Como cualquier guatemalteco lo siente, quisiéramos poder escribir bellezas de nuestro país sabiendo que vía internet nuestra publicación llega a muchos lugares del mundo y que de una u otra manera proyectamos la imagen de Guatemala, pero eso sí que sería caer en las ya célebres “fake news” de las que tanto habla el Presidente de Estados Unidos. El papel de la prensa es informar de la realidad y hablar sobre hechos y en ese sentido, apegados a la verdad, tenemos que describir las cosas como son aunque esa realidad sea muchas veces dolorosa. Un reciente estudio sobre migración, realizado por el Pew Research Center da cuenta no sólo de la cantidad de personas que llega ilegalmente a Estados Unidos, sino detalles sobre el tipo de migrante por región.
El migrante menos preparado, con menor escolaridad, es el del Triángulo Norte de Centroamérica. La mayoría no terminó siquiera la educación básica y es esa condición la que les hace migrar, pero también la que les condena a una migración más dura porque no pueden aprender fácilmente el idioma y se encuentran en notable desventaja respecto a quienes vienen de otros países donde se preocupan por la educación pública y por eso encuentran muchas más oportunidades, aunque sea simplemente porque saben inglés o se les facilita mucho su aprendizaje.
Si no reconocemos nuestros problemas y entendemos nuestra realidad, jamás podremos cambiarla y por ello es que hay que decir las verdades aunque duelan. Tenemos una población en condiciones de abandono, no sólo en el plano educativo, sino también en el plano de la alimentación y salud. Una población que sufre desnutrición crónica siempre estará en desventaja, pero es notable que aún con esas limitaciones, nuestra gente que emigra logra demostrar su calidad como trabajadores incansables, dedicados y muy responsables en lo que hacen.
Exportar gente es un grave pecado social, pero exportar gente sin los conocimientos y condiciones necesarias para encontrar los mejores y más dignificantes trabajos es doble pecado y así lo tenemos que asumir y entender. Si a ello agregamos que las remesas se han convertido en un gran negocio, tanto que son el motor de la economía del país y que de ellas dependen no sólo las familias de los migrantes sino prácticamente Guatemala, veremos que hay mucho de cinismo social porque terminamos dependiendo de aquellos que hemos dejado atrás, de los que no nos hemos preocupado y de quienes se ven forzados a buscar en otro lado las oportunidades que su país les ha negado desde siempre.







