Las luces se apagaron, los árboles se guardaron y la ilusión dio paso a la realidad cotidiana. En Guatemala, ese tránsito no es solo emocional: es también político. Cada diciembre, como sociedad, depositamos expectativas profundas en una figura simbólica a la que atribuimos la capacidad de resolverlo todo. En nuestra metáfora nacional, ese Santa Claus suele llamarse Presidencia de la República.
Durante el cierre del año, el país escribe cartas colectivas: salarios dignos, seguridad, justicia independiente, oportunidades reales. Se espera que el Presidente reparta soluciones como regalos inmediatos. Sin embargo, enero llega y deja una enseñanza clara: los cambios profundos no ocurren por arte de magia. No porque falte voluntad, sino porque los problemas que enfrentamos son estructurales y acumulados durante décadas.
El debate sobre el salario mínimo lo refleja con claridad. Para muchos trabajadores representa una esperanza legítima frente a años de precariedad; para otros sectores, un reto para la sostenibilidad económica. El Presidente queda en medio de tensiones reales. Pero este debate, lejos de ser una frustración, abre una oportunidad: reconocer que ningún ajuste aislado resuelve por sí solo la informalidad, la baja productividad o la ausencia histórica de políticas de desarrollo. Los avances duraderos requieren sistema, no solo intención.
Algo similar ocurre con la elección de Cortes. La aspiración de una justicia independiente sigue vigente y es legítima. El camino ha sido complejo, marcado por inercias institucionales y prácticas que anteceden a cualquier gobierno. Entender esto no implica resignación, sino madurez cívica: la justicia no depende de una sola figura, sino de un entramado institucional que debe ser fortalecido de manera sostenida.
En este contexto, la Presidencia enfrenta un desafío central: ser el rostro visible del cambio mientras se reconstruyen herramientas reales para hacerlo posible. Cuando los resultados no son inmediatos, la decepción aparece. Pero también aparece una oportunidad valiosa: transformar la expectativa pasiva en participación consciente.
Después de Navidad queda lo más importante: dejar la fantasía y asumir la corresponsabilidad. Gobernar no es repartir regalos, sino decir la verdad sobre los límites, ordenar prioridades y construir procesos que perduren. Guatemala no necesita promesas envueltas en papel rojo, sino instituciones que funcionen todo el año, salarios dignos con sustento productivo, cortes legítimas y una ciudadanía activa.
Pasó la Navidad. Santa Claus no cumplió las promesas. Pero nos dejó algo mejor: la posibilidad de entender que el futuro no llegará en trineo, sino con trabajo serio, reglas claras, liderazgo honesto y responsabilidad colectiva. Y ese, aunque exige más, es un regalo que sí vale la pena construir.







