París
DPA

Emmanuel Macron en la Casa Blanca, Emmanuel Macron en el Parlamento Europeo y dentro de poco en el Kremlin: el Presidente francés, de cuya elección se cumple el lunes un año, parece ser omnipresente.

El joven mandatario, de 40 años, está demostrando al mundo que Francia, una potencia nuclear, ha vuelto a ocupar su lugar en el escenario mundial y quiere participar en la gestión de crisis como la guerra en Siria. ¿Es Macron el hombre más poderoso de Europa? En cualquier caso, es alguien considerado capaz de influir al otro lado del Atlántico en su imprevisible colega estadounidense, Donald Trump.

Desde la espectacular victoria electoral de Macron el 7 de mayo de 2017, Francia es un país en constante transformación. Prácticamente cada semana se anuncian nuevas medidas reformistas. El presidente, de centro-liberal, ha prometido una «profunda remodelación» de su país, un compromiso al que está dando un impulso decidido. Sus medidas afectan a casi todos los aspectos del sistema económico y social francés, desde el derecho laboral hasta la formación profesional pasando por el sistema impositivo.

Mientras que el exterior elogia el nuevo brío de la segunda economía europea, la propia Francia está dividida. Según las encuestas, la mitad de los franceses considera injusta la política impulsada por Macron. Desde hace un mes, los trabajadores ferroviarios llevan a cabo huelgas periódicas, los estudiantes han bloqueado algunas universidades y los pensionistas se quejan del aumento de los impuestos. En resumen: el ambiente no es de fiesta, ni mucho menos, aunque en los más recientes sondeos Macron ha recuperado cierto terreno en los índices de aprobación.

Macron no es el presidente de los ricos sino de los superricos, criticó hace poco su predecesor socialista, François Hollande. Aunque esta opinión es discutible, lo cierto es que durante el primer año de la presidencia de Macron se han aprobado reformas que benefician sobre todo a los empresarios y los inversores, relegando al segundo plano las reformas sociales.

Macron, el presidente más joven en la historia de Francia, insiste en llevar adelante sus políticas reformistas. «Hago lo que digo», reza su lema. Las críticas le resbalan. En París, su estilo de gobernar muchas veces se compara con el del general Charles de Gaulle, quien incorporó en 1958 a la Constitución un sistema fuertemente presidencialista. El Gobierno del primer ministro Édouard Philippe tiene escaso protagonismo. Todos los focos se dirigen al jefe de Estado.

El que fuera ministro de Economía durante la presidencia de Hollande surgió prácticamente de la nada, sin un partido clásico, sin posicionarse claramente ni a la derecha ni a la izquierda. La joven estrella de la política francesa se impuso sin problemas en la segunda vuelta de unas elecciones muy acaloradas a la populista de derechas eurófoba Martine Le Pen. También muchos electores tradicionalmente de izquierda votaron hace un año, si bien a regañadientes, por el brillante exbanquero.

Reformas económicas en la lucha contra el desempleo, que sigue elevado, participación en una operación militar con Estados Unidos y el Reino Unido contra objetivos en Siria, la defensa apasionada de una amplia reforma de la Unión Europea y un potencial papel mediador en los conflictos en Cercano Oriente y Medio Oriente: ¿No está intentando Macron abarcar más de lo que se puede? El exprimer ministro conservador Dominique de Villepin ya está advirtiendo sobre el peligro de un sobrecalentamiento militar y diplomático.

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