Es como una tradición mundial, no sabemos de dónde viene su origen o quien lo ha estudiado; Pareciera que son válidas las razones por las cuales se acostumbra hacer promesas de fin de año, se convierten en temas para el año entrante es decir para este año, cuando estén leyendo esta columna, se convierten en metas las que realmente deberían de ser pequeñas tareas realizadas gracias a las actividades que han de realizarse, es decir hay que cumplir esas tareas para alcanzar las metas.
El problema es que siempre nos fijamos metas personales, mientras que, hasta cierto punto, aunque son importantes, son triviales ante lo que sucede en el mundo o simplemente ante lo que sucede en nuestro país.
Que vamos a hacer más puntuales, que este año si vamos a hacer ejercicio, que vamos a bajar de peso, que le voy a hablar a personas que tengo años de no hablarles, que voy a perdonar a fulano o a fulana, que lograré ahorrar para comprarme un vehículo, que me voy a dedicar a trabajar duro para poderme casar, o atreverme y decirle la verdad a alguien que por años no he podido o no me he atrevido a decirle etc; y no nos hacemos promesas profundas que tengan que ver con el mundo que nos rodea, con el bienestar, con el bien común, con buscar cómo como planeta, como país, cómo podemos vivir más y en mejores condiciones.
¿Qué pasó? Que el verdadero sentido de las promesas del Año Nuevo se ha ido perdiendo y no de ahorita, sino por años. Y es que las promesas que solemos hacer son al final temas de conveniencia muy personal y no como mencioné antes, temas que tengan que ver con los demás, temas relacionados con ayudarnos unos a otros, temas relacionados con todo lo que hablamos durante todo el año en esta columna y en el ROBERTO ALEJOS – PODCAST.
Qué voy a hacer yo el año que viene o el año que hoy empieza por cambiar los temas que de verdad importan, el hambre, la pobreza, la violencia, la salud y el bienestar común? No últimamente lo que se le llama el buen vivir , sino mejor ponernos promesas que tengan que ver con los derechos humanos en términos generales, y en vivir como realmente merece vivir la población; en este caso en particular la población guatemalteca que tanto ha sufrido; que tanto ha aguantado, que tanta esperanza ha tenido y que nunca lo ha logrado.
¡No se vale! Que no hayamos hecho promesas de Año Nuevo, que no podamos revisarlas para hacer nuevas promesas adicionales a las personales, que al final como dije antes, nos benefician no sólo a nosotros. Hablemos de metas de nación, y aunque suene a un discurso trillado y político, hablemos de diálogo y negociación. Por el bien común, revisemos lo que nos prometimos este año. No quiero decir que no cumplamos lo que ya nos prometimos, simplemente agreguemos temas nuevos, todos relacionados con la no confrontación, pero lo más importante en esa lucha contra todo el dinero que se pierde por malos manejos, y no hablo simplemente de corrupción o de robo, hablo de mala ejecución, de ineficiencia o de dinero que simplemente no se gasta. ¿Qué hacemos para que no se quede solo en fiscalizar sino en denunciar para que todo cambie, pr ejemplo?
¡Ya es hora! Que arranquemos un año pensando en todo lo que viene como algo positivo, empezando por nosotros mismos. Y es que este, será un año especial por todas las elecciones que vienen. Quizá la promesa debería de ser una sola, “tengo de participar en la medida de mis posibilidades, en el espacio en que yo pueda y lo encuentre en la medida de mi tiempo y mis posibilidades, pero de que tengo que participar, tengo que participar.”
Más aún la promesa debería de ser qué hago yo para convencer a los que no participan para que participen? Qué hacemos para politizar a la población porque al final nos guste o no, los políticos dirigen el país, y aunque el poder radique en el pueblo, lo delegamos en esa clase política a la que yo he pertenecido, que no hemos logrado llenar las expectativas de la población que tanto espera del país que tanto lo necesita. Que las promesas de fin de año sean eso, la participación pensando en lo mal que estamos y en lo mucho que podamos hacer para cambiar.
Que nos duela seguir viendo que las promesas van y las promesas vienen, y que adicionalmente nosotros no hagamos promesas que incluyen a los demás. Que ese dolor sea el motor para actuar, para involucrarnos, para exigir y para trabajar por cambiar el destino de Guatemala. Caminemos, participemos… o no avanzamos.







