Con el tiempo las personas varían sus preferencias. Vienen períodos condicionados por los años, las experiencias, las virtudes y los defectos que, al arraigarse, generan perspectivas nuevas. Una de ellas es la exigencia de tranquilidad, porque el militante, cansado de la guerra, baja las armas y capitula. Proclama un cese al fuego para el retiro tardío.
Así, encontrar la paz se convierte en meta. Una experiencia casi imposible si afirmamos la violencia de la vida, la estructura cambiante, un sistema hecho para el desasosiego. Crear condiciones distintas es labor de zapa, sin ninguna garantía. Probablemente, quizá, ni nosotros mismos lo deseemos de verdad.
No es para menos si consideramos que el estado de alerta que produce la necesidad de vivir forma nuestro carácter. Llegados a la edad adulta, no es fácil crear condiciones de paz interna: aprender a meditar, encontrar momentos de examen personal, retirarnos en silencio y hasta orar. El hábito exigirá el ruido y solo en ese ecosistema nos sentiremos vivos.
Del contexto externo ni hablar. El rumor es excesivo: las redes, la televisión y ahora lo propio de la inteligencia artificial provocan que el espíritu siempre esté apercibido, divagando en un estado de conciencia agotadora. Hipersensibilizados por la presencia de las notificaciones, los correos electrónicos y los WhatsApp de infinidad de grupos a los que pertenecemos.
Tenemos responsabilidad, sin embargo, de intentarlo. Ya no solo es el imperativo de encontrar relaciones pacíficas, como desean algunos de mis amigos, sino responsabilizarse personalmente por ser agentes de paz. Porque, reconozcámoslo, a veces aspiramos a un estado que nosotros mismos no generamos. De este modo, es importante empezar por cada uno, reiniciarnos y aprender nuevos hábitos que nos desintoxiquen internamente.
La paz es un estado de gracia como virtud obtenida. Quiero decir: no hay que esperarla del cielo, porque es el resultado de un trabajo personal. “Si quieres la paz, decían los antiguos, prepárate para la guerra”. Este es el sentido: organizarse provocando medios que ayuden a ello. Ya sabe: introspección, lectura, meditación y vida interior.
Pero no basta. Se hace necesario limitar las atracciones externas, las seducciones de internet, los algoritmos y la voluntad de vida loca que a veces nos gobiernan. Ir por la vida un poco como Diógenes, ajustados a una vida sobria. O como San Francisco o Buda, deseando poco y renunciando al ego que nos compromete al juzgarnos centros del universo.
Si lo logramos –y es posible fracasar en el intento–, quizá podamos compartir lo del poeta: “Vida, nada me debes. Vida, estamos en paz”. Que así sea.







