial, el desarrollo de las fuerzas productivas, de las relaciones sociales de producción y distribución y de la guerra cultural en el mundo nos obliga a atrevernos a repensar y reformular nuestro proyecto histórico a todos, incluyendo a Cuba.

Adrian Zapata

zapata.guatemala@gmail.com

Profesor Titular de la USAC, retirado, Abogado y Notario, Maestro en Polìticas Pùblicas y Doctor en Ciencias Sociales. Consultor internacional en temas de tierras y desarrollo rural. Ha publicado libros y artículos relacionados con el desarrollo rural y con el proceso de paz. Fue militante revolucionario y miembro de organizaciones de sociedad civil que promueven la concertación nacional. Es actualmente columnista de el diario La Hora.

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