A finales del año 1922, ya consolidado el gobierno liberal, en los tres pueblos hubo una aparente tranquilidad y yo, Herlindo Villegas, trabajaba tranquilo en Cuilapa.
Una mañana llegó el alcalde de Guazacapán, Ismael Trejo, y de acuerdo con la corporación me nombraron secretario municipal, lo que me alegró porque volvía a mi pueblo. El primer día de trabajo, me enteré que a la orden del capitán Apolonio Melgar, veinticinco soldados cocinaban y dormían en el edificio. Le dije al alcalde que no debía permitir ese abuso; pero me contestó que era para cuidarse de un ataque unionista. Después tuve conocimiento que el capitán disponía de las reses de las fincas intervenidas, las destazaba y vendía la carne, el unto y el cuero a los vecinos, como un negocio privado.
Entonces, sin consultar a mi superior, le dirigí un mensaje al presidente Orellana, denunciando esa forma de abigeato oficial. Al siguiente día se recibió la orden de suspender la matanza de ganado. Pero, cuando el jefe político de Santa Rosa, se enteró de mi denuncia, le ordenó al alcalde Trejo que me destituyera de inmediato, aunque la corporación no estaba de acuerdo. Además, ordenó que me detuvieran y me mandaran por cordillera a la cárcel de Cuilapa. En Sinacantán me encerraron en la prisión y la escolta se dedicó a emborracharse. En el camino la escolta se dedicaba a disparar y yo tenía el temor de que me quitaran la vida, como era la costumbre. Al llegar a Cuilapa, ocupé la celda donde recién había estado prisionero un cura que defendía al unionismo y que se le conocía como el padre Nicho. Al día siguiente, fui conducido ante el jefe político, el general De León y me dijo: “Usted le puso un telegrama al presidente denunciando los hechos que se están cometiendo en las fincas intervenidas. Además, los liberales de su pueblo han informado que usted es confidencial de los exiliados unionistas que están en El Salvador. Y por saber que es una persona honrada, la mandé a conducir para salvarle la vida. Lo dejo en libertad pero no vuelva a su pueblo, porque nadie en su tierra es profeta”. Cuando el movimiento unionista casi se había extinguido, los jerarcas del partido, Tácito Molina, José Azmitia, Manuel Cobos Batres y otros, fueron apresados y los condenaron a la pena capital. Pero, el clero intercedió por ellos y fueron indultados, siempre que el licenciado Marcos Cermeño se hiciera cargo de los gastos ocasionados a la Nación, por las sumas de Q50,000, por lo que tuvo que hipotecar sus fincas Cartago y Argelia, para pagar esa suma. Meses después el licenciado falleció y los bienes le fueron rematados a la viuda. Y esos levantamientos contra los liberales se debieron a la provocación de mi tío Anselmo Orantes Villegas, por darnos noticias de un contragolpe a Orellana que nunca sucedió y que causó tantas dificultades.
Guatemala, agosto de 1977
Herlindo Villegas Orantes
Mi referido tío cursó hasta tercer año primaria, como era a principios del siglo XX. Pero era el sabio de la familia paterna. Leía mucha historia y escribía a su manera. Estos relatos los he reconstruido y los publico como un homenaje a su memoria.







