Eduardo Blandón
 
Para muchos la preferencia electoral es un acto parecido a la elección de un plato de comida.  Un “me gusta” o “no me gusta” que depende más bien de la sofisticación del paladar.  Y se justifican: para qué detenerse en estudiar las propuestas de programas de gobierno si no solo carecen de originalidad, sino que son hechos sin deseos de cumplirlos.  La elección para ellos es casi un acto dejado al azar.

Otros, me cuento entre ellos, su participación electoral la basan en parámetros.  Digamos, una especie de criterios que sirven de brújula.  Algo como: jamás votaría por un candidato ligado al pasado oscuro del país o  habitualmente me decanto por partidos de izquierda.  Aquí hay una especie de audacia en el voto que no exime de errores que conducen, tarde o temprano, a golpes de pecho.

Hay participantes de corte conspirativos.  Esos para los que siempre hay una trama que solo ellos descubren con su perruno olfato.  A veces estudiosos de filosofía que ejercen el escepticismo cartesiano con fe de carbonero.  Dicen: Ojo, ese voto contribuye a continuar con el statu quo.  Es el neocolonialismo en su máxima expresión.  Los votantes son borregos que sin saberlo se dejan confundir por las redes sociales, siempre manipuladas con perfiles falsos, patrocinados por la CIA, los planes de la oligarquía y cerebros maquiavélicos al servicio del dinero.

No es fácil encontrar la cordura y colocarnos en el justo medio. Considerar, por ejemplo, que algunos candidatos simplemente no son viables por los grupos con que se rodean y quieren gobernar.  Porque la falta de experiencia en el ejercicio de la cosa pública no es trivial para acceder a la gran empresa de gobernar el país.  Pensar que no basta la buena voluntad y que el pasado cuenta para decantarse por un líder de nación.

No es fácil la decisión de conceder el voto, pero tampoco es tarea exclusiva de los espíritus con sentido aguzado o superhombres.  Es cuestión de abrir la mente y cerrar los ojos.  Eliminar las consideraciones estéticas y pensar quién es el candidato más eficaz, trabajador y sensible para sacar al país de la pobreza.  Por lo demás, no es el fin del mundo. Relájese, pero sea responsable.

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