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El pasado 7 de enero del año 2026, se cumplieron 40 años del fallecimiento de Juan Rulfo, uno de los grandes de la literatura universal y orgullo de las letras mexicanas. No escribió por parvadas; pero, sus libros “Pedro Páramo”, los cuentos “Llano en Llamas” y un guion cinematográfico “El Gallo de Oro”, fueron suficientes para sitiarse en el trono de los escritores de renombre. Tito Monterroso dijo que Rulfo era un escritor que había que leerlo “manos arriba”, porque deslumbra con sus grandes logros literarios. No necesitaba escribir más, porque con lo que nos legó a los lectores, fue suficiente para consagrarse como un inigualable novelista y cuentista.

Y dice Monterroso que Rulfo demostró que los escenarios de las novelas o de los cuentos no son necesariamente de lo urbano, sino de los enigmas rurales, pues en Llano en Llamas todos sus relatos están ambientados en sucesos de lo rural. El guion del Gallo de Oro, que se llevó al celuloide, filmada bajo la dirección de García Márquez y Carlos Fuentes, gira en torno a la suerte de jugarse la vida con un Gallo ganador en los palenques, con los corridos de Lucha Villa. Y una característica de sus narraciones son los nombres de los personajes, como el que lleva el capataz de Pedro Páramo, que se llama Fulgor.

En una oportunidad que yo visitaba el Palacio de Bellas Artes, en la capital mexicana, recuerdo que en de las salas se anunciaba un homenaje a Juan Rulfo. Yo iba a ver una presentación del ballet mexicano; pero, como la entrada era libre, preferí tomar asiento en el público del homenaje a Rulfo y me emocionó conocerlo personalmente. Recuerdo que al terminar los protocolos, un señor del público, que obviamente había leídos sus libros, le pregunto que de dónde sacaba los nombres raros de sus personajes. Y Rulfo contestó que él iba a los cementerios de los pueblos y de las aldeas

Y tomaba nota de los nombres de los difuntos y difuntas, a veces en una lápida de mármol o de rústicos letreros pintados a mano en el travesaño de las cruces. Bueno, dijo, yo mismo me llamo Nepomusemo. Y el público soltó una discreta carcajada y Rulfo a penas sonrió. Ese es un recuerdo grato que tengo respecto a Rulfo. La UNAM ha publicado algunos discos bajo el nombre de “La Voz Viva de México” y uno de ellos recoge la voz de Juan Rulfo leyendo sus cuentos sobre Luvina, Nos Han Dado la Tierra o Diles Que no me Maten Justino, y al escuchar su timbre de voz, se explica por qué en la monumental novela Pedro Páramos todos los personajes están muertos y son las almas las que regresan de ultratumba para ser actores de su relato. Hace unos días, tuve la oportunidad de ver una entrevista que le hicieron en España y Rulfo a penas sonríe, con el cigarrillo en los labios, y da la sensación de ser tímido frente al entrevistador.

Rulfo fue apasionado de la fotografía en blanco y negro y, seguramente, cuando trabajó de vendedor de llantas para automóvil por todo el interior de México, tuvo la oportunidad de fotografiar estampas de pueblos y aldeas que visitaba: una pared de adobes, un rancho con techo de zacatón o un vecino montado en un pequeño burro, que por el gran charro no se le ve más que la quijada. El otro disco de la UNAM contiene los cuentos de otro gran escritor mexicano, paisano de Chiapas: Eraclio Zepeda, ya fallecido, que tiene un cuento fabuloso sobre un fulano que coleccionaba las almas de los fallecidos, la enfrascaba y las tenía coleccionadas en una gran “Almario”, que durante un temblor se cae el almario y las almas se riegan por donde les diera la gana. Son cuentos fabulosos los de Eraclio, a quien tuve el honor de conocer en un almuerzo que organizaron los escritores Max Araujo y Norma García Mainieri.

René Arturo Villegas Lara

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