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Salimos de Quetzaltenango, a 2,500 metros sobre el nivel del mar: Nuestro destino, una de las playas del sur: Champerico, ese nombre raro que viene de la vieja empresa extranjera de mister Champer y su compañía –Champer & Co–, que en 1870 se escribía Champer i Co, y los lugareños lo juntaron en Champerico. Ahora es un pueblo abandonado, otrora centro de un pujante puerto fundado por el presidente Miguel García Granados.

No veníamos desde hace meses a Retalhuleu, sobre todo por los problemas en los kilómetros 194 y 189 de la carretera Cito Zarco, pero el corazón siempre tira hacia el mar. El calor y el mar son como la dermis y epidermis de mis recuerdos con papá.

La odisea empezó en Almolonga, donde un entierro nos paró media hora. En ese pueblo, la carretera principal se reduce a una calle estrecha, con carros, camionetas y camiones estacionados de cualquier manera, moviéndose en todas direcciones como en un juego de feria de “carritos locos”. De Almolonga, pasando de lado por Zunil, la vía va paralela al río Samalá. Todo fluye bien hasta el túnel de Santa María, y ahí empieza la verdadera pesadilla.

Primero, la basura. Justo después del túnel –que en su tiempo fue para el Ferrocarril de los Altos–, aparece un basurero activo en el kilómetro 200. Plástico regado por todos lados, en la ladera hermosa desde donde se ve el río Samalá contaminado. Es el basurero del municipio de Zunil, y los camiones tiran la basura a medias, imitados por la gente que deja bolsas abiertas para que perros y zopilotes las revuelvan en los bordes de la carretera. 

Ahí empieza el tercer carril de descenso, esa “megaobra” que inauguró el expresidente Jimmy Morales con bombos y platillos. Costó Q500 millones, según reportes de la época, y se derrumbó en menos de dos años por corrupción: vendieron asfalto de calidad y pusieron una capa delgada que no aguantó nada. Ese carril cruza Santa María de Jesús, pero hoy es inoperante, destruido no solo por el tráfico pesado, sino por el robo en la construcción. Morales lo vendió como orgullo nacional, pero este gobierno actual no ha movido un dedo para arreglarlo, y ahí seguimos, arriesgando la vida en un tramo peligroso.

Llegamos a la finca Alejandría, donde la carretera vuelve a dos carriles, pero para peor. El descenso es un campo minado de agujeros que obligan a cambiar de carril de golpe, convirtiendo todo en un peligro total. 

Bueno, llegamos a la finca La Soledad, kilómetro 194 y por fin Covial está haciendo algo con el socavamiento del 2025, pero es un relajo. Nadie sabe quién lleva la vía. Solamente un carril está habilitado. La espera de 15 minutos se hace eterna ante tanto desorden y luego viene otra espera eterna desde la entrada al Palmar hasta el kilómetro 189, aquel agujero en el que por fin trabaja el Ministerio de Comunicaciones. Este si es una espera de una hora, de tal forma que mejor decidimos seguir para donde se va la mayoría del tráfico y lo hacen hacia el Nuevo Palmar. 

El recorrido parece un «rally» del África en la que uno, en medio del polvo, atraviesa fincas, sigue al carro más cercano, no sabe para dónde va. Es un caos que por fin muestra una salida, justo en frente de San Felipe Retalhuleu.  Conversamos sobre todas las pérdidas de la industria hotelera, de la industria del transporte que debe llevar fruta, bienes y de todo a Quetzaltenango y viceversa. 

Ya el clima cálido nos recuerda que estamos llegando a Retalhuleu. A la par una escuela nueva que parece vieja, un Instituto Bilingüe, INEB, en Santa Cruz Muluá, cuya estructura nos acostumbramos a ver abandonada y deteriorarse con el tiempo, un instituto de secundaria. La buena noticia, el Ministerio de Educación ya lo está usando. 

Nuestra salida de Quetzaltenango a mediodía nos recuerda que luego de cuatro horas de camino, ya tenemos hambre. Nos detendremos en la entrada de Reu, como le decimos cariñosamente a Retalhuleu. Hemos recorrido 40 kilómetros en 4 horas por lo que cualquier estudiante sabrá que nos movimos a 10 kilómetros por hora. Creo que comeremos y luego dormiremos aquí. Ya nadie quiere seguir en el carro. Estamos cansados. 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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