Vea del lado que quiera, somos unos “desalientados” y ello por ser eternos inconformes. Estamos emparentados con la secta de los incrédulos y los chismosos y, a la única creencia próxima que nos aparejamos es a la de quejas, con las que llenamos páginas de páginas, escritas y electrónicas, para gloria y paz de espíritu, socándolo de chismes y chistes, a fin de ahogar y olvidar penas y desalientos.
Somos de un pensar diurno y nocturno sepultado de fantasías y por ello tenemos tan buenos literatos. Los únicos que se atreven a expresar lo que creen y ven en nuestra vitalidad, mezclando un poco de lo uno y otro tanto de lo otro y soy creyente que hay que ser un supermelancólico para hacer tal cosa.
Vivir entre el horror y el éxtasis es el pan de nuestro deambular diario. Comer nos atrae más allá del hambre, aunque no tanto como el beber más allá de las penas. No de gratis, según han denunciado los que levantan estadísticas, somos el cuarto país mundial más bebedor per cápita. Lo triste en esto es que nuestro comer, beber y actuar, para los otros es creencia que lo hacemos para que no nos olviden, cuando la realidad es que es para olvidar y desangustiarnos.
Como el cáncer que ataca por todos lados y que algunos creen que no es enfermedad, nosotros a diario y gracias a los celulares, con mayor frecuencia y lujo de detalles, de manera muchas veces inmisericorde y delirante, nos involucramos en la vida de moros y cristianos, buscando victimizar lo que hacen y dicen o dejan de hacer o decir, persiguiendo sin fundamento serio alguno, renovar o destruir prestigios y satisfacer ego y superego.
Somos y nos consolidamos como escépticos sobre nuestro destino y en ese aspecto también se nos puede calificar de fatalistas, aunque y oh paradoja, creyentes del manejo divino. De tal manera que sentimos gusto por los extremos sin ser extremosos, más que cuando de política y de historia de los vecinos se trata.
No nos gusta pensar mucho, quizá por aquello de que las neuronas no se regeneran, pero tampoco somos fanáticos de actuar más que cuando nos tocan el amor propio y el patrio por nuestra selección.
Con el paso de los años creemos que no hay como antaño y entramos en pleno convencimiento que este mundo va por mal caminar, sin siquiera tener el menor remordimiento o inmutarnos por lo que dejamos de hacer al respecto y menos de aceptar culpabilidad alguna en ello.
Para ir poniendo fin a mi queja, al final, cualquiera sea nuestra edad, vivimos en conflicto con nuestro actuar o el de otros, terminando en constante combatir con lo que hacemos, sentimos, queremos y nuestro residuo entonces lo cargamos de alto… desaliento, dejando de lado el antaño decir: “ni tanto que queme al santo, ni tampoco que no le alumbre”.







