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Pasó el momento de los abrazos acompañados de esperanzadoras expresiones sobre el año nuevo y entramos a la realidad de este 2026 que será un año decisivo para la historia de Guatemala. En la etapa final del año anterior los grupos que tienen el control de las instituciones del país dieron muestras de su nivel de organización y realizaron festejos y convivios en los que renovaron su compromiso para mantener incólume el poder que les permite robar el dinero público y, sobre todo, gozar de la más plena y garantizada impunidad.

Siempre esperamos con optimismo el inicio de un nuevo año y hacemos votos para que las cosas sean positivas para cada uno de nosotros y nuestras familias, pero pocas veces como ahora ese futuro ha estado tan dependiente de lo que como sociedad hagamos para enderezar el rumbo del país. Ya se están movilizando las fuerzas para la primera prueba en las postuladores, con la conformación del próximo Tribunal Supremo Electoral, mismo que debiera ser garantía de respeto a la voluntad popular pero que, luego de todas las maniobras que vimos tras la última elección, pasa a ser un instrumento vital, tanto para quienes quieren democracia como para los que persiguen mantener ese férreo control que hoy ejercen.

Lo que sea el año 2026 depende, como nunca, del papel que como ciudadanos estemos dispuestos a desempeñar en el legítimo ejercicio de nuestros derechos y obligaciones. Fuera de la masiva y concreta participación que en las pasadas elecciones permitió el triunfo a quien parecía opuesto a las mafias, nos hemos quedado de brazos cruzados y carentes de un liderazgo que nos conduzca a la movilización y acción para el cambio, volvimos a nuestra rutina de indiferencia ante lo que acontece.

Eso es lo que tenemos que cambiar ahora porque no podemos esperar mayor cosa distinta de quien lidera el Gobierno y todo dependerá de lo que cada uno de nosotros hagamos como ciudadanos; empecemos por actuar dentro de las diferentes instancias de la sociedad (civil, empresarial, indígena, etc.) para armonizar ideas y acciones que nos permitan promover el cambio que es urgente para terminar con esos poderes fácticos que han despedazado la institucionalidad porque lo único que buscan es enriquecerse con el dinero que debiera usarse en la promoción del bien común, del desarrollo humano y la seguridad.

Guatemala puede y merece cambiar pero el año 2026 debe verse, desde ya, como el que marcará el rumbo del país durante, por lo menos, la próxima década pues si nos resignamos a vivir como hasta hoy y no impulsamos un cambio profundo, estamos condenando a nuestros descendientes. Por ello es que hoy, si queremos materializar esa serie de buenos deseos que expresamos antes de la llegada del Año Nuevo, debemos emprender una nueva actitud como ciudadanos, dejando atrás la indiferencia para ser, entre todos, promotores del cambio que Guatemala necesita.

Redacción La Hora

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