Hace pocas semanas, con ocasión de la crónica de Las Bienaventuranzas, resalté, parafraseando a Dostoyeski, la vital importancia de dos pasajes evangélicos: las Bienaventuranzas y el Hijo Pródigo. El gran escritor ruso afirmaba que, sin esta última, el mensaje de Jesús estaría “incompleto”. Lo propio, adicioné, del Sermón de la montaña.
El Hijo Pródigo, esta bella pieza de amor y humanidad, está comprendida en el capítulo quince de Lucas, un capítulo que en la mayoría de los textos bíblicos se titula “La oveja perdida”, pero podríamos llamar “la Alegría de Dios”. Este capítulo quince empieza resaltando la felicidad del pastor, dueño de 100 ovejas, cuando recupera a la que se había extraviado. Después cita el regocijo de la mujer que encuentra la moneda perdida. Esas dos primeras lecturas son como preparación a la parábola del Hijo Pródigo; en adición al júbilo del pastor, al alborozo de la mujer se agrega la euforia del padre. En otras palabras, destaca la alegría de Dios, nuestro padre, cuando uno de sus hijos regresa a sus brazos.
Curiosa costumbre judía de esa época en el sentido de que un hijo, entrando a la adultez, pueda pedir –exigir, acaso—al padre “su parte de la herencia” (su parte de la hacienda). En nuestra cultura hispanoamericana, el propietario es libre de decidir a quién hereda o lega sus bienes y cuándo hacerlo; por lo general, hasta después de fallecido.
El buen padre, accede a la dura petición y le entrega su parte. Supuestamente la mitad, a pesar de ser el hijo menor.
El hijo toma camino. Ello implica dar la espalda a la cultura, costumbres y tradición del hogar y de su tierra. ¡Qué pena! Pero el padre respeta la libertad del hijo. Su libre albedrío.
La narración nos indica que “malgastó su dinero llevando una vida desordenada”. No menciona a las “malas mujeres”, ese aporte lo hace el hermano mayor, para condimentar más su enojo. En todo caso se va a “país lejano”. Algo interesante, en tal región criaban cerdos al punto que su último oficio fue cuidar de estos animales inmundos. Denigrante. Y para más inri, se tuvo que comer las bellotas que les daban a estos animales. ¡Guácala!
La referencia a los cerdos es muy simbólica. Por un lado para dar a entender que, en efecto, es un pueblo con poca relación con las costumbres judías y semitas, en general. Dos, que el hijo llegó a lo más bajo, tocó fondo. Pero, en ese momento detuvo su caída y empezó su proceso de arrepentimiento. Y decidió regresar, con “la cola entre las piernas” a la casa paterna.
El texto dice que el padre lo vio desde lejos. Lo que no dice, pero lo insinúa, es que el padre, con mucho esfuerzo, subía todos los días a la terraza, un punto alto de la casa, atisbando el horizonte y esperanzado en que cada viajero que pasaba, fuera su hijo. Grande sería su contentamiento, su respiración se aceleró varias veces cuando veía algún joven, de porte parecido a su hijo, pero luego se hundía en la amargura cuando, ya más cerca, se daba cuenta que no era su hijo. Y salía todos los días.
Pero una tarde, a punto ya de retirarse porque el viento frío empezaba a soplar, distinguió una figura. Pidió a sus ayudantes que esperaran unos minutos. Mientras el caminante se acercaba su corazón, ya viejo, se agitaba. A menos de cien metros se convenció que sí, ¡era su hijo! “Se le conmovieron las entrañas”. Entonces corrió, algo impropio de su dignidad, de la compostura que debía guardar, como dueño y jefe de la familia. Pero corrió, sí, muy a pesar de sus limitaciones. Y cuando estuvo enfrente: “se le echó al cuello y lo cubrió de besos”.
Quisiera, en esta Cuaresma, en esta preparación de la Pasión y del triunfo de la Resurrección, que nos detuviéramos a meditar lo que este pasaje evangélico nos quiere transmitir. Ni más ni menos, que nosotros, humanos imperfectos y pecadores, podemos dar a nuestro Padre una alegría inconmensurable.
Y al hablar de conversión, de ese regreso al hogar, no me estoy refiriendo a cambiar las malas costumbres, dejar aquel vicio, cortar aquellos deslices, sacar los resentimientos y malos deseos, etc. No. Eso es como quitar los números negativos. Ello está bien, pero hay algo más. Me recuerda cuando, en cuarto o quinto grado de primaria, nos introdujeron al álgebra. Nos extrañaba manejar número “en negativo”: siete menos cero. Ups. En nuestro caso, no se trata de superar los números negativos, se trata de agregar en positivo. De sumar, matemáticamente; geométricamente, mejor. En este sentido debemos ser mejores cristianos, brindar ayuda al prójimo, ánimo al necesitado, sonrisas al triste, comida al hambriento, todas esas obras que Jesús nos enseñó; oración y sacrificios, pero, sobre todas ellas, sobre todo, tener siempre presente al Padre: “Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas”. Tenerlo presente a cada momento y bendecir Su santo nombre.
Por otra parte, respecto de la contrariedad del hijo mayor, la parábola nos reitera que estando con Dios, con el Padre, nada más nos debe importar. Por eso dejar de lado las comparaciones, las envidias, “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”.
En todo caso, esta lección es una primorosa y oportuna preparación para las fiestas pascuales en las que, obviamente, destaca la Pasión y los sufrimientos de Jesús. Pero esos padecimientos no son más que un simbolismo de nuestras propias angustias e incertidumbres en nuestro paso por este “valle de lágrimas”, desdichas que son como una prueba, de las que, al igual que Jesús, habremos de salir triunfantes. Habremos de resucitar, tal es el principal mensaje de la Pascua. Y, perdón que repita, debemos ser conscientes que nosotros, criaturas insignificantes, tenemos el gran potencial de dar a nuestro Padre un motivo, una razón, que lo haga correr a abrazarnos, y que, al igual que en la parábola: “se le conmuevan las entrañas”.