El 21 de agosto, Mariano González ejercía el poder en Guazacapán y cometió el error de no atacar a los de Chiquimulilla, pues allí los contrarios poseían muchas armas que les habrían servido en el levantamiento. Ese mismo día, Mariano recibió un emisario procedente de Taxisco, que llegaba de parte de José Damián Gonzáles, pidiéndole auxilio porque los liberales de ese pueblo, encabezados por el coronel Jesús San José, Carmen Molina, Jovino Arévalo y otros, defendían con fuerza la guarnición. Mariano, entonces, organizó un contingente nutrido de unionistas y agarraron camino para Taxisco. Al llegar, se trabó un fuerte combate que duró varias horas, resultando muertos los liberales Rómulo Centeno, el sargento Pedro Chiquirín, herido de gravedad, don José Tuna y los demás hechos prisioneros. Como consecuencia de ese enfrentamiento en la plaza de Taxisco, se hizo cargo de ella don Benjamín Cermeño, quien organizó una escolta encabezada por Gabriel Luna, para conducir a los liberales prisioneros a la cárcel de Guazacapán, incluyendo al coronel San José; y entregarlos al comandante Mariano González. Ya en camino, la escolta se encontró con un sujeto que les informó que ya Guazacapán había sido invadido por tropas del gobierno y que estaban matando a todos los unionistas y violando a las mujeres. Entonces la escolta dispuso, por miedo de llegar a Guazacapán, que allí mismo en la finca El Cielito, fueran ejecutados los prisioneros a puro filo de machete. Mientras los unionistas atacaban Taxisco, la tropa del gobierno lo hacía en Guazacapán y de esa lucha fallecieron Celso Villegas, Alejandro González y Rosalío Gómez; y los unionistas, encabezados por Mariano González, lograron fugarse y los soldados pusieron en libertad a los liberales que estaban presos, entre ellos César Trejo, Francisco Hernández, Concepción Esquite y fusilaron al centinela de la cárcel de apellido Cuellar. Mientras tanto, los unionistas de la aldea Los Cerritos, Federico Hernández, Adolfo Melgar y Francisco Corado, fueron informados de lo que estaba sucediendo para que tomaran sus precauciones, pues las líneas del telégrafo habían sido cortadas. Un unionista de apellido Herrera, ignorante de que la plaza de Guazacapán había caído, al llegar por la noche, los soldados le dijeron: ¿Quién vive? Y él contestó: “Soy de los nuestros”; y entonces una descarga terminó con su vida, cuando escasamente tenía treinta años.
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