Lucrecia de Palomo

¡Qué gran oportunidad es el Adviento! Los que creemos en el Dios Único, estamos seguros que por medio de su Espíritu Santo, permitió la fundación de su Iglesia para acompañarnos y que pudiéramos resguardarnos de los grandes peligros que acechan nuestra alma. Este Dios único es quien permitió, por el gran amor y misericordia que siente por sus criaturas, que el Verbo se hiciera carne para reconciliarnos del pecado original; sabe que caemos, conoce la naturaleza humana y por tanto reconoce nuestra vulnerabilidad ante las tentaciones y que nos dejamos vencer una y otra vez.

El domingo pasado iniciamos en la Iglesia el tiempo de Adviento, época que marca un nuevo comienzo de preparación para volver a nacer; luces, coloridos celajes en el cielo y el friíto de noviembre nos lo anuncian. Pero no todos lo perciben, en el Congreso de la República pasó desapercibido y se continuó haciendo más de lo mismo: diputados ignorantes, traidores con funcionarios entrometidos; se aprobó un presupuesto tan desfinanciado como los anteriores, donde todos aquellos que levantaron la mano para ratificarlo solo esperan dádivas del Ejecutivo que gastará a manos llenas los recursos y donde la inversión es casi nula.

Guatemala y el mundo viven años de circunstancias diversas, donde se ha expulsado del corazón de los niños el nacimiento de Jesús como el centro del Adviento; de una fiesta eminentemente religiosa y espiritual se convirtió en pagana. Se perdió el sentido de Dios y del pecado; y como dijo la señora Angela Merkel, si queremos emerger de la crisis de hoy volvamos a Él. El primer paso para ello es darle el nombre verdadero a lo malo sin enmascararlo con palabras rimbombantes: al aborto asesinato, a un presupuesto desfinanciado corrupción, enriquecimiento por medio de empresas de papel, prebendas por compras muchas veces innecesarias, sobreprecio en los productos que se le venden al Estado, etc. etc. Darle el verdadero nombre a las actuaciones es esencial.

El Concilio Vaticano II enseñó sabiamente que «el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época». Por ello en este momento del año tomemos el tiempo para un buen examen de conciencia, desechemos todo aquello que no valió la pena pues nos separó del Bien, nos desvió del camino de la verdad, nos hizo infelices y un país más pobre. Tomemos esta oportunidad, volvamos a nacer. Adviento, Pascua o Navidad, nombres que le damos a estos días de amor y paz, no son para seguir engañándonos con leyes mal hechas, con diputados corruptos e insensibles, que siguen siendo causantes de nuestra realidad. Volvamos a las costumbres de antaño dónde el pesebre, los pastores y las estrellas eran lo primero en ser colocado en casa -donde no se puede reconocer la sencillez de Dios que se hizo hombre por amor a nosotros- dejemos el árbol, los regalos y el bullicio fuera de ella y en el silencio meditemos.

Fue en ese pesebre humilde donde la salvación inició; donde se mostró con claridad cuáles son los principios de la familia. Un padre, una madre e hijos sujetos a la obediencia; dónde el alimento es respetar la voluntad del Padre. Dios nos pide el desapego afectivo de los bienes materiales, aceptar las humillaciones de la vida que lleva a la humildad. Encontremos el espacio donde se hable de la Sagrada Familia, de Herodes, de los Reyes Magos y aprendamos de su actuar. Como se diría en lenguaje popular, hagamos un borrón y cuenta nueva para que el Adviento sea realmente un renacer del hombre nuevo y el que no quiera cambiar que no obstaculice a los demás a hacerlo.

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