Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt

Tenemos impunidad precisamente porque la misma tiene como objetivo fundamental garantizar que quienes se enriquecen con los negocios hechos con el Estado nunca se vean sometidos a juicio. Pero esa impunidad se tradujo también en ausencia de castigo para los violadores, secuestradores, asesinos y pandilleros, por lo que los pueblos viven en permanente zozobra y no es extraño que los niños prefieran correr los riesgos de la migración que quedarse a esperar la muerte en medio de una sociedad que no les ofrece medios de escape a la pobreza.

No somos estrictamente países pobres porque nuestro ingreso per cápita es mayor que el de otros países donde hay más desarrollo humano y menos condiciones de pobreza. Somos países que sufren de agudas inequidades porque mientras unos pocos, preferiblemente los que pasan por el poder o los que hacen negocios con los que pasan por el poder, son verdaderamente ricos mientras que el resto de la población, llamada a recibir servicios con el dinero que es escamoteado por la corrupción, se mantiene en condiciones inviables para alcanzar su dignidad como seres humanos.

El problema se vuelve más grave cuando los posibles cooperantes para impulsar un programa de desarrollo con apoyo internacional, se dan cuenta que la corrupción todo lo consume y que la debilidad de las instituciones convierte en porosos los presupuestos porque no hay forma de controlar la calidad del gasto sin instituciones de control y fiscalización eficientes y, mucho menos, autoridades encargadas de la persecución penal que le pongan ojo a los malos manejos con las finanzas públicas.

Todavía ahora hay funcionarios que dicen que admitir que no se puede proteger a nuestros niños adentro de las fronteras es admitir que somos una especie de estados fallidos, pero la respuesta que ofrecen es la mentira, afirmando que Guatemala sí puede proteger hoy por hoy a sus niños y no como hace un par de años. No podemos darle a nuestros niños seguridad y mucho menos esperanza y eso, ciertamente, nos convierte y presenta como estados fallidos, realidad que no desaparece porque un obstinado funcionario sale a decir lo contrario.

Se habla ahora de un proyecto de apoyo internacional similar al Plan Colombia porque con todo y los millones que representa, costaría menos que atender a los niños migrantes. Pero surgen las suspicacias sobre el manejo que se le daría al dinero porque la fama de nuestros políticos y sus socios empresarios ha trascendido las fronteras.

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