Un visitante del futuro, yo, que luego de su visita quisiera regresar al presente, tendría que vencer al menos dos leyes de la física: la Ley de la Causalidad y la Segunda Ley de la Termodinámica. La primera es que cada causa produce un efecto, aunque es una ley compleja porque hay que interpretarla en términos de múltiples causas y múltiples efectos que temporalmente se separan: la causa es primero, el efecto es después. Junto a eso, viajar al futuro y regresar viola el hecho de que el desorden (entropía) del universo siempre aumenta (Segunda Ley de la Termodinámica). Para regresar tendríamos que ordenar al universo naturalmente, lo cual es imposible.
La única luz de esperanza es que la teoría de la relatividad, en el sentido de la dilatación del tiempo según Einstein, sí me permite viajar al futuro. Según esa teoría, la cual ha sido demostrada, cuando un objeto se mueve rápidamente, con velocidades cercanas a la de la luz, el tiempo pasa más lento para quien se mueve, así que uno podría «saltar» al futuro. Ese personaje que salta al futuro seré yo momentáneamente en esta narrativa fantasiosa.
Para el 2050, en este futuro pesimista que imagino donde las tasas no caen lo suficiente por falta de políticas efectivas, la población mundial será de unos 9,700 millones de personas. Guatemala tendrá unos 30 millones de habitantes si nos mantenemos en la tasa de crecimiento actual.
Lo primero que resalta en este viaje fantasioso al 2050 es el incremento de la temperatura: hemos sobrepasado los 2 grados centígrados, y ya estamos cerca de los 2.5 grados de incremento a nivel mundial. Es apenas el mes de enero de 2050 y la temperatura parece la de abril, templada, con un aire seco que evoca el desorden entrópico que tanto temía en mis reflexiones pasadas. El agua contaminada del lago de Amatitlán se ha evaporado en su mayoría y aunque quedan unos humedales, el otrora lago ahora es una zona residencial popular, con edificios altos alimentados de energía solar. Perdimos totalmente al lago.
Para el 2050, el incremento de temperatura a nivel mundial ha producido sequías más intensas en el mundo y en Guatemala. El corredor seco ya es un desierto en formación, en parte porque las emisiones de dióxido de carbono de las grandes potencias no se lograron reducir de forma significativa. El Estado de los Altos pudo negociar con México el cuidado de las zonas de recarga hídrica del río
Usumacinta, que, aunque redujo su caudal, los cuidados binacionales de las montañas del Quiché lograron disminuir los efectos negativos del cambio climático en la frontera sur mexicana.
Mientras tomo un avión hacia el aeropuerto internacional del actual Estado de los Altos, una zona independiente de Guatemala, pero integrada a la Unión Mesoamericana de Repúblicas, con una escala en Sololá, me doy cuenta de que ahora el lago Atitlán ya no tiene aquel hermoso color azul que lo caracterizaba, sino que ha tomado un color verdoso propio de la cianobacteria que lo ha atrapado ante la negativa de gobiernos, habitantes, turistas y empresarios hoteleros que avanzaron muy poco en el tratamiento de sus desechos. El olor a algas muertas reemplaza el aroma fresco de antaño, un recordatorio sensorial de cómo el cambio climático acelera la entropía. Aunque ahora ya no tiran al lago sus residuos, al lago le está costando regenerarse porque el Cambio Climático hace que en este enero del 2050 la temperatura a las 6 de la mañana sea de 14 grados mientras que en el 2025 era de 11 centígrados.
En el 2050, la Unión Mesoamericana de Repúblicas tiene funcionando un sistema de producción integrado de energía hidráulica, solar, eólica y nuclear. Cada una de las repúblicas mesoamericanas ha desarrollado institutos de investigación que se especializan en diferentes áreas de interés desde la República de Panamá hasta la República de los Altos, de tal forma que este istmo es relativamente autosostenible.
Un instituto en los Altos, por ejemplo, investiga reversiones entrópicas a escala micro, un gesto ficticio a la física que sueña con ordenar lo desordenado, aunque sepamos que el universo no lo permite. Otro instituto en Panamá, otrora el Instituto Smithsonian, ahora el Instituto llamado José de Jesús Martínez, amigo filósofo del presidente Omar Torrijos, estudia la adaptación de manglares al incremento de temperatura y su uso en el tratamiento de aguas en las zonas altas de Mesoamérica.
Las noticias en el Norte no son alentadoras. Se sabe que el otrora Estados Unidos ha sido invadido por China, una potencia nuclear mundial. La Unión Europea del Siglo XX ha decaído para darle espacio a nuevos grupos de poder que se integran por nuevas repúblicas del sur, incluyendo África, aunque las guerras por el agua son el pan de cada día.
Antes de regresar al 2025, quise preguntar a los habitantes de las zonas donde estaba el otrora lago de Amatitlán y el lastimado lago de Atitlán si recordaban algunos gobiernos de Guatemala, que ahora colinda con la República de los Altos,
a la que no pertenece Atitlán. Fui específico y pregunté si recordaban al gobierno de Bernardo Arévalo y no lo recordaban. Pero varios habitantes del 2050 de esa zona me dijeron que habían leído sobre el gobierno de Juan José Arévalo. Uno me miró perplejo: «¿Bernardo quién?», pero una anciana sonrió: «Ah, como el de Juan
José, el que soñó con reformas». Lo que me dio alegría porque me dije a mí mismo: «Estos pueblos tienen memoria histórica». Ya es hora de regresar a diciembre del 2025.







