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El gobierno liberal nombró como Comandante de Armas de Santa Rosa al coronel Ovidio Pivaral, quien tenía amistad con los hermanos González de Guazacapán y con José Adolfo Gallardo, y entonces lo pusieron al tanto de su situación como perseguidos políticos y le pidieron que les ayudara a pasar la frontera y refugiarse en El Salvador. El coronel sabiendo de los riesgos, instruyó a la avanzada que cuidaba la frontera, para que en altas horas de la noche, se hicieran de la vista gorda y los perseguidos llegaran al otro Estado. Gracias a esa amistad, los González y Gallardo salvaron sus vidas, pues la orden era entregarlos muertos.

Entonces vinieron los premios para los liberales. Después que el coronel Serapio Cuyún venció la resistencia unionista en Taxisco, sus soldados fueron concentrados en Cuilapa. Una mañana que yo llegué al bufete del licenciado Miguel Guzmán, me encontré con el coronel Cuyún y otros liberales de Cuilapa, discutiendo cómo premiar a los liberales que se habían distinguido en sofocar el levantamiento. A mí, se me encargó escribir la propuesta: por Cuilapa se propuso a Celso Arana, Gregorio Lima, Juan Salazar y Aníbal Letona. Por Chiquimulilla se propuso a los hermanos Pineda, a Manuel Valladares y Julio Solórzano. Y, por Guazacapán, Ismael Trejo, Francisco Hernández, Alfonso Vega y Francisco Aguilar. A los quince días de esa reunión, los nombrados y otros más, recibieron los despachos de subtenientes y se le entregó una espada. En el caso de Julio Solórzano García, por gestiones del licenciado José María Lazo, fue ascendido a teniente coronel; pero, años después, el presidente Jorge Ubico le canceló ese despacho, así como el grado Subteniente que se le había dado a Mariano González.

Por esas fechas de 1922, ocurrió un crimen político. Resulta que don Feliciano Roldán, hombre trabajador y dueño de la finca Medio Monte, se le intrigaba por ser amigo del licenciado Cermeño, del bando unionista. Él era ajeno a los sucesos de Taxisco y no tuvo ninguna participación, pues estaba atendiendo su finca Zacuapa. Pero, por intrigas de los liberales, se ordenó su captura con una escolta formada por Carmen Molina, Abigaíl Fonseca y Carmen Arévalo, Leonardo Tuna, entre otros. Cuando la escolta llegó a la Avellana, quisieron obligar a la señora Rosa Pérez, para que dijera dónde estaba don Feliciano. Ella, muy valiente, se negó a denunciar el paradero; pero, cupo la casualidad que un patojo como de doce años, llegó a ese lugar y les indicó que se encontraba en el paraje El Maguito. El comandante de la escolta ordenó que tomaran una lancha para llegar a ese lugar. Cuando don Feliciano vio la presencia de la escolta, se tiró al canal, pero un tiro le dio en un brazo y lograron su captura. Carmen Molina trató de defender a don Feliciano, pero su ruego no fue escuchado y fue fusilado al pie de un tamarindal, a la orilla del embarcadero de la Avellana. Antes de su muerte, Salomón Estrada, que formaba la escolta, me contó que don Feliciano se quitó su ropa y se la ofreció a Leonardo Tuna, quien no la aceptó. Así, sin juicio ni nada, falleció una de las personas más respetadas de Taxisco, todo por intrigas políticas de los liberales.

René Arturo Villegas Lara

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