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El derecho internacional es una de las construcciones jurídicas más ambiciosas de la historia humana y su importancia hoy es evidente cuando parece que el orden de reglas está colapsando. Su propósito fundamental ha sido regular la convivencia entre entidades políticas soberanas, limitar el uso de la fuerza y establecer reglas mínimas de cooperación en un mundo marcado por la diversidad cultural, política y económica. Aunque sus raíces pueden rastrearse hasta la Antigüedad, el derecho internacional moderno nace propiamente en el siglo XVI y se desarrolla paralelamente a la formación en el siglo XVII del sistema de Estados nacionales que hoy alcanza casi doscientos miembros.

El punto de partida suele situarse en la Europa del Renacimiento y la temprana modernidad, en un contexto de expansión imperial, guerras religiosas y descubrimientos geográficos. Pensadores como Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca reflexionaron sobre la legitimidad de la conquista de América, los derechos de los pueblos indígenas y la noción de una comunidad internacional regida por normas comunes. Vitoria sostuvo que incluso los pueblos no cristianos poseían derechos naturales, una idea revolucionaria para su tiempo y uno de los primeros cimientos del derecho internacional.

En el siglo XVII, Hugo Grocio dio un paso decisivo con su obra De iure belli ac pacis (1625). Grocio intentó sistematizar un derecho aplicable entre Estados, basado no solo en la noción teológica sino en la razón natural. Para él, incluso la guerra debía someterse a reglas, y los tratados entre naciones tenían fuerza obligatoria. Con Grocio, el derecho internacional dejó de ser una reflexión moral dispersa y comenzó a adquirir forma jurídica.

El Tratado de Westfalia de 1648 marcó otro hito fundamental. Al poner fin a las guerras de religión en Europa, consagró el principio de soberanía estatal y la igualdad jurídica entre los Estados. Cada Estado sería libre de decidir su organización interna sin interferencias externas. Este principio, que aún estructura el orden internacional actual, permitió la coexistencia de múltiples entidades políticas bajo reglas compartidas, aunque también legitimó un sistema centrado en el equilibrio de poder de los Estados.

Durante los siglos XVIII y XIX, el derecho internacional se expandió junto con el comercio, la diplomacia y la colonización europea. Así se desarrollaron normas sobre navegación, tratados bilaterales y derecho diplomático. Sin embargo, este “derecho internacional” seguía siendo esencialmente eurocéntrico y excluyente: los imperios coloniales imponían reglas que no siempre reconocían como soberanos iguales a los gobernantes de los pueblos colonizados. Aun así, se sentaron bases importantes, como la idea de que los acuerdos internacionales crean obligaciones jurídicas duraderas.

El siglo XX transformó radicalmente el derecho internacional. Las dos guerras mundiales evidenciaron los límites de un sistema basado únicamente en la soberanía estatal y el equilibrio de poder. Tras la Primera Guerra Mundial surgió la Sociedad de Naciones, un intento fallido pero significativo de institucionalizar la paz. Después de la Segunda Guerra Mundial, la creación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945 marcó el inicio de un nuevo orden jurídico internacional. La prohibición del uso de la fuerza, la promoción de los derechos humanos y la cooperación multilateral se convirtieron en principios centrales.

Desde entonces, el derecho internacional ha experimentado una expansión sin precedentes. Se han desarrollado ramas especializadas como el derecho internacional de los derechos humanos, el derecho humanitario, el derecho del mar, el derecho ambiental y el derecho penal internacional. La creación de tribunales como la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional refleja el intento de someter incluso a los Estados y a sus dirigentes a normas jurídicas comunes.

En la actualidad, el mundo cuenta con casi 200 Estados nacionales, además de organizaciones internacionales, empresas transnacionales y diversos actores no estatales que influyen en la vida global. En este contexto complejo, el derecho internacional cumple una función indispensable: proporcionar un lenguaje común de reglas, procedimientos y responsabilidades. Aunque carece de un poder coercitivo central comparable al de los Estados individuales, su fuerza reside en la legitimidad, la reciprocidad y la presión internacional.

La importancia del derecho internacional hoy es doble. Por un lado, busca evitar el retorno a un mundo gobernado exclusivamente por la fuerza, donde los más poderosos imponen su voluntad sin límites. Por otro, ofrece herramientas para enfrentar problemas globales que ningún Estado puede resolver por sí solo, por ejemplo, el cambio climático, las pandemias, la migración masiva o los conflictos armados internos con repercusiones internacionales.

El derecho internacional no es perfecto ni siempre eficaz, pero representa uno de los mayores esfuerzos civilizatorios para someter el poder de la fuerza bruta a normas racionales de justicia. En un mundo fragmentado y lleno de incertidumbre, su existencia sigue siendo una condición esencial para la convivencia entre los casi doscientos Estados que comparten un mismo planeta y que sin embargo tienen diferentes intereses particulares. No podemos simplemente permitir un retroceso tal de la civilización que pone de verdad en peligro la propia supervivencia de la humanidad. 

Roberto Blum

robertoblum@ufm.edu

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