Adolfo Mazariegos

Hace una buena cantidad de años (bastantes, a decir verdad), trabajé en una estación de radio en la que tuve la fortuna de conocer a estupendas, geniales y talentosísimas personas. Recuerdo el día en que, estando en mi horario al aire, escuché unos leves golpes en el cristal de la ventana que daba a la cabina de locución, me volví para ver de qué se trataba y vi, del otro lado del vidrio, a un muchacho que me saludaba, preguntándome con señas, si podía entrar. Asentí, y aquél joven (éramos muchachos entonces) vestido con pantalón gris y suéter, entró y me saludó con una amabilidad y alegría que jamás he olvidado. “Mucho gusto, me llamo Nelson”, dijo, extendiéndome su mano de dedos delgados, como de músico. Fue la primera vez que lo vi, sin saber en ese instante hasta dónde llegaría la amistad que hoy día, a pesar del tiempo y la distancia, valoro y agradezco profundamente. Con el paso de los años nos hicimos grandes amigos, compartimos buenos y no tan buenos momentos, e hicimos planes de cómo realizar algunos de los muchos sueños de artista que teníamos entonces. Después de eso, la vida me llevó fuera de Guatemala durante otros tantos años, lapso en el que prácticamente perdí contacto con muchas de mis amistades. Sin embargo, me llenó de mucha alegría regresar y enterarme de que aquél amigo al que tanto había llegado a apreciar, se había convertido en uno de los artistas más grandes y más queridos que ha dado este país: Nelson Leal. Al volver de mis largos años fuera, poco a poco he ido ubicando a cada quien (todavía me faltan algunos), y a pesar de que, de más está decirlo, la vida ya no es la misma para nadie, el cariño y la admiración siguen intactos. Hoy, gracias a la publicación de otro amigo, cómplice de aventuras artísticas (Mario Vallar) me he enterado del difícil momento por el que atraviesa la salud de Nelson, un difícil momento para él, para su familia, y para todos aquellos que lo conocemos y lo apreciamos. Por eso, hoy mismo voy a buscarte al hospital donde estás ingresado, para leerte estas sencillas líneas que te estoy escribiendo y para decirte personalmente la importancia que tiene para mí la amistad que me has prodigado durante tantos años. Quiero que sepás que aún conservo aquel CD con las dos primeras canciones que grabaste y que se convirtió en uno de los más invaluables obsequios que alguna vez me haya dado un amigo; aún conservo el recuerdo de aquella Navidad en que, usando un traje de Santa Clos, fuiste a saludar a mi hermano menor; aún conservo el recuerdo de aquella canción que escribiste en contra de las pruebas nucleares en el Atolón de Mururoa; aún conservo tantos recuerdos que forman parte de esa entrañable amistad que siempre has prodigado y por la que hoy día te aprecia tanta gente. ¡Ánimo, y adelante mi querido amigo Nelson Leal, estamos con vos!

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