Dentro de la historia de la humanidad y de la medicina, la magnitud de la mentalidad de «sin la pastilla no hay salud» ha venido creciendo y es un «haber» de los más grandes que maneja el ejercicio de la salud. Ya no solo es un hábito personal; es un engranaje sistémico que ha redefinido lo que significa ser humano.
Cuando hablamos de crecimiento ¿de qué hablamos?
Hay cosas de las que cuesta entender su intencionalidad humana o su resultado y en ello metemos en la misma canasta algo que preocupa a todos: La magnitud económica. Fenómeno que inquieta tanto al PRODUCTOR, al «Complejo Médico-Industrial» como al CONSUMIDOR: el enfermo o carente de bienestar.
Muchos afirman que la calidad y el estilo de vida en que nos sumergimos, son los creadores en buena proporción, del desbalance del fenómeno salud-enfermedad resultando en cronicidad de la segunda y eso es lo que sustenta la economía industrial farmacéutica que necesita la cronicidad para ser rentable, a tal punto que existe esta frase dentro de los industriales y comerciantes de lo más cínica: «Para la industria farmacéutica, un paciente curado es un cliente perdido, y un paciente muerto también».
El escenario ideal del paciente crónico no solo es útil a la industria farmacéutica, también lo es para el profesional. Aquel que vive décadas dependiendo de un fármaco para mantener sus indicadores estables necesita de ambos y de la vigilancia médica. Hay otros que en este aspecto resultan gananciosos y es el mundo de la publicidad. Al final, esos tres poderes obtienen ganancia “in crescendo”. Se gastan miles de miles de veces más en marketing de medicamentos y en investigación de paliativos que en educación profunda sobre hábitos o medicina regenerativa. La magnitud es tal que el gasto en salud es uno de los rubros que más crece en los presupuestos de las naciones y de los individuos, pero la población no se siente más sana.
Entonces podemos decir a nivel de lo biológico que somos productores y consumidores, los gestores de «Fragilidad Sintética»
¡Así es! Lo que esta mentalidad productor-consumidor produce, es un cuerpo enfermo y débil a distintos niveles y en consecuencia, podemos decir que el individuo ha perdido su “autonomía”. En otras palabras se podría decir se ha producido una atrofia, una pérdida de capacidad de mecanismos naturales de estímulo-respuesta-recuperación. Si una pastilla regula tu azúcar, tu cuerpo olvida o se desentiende cómo hacerlo. Si una pastilla maneja tu sueño (benzodiacepinas), tu cerebro pierde la capacidad de entrar en ciclos de reparación profunda por sí solo.
Acá hay otro problema y es que dada la forma dentro de la civilización occidental, de culturizar el fenómeno de salud-enfermedad, se conceptualiza el humano como máquina, no como organismo y entonces se olvida que somos parte y dependemos de un entorno ecológico. Hemos pasado a ver el cuerpo como una máquina a la que se le cambia una pieza o se le añade un aditivo, olvidando que es un sistema orgánico vivo que responde al entorno y que el entorno actúa sobre él. No terminamos de entender, que el estilo y modo de vida que llevamos, es el que configura el movimiento pendular salud-enfermedad.
Pero ¿por qué la queja si la población vive más años?
¡Correcto! Lo que se produce es una población que vive más años, pero con una biología artificial, sostenida por hilos químicos que, si fallan, provocan un colapso total y especialmente de la parte humana.
Me está insinuando que a nivel conductual hay daño también, que se da «Expropiación de la Voluntad, lo emocional, lo interpretativo y conductual»
Aquí el daño también es más dramático. Esta mentalidad occidental del «aditivo para funcionar» produce un individuo que se siente impotente ante su propio destino, insatisfecho ante el hoy que vive, recortado de su capacidad mental… pero vivo y entonces le viene la pregunta ¿qué es estar y vivir?
En otras palabras, lo que le quiero indicar es que se da una Pérdida de Locus de Control: La persona deja de creer que mejor calidad de vida depende del poder que tenga sobre sus acciones, comportamientos (caminar, respirar, comer, perdonar, descansar) y pensamientos y duda incluso de su salud. Al entregarle el poder al profesional de salud y a la pastilla, el individuo se vuelve un sujeto pasivo y un poco más crédulo del otro.
¿Se podría decir que entramos en Anestesia existencial?
Como ya mencioné, como organismos somos productos de un medio y de las respuestas a ese medio. En medios desfavorables a las respuestas orgánicas y mentales se aplanan y vuelven insuficientes e inconsistentes y las que se dan, atraen efectos secundarios que también, a menudo, «aplanan» las emociones, aunque puede suceder también lo inverso. Se produce una sociedad que no solo no siente el dolor físico, sino que tiene dificultades para sentir la alegría o la tristeza profunda y resolver. Estamos creando una vida adulta y una vejez «sedada» que evita la angustia, pero también la plenitud.
No recuerdo qué médico o psiquiatra francés dijo: «Estamos en la era de la normalización de lo patológico y de ser así sus consecuencias son múltiples al individuo y la sociedad» ¿es correcto?
¡Si es correcto! Usted a partir de volverse un trabajador y pasar los cincuenta años –especialmente en gran pero gran magnitud en el mundo occidental– se convierte en «Buscador de químicos» para evitar, controlar o prevenir algo. Se ha normalizado el control del deterioro presente y futuro con tal de perseverar en un modo y estilo de vida contraproducente. Ya no nos preguntamos por qué estamos enfermos, sino qué tenemos que tomar –dice el psicólogo. Esta mentalidad produce una desconexión con la naturaleza. Si el estilo de vida (estrés, falta de sol, mala comida) es el veneno, la pastilla es el antídoto que nos permite seguir consumiendo el veneno. Es una trampa circular y sumamente tonta de vivir.
