Autor: Gabriela Solorzano
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Enero siempre llega con la promesa de empezar de nuevo. Nuevas metas, nuevas rutinas, nuevas esperanzas. Sin embargo, en Guatemala, este enero no solo marca el inicio del año: nos recuerda que la política no se queda en el Congreso, en los discursos o en los titulares, sino que se filtra en nuestra vida diaria, aunque a veces no queramos verlo.

Este mes ha estado cargado de señales. Decisiones judiciales que generan incertidumbre, debates políticos que parecen no terminar y una ciudadanía que observa, opina, se cansa y, muchas veces, se pregunta: ¿y ahora qué? Para los jóvenes, que estamos construyendo nuestro futuro entre trabajos inestables, estudios, emprendimientos y sueños que no siempre caben en el sistema, la coyuntura política no es un tema lejano. Es parte del contexto que define si avanzamos o retrocedemos.

Hay algo que se siente con fuerza en enero: una mezcla de expectativa y desconfianza. Expectativa porque un nuevo año debería traer cambios positivos; desconfianza porque la historia reciente nos ha enseñado que no basta con que las cosas “empiecen”, también importa cómo y para quiénes. En redes sociales vemos indignación, memes, debates intensos y silencios incómodos. Algunos deciden desconectarse porque “la política cansa”; otros se informan más que nunca porque entienden que ignorar lo que pasa no lo hace desaparecer.

Esta coyuntura nos pone frente a una pregunta clave: ¿qué papel jugamos como jóvenes en todo esto? Durante mucho tiempo se nos ha dicho que no participamos, que somos apáticos o que solo opinamos desde un celular. Pero la realidad es más compleja: hoy participar no siempre significa militar en un partido o ir a una marcha; también es cuestionar, informarse, conversar, exigir coherencia y no normalizar lo que no debería ser normal.

Enero también nos recuerda que la democracia no es un evento que ocurre cada cuatro años. Es un proceso diario, frágil, que se fortalece o se debilita según las decisiones que se toman desde el poder, pero también según la presión o la indiferencia de la ciudadanía. Cuando se perciben retrocesos institucionales o falta de claridad, no solo está en juego la política abstracta: está en juego la confianza, elemento escaso en Guatemala.

Para quienes estamos entre la juventud y la adultez, este momento político puede ser incómodo, pero también formativo. Nos obliga a dejar de ver la política como algo ajeno y empezar a entenderla como un espacio que afecta nuestras oportunidades, nuestros derechos y nuestras posibilidades de quedarnos o no en el país.

Quizá este mes no nos dio todas las respuestas que esperábamos, pero sí nos dejó una tarea: no soltar la reflexión. Hablar de política sin miedo, sin tecnicismos, sin creer que no sabemos lo suficiente. Entender lo que pasa es el primer paso para no resignarnos, y aunque a veces parezca que nada cambia, la historia demuestra que cuando una generación empieza a cuestionar con conciencia, algo se mueve inevitablemente.

Jóvenes por la Transparencia

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