Raúl Molina
Hay un abismo entre las juventudes privilegiadas, con las oportunidades y recursos que cada joven debiese tener, y las juventudes marginadas, que son condenadas a las peores condiciones, simplemente por ser pobres. Ayer concluyó en Antigua el Modelo de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe (MONULAC), creado por un grupo de académicos para mejorar la formación de estudiantes universitarios de esta región. Se le califica de hito histórico y Raúl Molina, uno de los pioneros de la iniciativa, lo considera como una valiosa oportunidad para que las y los jóvenes del continente contribuyan a la transformación de sus Estados y sociedades. Los 120 estudiantes que participaron en la simulación de la ONU debieron hacer grandes esfuerzos para asistir; pero fueron privilegiados con una oportunidad de formación que les abrirá puertas para su vida profesional y les permitirá contribuir al cambio de las políticas públicas nacionales. También privilegiada es Sara Curruchich, cantautora kakchiquel, a quien la RPDG otorgó el Reconocimiento a la Juventud 2016. Con sus esfuerzos constantes ha podido abrirse paso en el mundo de la música, lo cual ha necesitado trabajo de ella y su familia; pero debe considerarse también privilegiada, porque ha podido estudiar música y una carrera universitaria. Frente a este cuadro de éxitos, debemos ver el otro lado de la moneda, la marginación de grandes sectores de nuestra juventud.
El caso de las jovencitas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción nos demostró crudamente la realidad de varias docenas de ellas que, estando bajo la tutela del Estado, enfrentaron una situación dantesca por el desprecio y desinterés de las autoridades correspondientes. La cauda final es 41 jovencitas muertas y muchas más afectadas. La responsabilidad por esta tragedia sube hasta la esposa del Presidente Jimmy Morales y el mismo presidente. Aún bajo el impacto provocado por esta tragedia, se presenta ahora el caso del correccional “Las Gaviotas”, que cobró de inmediato dos vidas humanas más. Como centro correccional, se encuentran ahí jóvenes menores de edad que han sido acusados como responsables de delitos. Son las personas marginadas que en el sistema carcelario de Guatemala terminarán de convertirse en verdaderos criminales. Muchos han estado en las maras o han escapado de ellas –organizaciones de jóvenes que, vía la violencia, reclutan a personas sin rumbo, educación y recursos para hacerse de dinero y de poder. Saben que sus opciones son la migración hacia el norte, ahora más difícil por las restricciones de Trump, o la delincuencia. Muchos han apenas escapado de las operaciones de “limpieza social” que fuerzas de seguridad llevan a cabo cotidianamente. Se les persigue a estos jóvenes en Guatemala, en México y en Estados Unidos; no los desea nadie. ¿Cuántos talentos se pierden en estas circunstancias? ¿Qué sucedería si el Estado se hiciera cargo de todos los niños y niñas de menos de seis años en el país y les garantizara nutrición, alimentación, salud y educación? ¿Qué podría esperar Guatemala cuando esa niñez llegara a la mayoría de edad? Sería tanto un milagro como una revolución.