El resultado final: El «Hombre Polimedicado»
¡Así es! Y vuelvo al psicólogo: Lo que esto produce al final del camino es un ser humano que ha intercambiado su resiliencia natural por una supervivencia asistida. Es una vida de «bajo voltaje»: no hay grandes crisis porque la química las contiene, pero tampoco hay una verdadera vitalidad.
Usted hablaba de la prioridad al medicamento sobre los cambios de vida. Esto produce lo que algunos filósofos llaman la «vida desnuda»: una vida que se mantiene biológicamente funcional dentro de parámetros de normalidad, pero que ha perdido la soberanía sobre sí mismo. ¿Cree usted que esta mentalidad es también una forma de cobardía social, donde preferimos pagar por una solución química antes que enfrentar la disciplina que exige vivir y poner en armonía nuestra biología y un medio que ésta soporte?
Su término e importancia de «cobardía social» hay que explicarlo. Llamar así a esa mentalidad en desequilibrio entre organismo y estilo de vida no es un insulto; posiblemente para el sociólogo es un diagnóstico de una sociedad que ha decidido, de forma colectiva, huir de la responsabilidad individual y social ecológica, para refugiarse en la comodidad técnica. Es la elección del «camino fácil» frente a la verdad incómoda y nuestro mal manejo de nuestra biología y el medio ambiente.
Entonces ¿qué significa cobardía social desde el comportamiento y sus alcances y problemas?
COBARDÍA, sinónimo de miedo. El miedo al cambio: Cambiar el estilo de vida (la dieta, el sedentarismo, el manejo del estrés) implica cuestionar cómo trabajamos, qué compramos y cómo nos relacionamos y vivimos. Es más fácil aceptar una receta médica que enfrentarse a un jefe que nos explota o a una industria alimentaria que nos adicta, a la compañera o compañero y a nuestros hijos.
Pero ese miedo también significa la delegación de la soberanía. Al decir: «doctor, deme algo», estamos renunciando a nuestro poder. Es cobarde porque preferimos ser víctimas pasivas de la «edad y el medio» o la «genética» que protagonistas activos de nuestra regeneración.
Pero ese comportamiento también refleja una psicología de la evasión
Efectivamente. En la búsqueda de la gratificación instantánea, el comportamiento moderno está condicionado a la rapidez. Un cambio de hábitos toma meses en mostrar resultados; años a veces, en tener aceptabilidad social; una pastilla actúa en 30 minutos. Hemos desarrollado un comportamiento infantil que no tolera la espera ni el esfuerzo sostenido.
Pero en ello hay también Externalización de la culpa
¡Por supuesto! Si la salud depende de una pastilla, la culpa de estar mal es del medicamento que no funciona o del médico, pero nunca de mis elecciones diarias. Esto elimina el remordimiento, a la vez que la capacidad de superación.
Y tanto en lo emocional como en lo conductual, lo que observamos es una desconexión sensorial: Aprendemos a ignorar las señales del cuerpo. Si el cuerpo duele, lo callamos. Esto genera un comportamiento donde la persona vive «desconectada de su cuello hacia abajo», tratando a su cuerpo como un esclavo que solo debe obedecer y no quejarse y luego vienen las consecuencias que navegan dentro del mundo que llamamos cronicidad.
¿Los Alcances de esta Mentalidad son inmensos no?
En el alcance hablamos de fragilización del carácter: Quien no tolera un dolor de cabeza sin química, difícilmente tolerará una crisis emocional o un revés de la vida sin quebrarse. La resiliencia es una sola; si se pierde en lo físico, se pierde en lo moral. A eso se suma un estado de dependencia sistémica: Creamos ciudadanos que dependen del suministro global de químicos para existir. Si mañana fallan las cadenas de suministro, millones de personas colapsarían no por su enfermedad base, sino por la incapacidad de sus cuerpos de funcionar sin el soporte artificial.
Pero entonces hablamos de problemas derivados, más allá de la medicina:
«La vida en etapa laboral vacía», el «Envejecimiento Vacío»: Produce años de vida donde la persona –afirman los psicólogos– está físicamente presente pero mental y espiritualmente ausente. Es una vida adulta y una vejez sin sabiduría, porque la sabiduría nace de haber transitado y superado el dolor, los grandes conflictos, los problemas, no de haberlos anestesiado.
El otro elemento y esto tiene que ver con el envejecimiento, trata del «costo ético y económico». Los sistemas de salud están quebrados tratando de sostener enfermedades que son, en un 80%, evitables con cambios de conducta y control ambiental. Esto le quita recursos a quienes realmente sufren enfermedades congénitas o accidentes inevitables.
Y en cuanto a vejez, hay otro elemento que no quiero dejar pasar por alto: La pérdida de la muerte digna: Al estirar la vida artificialmente a toda costa, la muerte deja de ser un proceso natural y se convierte en un fracaso tecnológico, tras meses de agonía medicalizada.
La conclusión
La cobardía social es, en el fondo, el miedo a la libertad. Ser sano exige libertad y disciplina; ser un paciente crónico solo exige obediencia al tratamiento. Hemos preferido la seguridad de la «anestesia química» a la aventura de vivir con plenitud y consciencia, aceptando nuestras luces y nuestras sombras biológicas y trabajarlas cambiando modo y estilo de vida.








