En los últimos días del año viejo me ocupé de dos actividades sumamente placenteras: arreglar mi jardín en San Juan del Obispo y ordenar los libros que me acompañan en este refugio, alejado de las noticias de la discordia humana que generan actitudes negativas y de la sarta de avisos sobre falsos fallecimientos que van construyendo un obituario inexistente.
Así, para ordenar el desorden, ubiqué los libros por autores: los de García Márquez, desde La hojarasca y Ojos de perro azul hasta sus memorias; los de Isabel Allende; los de Vargas Llosa; los de Carlos Fuentes; los de Octavio Paz; los poemarios de Neruda, León Felipe y García Lorca; y todos los de la enriquecedora literatura guatemalteca: Manuel José Arce, Williams Lemus, Pepe Milla, Luis Alfredo Arango, Wilfredo Valenzuela, Víctor Muñoz, Max Araujo, Pérez de Antón, Otto René Castillo, Óscar Arturo Palencia, y tantos otros escritores que el espacio de estas cuartillas no alcanza para citarlos a todos, pero que me acompañan fielmente en la estantería.
En ese ejercicio de ordenar el desorden me encontré con unos libros no abandonados, sino escondidos: Santiago y demás cuentos, de mi recordado amigo Wilfredo Valenzuela; ¡Lola dormida! y Cartas a los Manzaneros, de mi compañero del internado en la gloriosa Escuela Normal Central; y dos libros interesantes editados por el Ministerio de Educación, cuando aún existía la Editorial José de Pineda Ibarra, extinguida impunemente por algún ministro trasnochado: El poeta Villegas, de Salomón Carrillo Ramírez, y El loco, de Pedro Molina. También apareció un folleto sobre la insurrección de los vecinos de Taxisco, Guazacapán y Chiquimulilla en 1920, que dejó escrito mi tío Herlindo Villegas Orantes, testigo presencial de esos levantamientos.
Leí algunas páginas de los libros sobre Simón Bergaño Villegas y El loco, y con su lectura se aprende cómo era la vida en la Guatemala colonial. Sin embargo, mi intención en esta prosa es referirme al poeta Luis Alfredo Arango.
Ya he contado que cuando ingresé a la Normal, en 1953, a Luis Alfredo —como antiguo de cuarto año— se le encargó la conducción de toda la patojada de internos que nos tocó en el cuarto dormitorio. Desde entonces supe de su calidad humana, aunque algunos alumnos cafres, que siempre los hay, no fueran capaces de reconocer ni su grandeza como guía de adolescentes, ni mucho menos su ternura de fino poeta y notable acuarelista, que hacía par con el artista Ernesto Boesche Rizo, galardonado en Guatemala y en el extranjero por su obra pictórica.
En ¡Lola dormida! me impresionó el encuentro con una doña de por allá por Totonicapán, donde el poeta dejó el ombligo y los dientes de leche, y adonde volvió para que lo reconocieran. Cuando doña Josefa Rodas le habla de las ruinas del molino, le contesta que de eso ya no queda nada. “Quedan los recuerdos”, responde el poeta. “Eso sí… los recuerdos… son lo único que queda”.
En otro pasaje, una joven emponzoñada le confiesa a don Silvano, el padre, sobre su embarazo, y el Tata ordena que “se case inmediatamente, o antes si es posible”.
En Cartas a los Manzaneros se retrata su Totonicapán soñado, y entre las cartas aparecen pinturas en negro, trazos de los recuerdos de su pueblo: casas, calles, esquinas, bosques de pino. En la contraportada, Arango dice: “No se puede ser buen escritor si no se es sincero, limpio, íntegro como hombre y como intelectual… En Cartas a los Manzaneros hablo de mi pueblo… Este es un mensaje de amor, de fe y esperanza en el porvenir… Escribo para mis paisanos, porque sé que se sienten preteridos y desalentados. Han perdido de vista el mañana. Creo que sus contradicciones son aparentes. En realidad son co-tradiciones, y de ellas surgirá nuestro futuro”.
Me propongo como meta del año nuevo que, de cada libro que termine de leer, escribiré una prosa mundana.







