Luis Fernandez Molina

luisfer@ufm.edu

Estudios Arquitectura, Universidad de San Carlos. 1971 a 1973. Egresado Universidad Francisco Marroquín, como Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales (1979). Estudios de Maestría de Derecho Constitucional, Universidad Francisco Marroquín. Bufete Profesional Particular 1980 a la fecha. Magistrado Corte Suprema de Justicia 2004 a 2009, presidente de la Cámara de Amparos. Autor de Manual del Pequeño Contribuyente (1994), y Guía Legal del Empresario (2012) y, entre otros. Columnista del Diario La Hora, de 2001 a la fecha.

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Luis Fernández Molina

Hace cuatro días falleció en Masaya, Nicaragua, un hermano de mi madre. Tenía 99 años. Igual murió una tía paterna hace seis meses, en Nueva Orleans, a los 102 años. Otra hermana de mi madre acaba de celebrar sus 102 años y está muy bien de la cabeza y la salud. Mi abuelo materno murió a los 101 años. Mi padre falleció a los 96 años. Si las leyes genéticas son congruentes me espera todavía un tramo en el recorrido, no sé si ello me debe entusiasmar o preocupar…. En todo caso, en memoria de mi tío José Francisco, y a manera de memorial le dedico una breve nota:

“Desde ayer en la tarde ustedes han envejecido quince horas y yo ninguna. Ya no controla el reloj mis latidos del corazón ni las arrugas avanzan denunciando mis muchas risas y tantos llantos. Ya mi piel no registra las manchas del sol ni los roces de los vientos. Ya no soy yo.

Quedan ustedes resistiendo el paso inexorable de los minutos mientras yo salí, por fin, de ese escenario donde me tocó actuar por muchas décadas. Y terminó mi función en el momento preciso que anticipaba el libreto. Adiós a todos. Ustedes sigan sumando tiempo al que ya vienen arrastrando. Sigan pendientes de los malestares corporales y de las huellas que el calendario va rasgando en sus cuerpos. Sigan descubriendo nuevos pliegues en su rostro y contando las nuevas canas o los cabellos que todavía se sostienen. Sigan tomando los medicamentos que procuran algún bienestar. Sigan con sus dietas saludables o con su despreocupado menú.

Ya no me llegan los virus y no me afligen todas esas dolencias que a ustedes tanto preocupan. Quedaron atrás mis limitaciones físicas que aumentaban como mis años al punto casi de inanición. Las cosas materiales que aprecié no se vinieron conmigo. Quedaron allí y espero alguien las valore y use como yo lo hice. La tierra, los volcanes y paisajes también se quedaron y servirán de escenario a futuras generaciones. Ya no recuerdo qué propiedades tenía ni cuánto dinero quedó en mis cuentas bancarias. ¿Acaso importa ahora?

Desde ayer ustedes envejecen al mismo ritmo que yo tenía. Desde ayer son ustedes más viejos. Yo ya no. Son estas las últimas notas que habré de escribir en el lenguaje que aprendí de los labios de mi madre. Ese lenguaje que en nada ayuda para explicarles las nuevas luces que iluminan las maravillas que me rodean.

Aquí, en este lugar, nos encontraremos. Mientras tanto disfruten del milagro de la vida; saboreen cada minuto con aquel paladar que distingue lo dulce, lo salado, lo ácido, lo amargo, lo picante, en fin, todas las combinaciones de una mesa bien preparada. Pero no se apresuren que su tiempo es limitado, yo en cambio tengo una eternidad para esperarlos”.

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