La educación ¿gasto o inversión?

José Manuel Monterroso
Académico docente

La educación constituye un eslabón múltiple en el desarrollo. Una sociedad con más altos niveles de educación tiene una mejor base para la incorporación oportuna del progreso técnico, la innovación y los aumentos en materia de competitividad y productividad. También la política se beneficia de una población con mayor base educativa, pues la sociedad del conocimiento y la vida democrática requieren de una participación política más amplia sobre la base de una ciudadanía informada, con capacidad crítica y cultura cívica.

En el ámbito de la igualdad, la educación juega un papel decisivo. Una menor segmentación del aprendizaje y los logros por niveles socioeconómicos, género, territorio y etnia permite reducir las brechas de desigualdad de una generación a la siguiente.
(CEPAL, La hora de la igualdad, 2010: 223).

Para los economistas, los términos gasto e inversión son antónimos. Aunque ambos se pueden catalogar genéricamente como egresos, sustantivamente son distintos. Mientras que el primero implica dirigir algún recurso sin obtener mayor beneficio o rédito duradero o significativo, el segundo implica la multiplicación o aumento del recurso utilizado para lograr determinado fin. En el primero de los casos, los recursos egresados se consumen con prontitud y poseen poco efecto en la capacidad de producir más recursos en el futuro; mientras que en el segundo, los egresos crean riqueza. En la economía familiar, por ejemplo, no es lo mismo hacer un egreso económico para ir al cine que para pagar un curso de inglés. El egreso primero dará frutos o resultados pasajeros (aunque, en algún momento, necesarios), mientras que el segundo producirá resultados a largo plazo y con beneficios, si los podemos llamar así, “reutilizables” o “regeneradores” de otros nuevos.

Digo lo anterior pues llegó a mis manos, hace apenas unos días, un documento titulado Panorama de la educación 2017: Indicadores de la OCDE, el cual presenta una inmensa gama de datos sobre los recursos humanos y económicos que los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) invierten en educación.

En el mismo documento se indica que se incluyen “datos sobre educación de los 35 países miembros de la OCDE, de 2 países asociados que participan en el programa de Indicadores de los Sistemas Educativos (INES) de la OCDE –Brasil y Federación Rusa–, y de otros países asociados del G20 y adheridos a la OCDE que no participan en el INES (Argentina, Arabia Saudí, China, Colombia, Costa Rica, India, Indonesia, Lituania y Sudáfrica)”. Agrega el informe que “las fuentes de datos para los países participantes que no pertenecen al INES proceden del Instituto de Estadística de la UNESCO o de La Oficina Europea de Estadística, más conocida como Eurostat” (p. 17).

Un dato que resulta interesante es el de los ingresos laborales que puede percibir una persona según el nivel de estudios. El informe indica que “en los países de la OCDE, los adultos de 25 a 64 años con una titulación universitaria ganan de media un 56% más que aquellos que solo han finalizado la educación secundaria superior” (p. 108). Esto pone de manifiesto que la educación, más que un gasto, es una inversión cuyos réditos se prolongan por muchos años e incluso de una generación a otra. En Latinoamérica, México, Costa Rica, Colombia, Chile y Brasil son países en los que se da lo anteriormente apuntado.

Otro dato importante es que la media de inversión que los países de la OCDE llevaron a cabo en educación, en el año 2014, fue del 4.8 % del PIB. En la Federación Rusa, India, Indonesia, Japón y República Checa, esta inversión osciló entre el 3.5 % o menos, mientras que en Dinamarca y Noruega fue del 7.4 % o más.

Cabe realizar una comparación de los datos antes presentados con lo que sucede en Guatemala. Según el sitio web Expansión/Datosmacro.com, en el 2015, nuestro país, a pesar de haber incrementado en un 9.12 % el gasto público en educación solo alcanzó el 2.96 % del PIB. Según este dato, Guatemala se sitúa como el país de América Latina con el menor índice de inversión en concepto educativo, ya que el resto de países tienen un mínimo del 5.3% en relación al PBI. ¡Y esto sin comparar a Guatemala con los países que pertenecen a la OCDE!

Ante esto, surge una gran interrogante: ¿qué mueve a estos países a invertir más en educación?

La respuesta tiene que ver, sin lugar a dudas, con la importancia que se le otorga a la formación de los habitantes. No cabe la menor duda de que en los países en los que más se invierte en concepto de educación, esta es vista como un medio de transformación social muy importante y sin precedentes.

Según esto, resulta paradójico que para muchos de nuestros gobiernos la inversión en educación sea vista como impertinente, por considerar que los resultados no se manifiestan de forma inmediata. Un alto porcentaje del presupuesto es utilizado para gastos de funcionamiento y un mínimo para programas y proyectos encaminados a generar cambios profundos en la sociedad. No resulta extraño, entonces, que muchos de los fondos públicos sean encausados a subvencionar rubros y programas cuyos frutos puedan ser vistos casi instantáneamente y, de esa manera, captar la atención del mayor número posible de adeptos en el intrincado político, con fines puramente electoreros o clientelares. Viene a colación –casi metafóricamente– el hecho acaecido en un municipio de nuestro país en el cual, por muchos años, los gobiernos municipales se opusieron a utilizar fondos para la construcción de la red de drenajes públicos por considerar que esto era una inversión “subterránea” que no estaría a la vista de la población. Fue así como prefirieron invertir en la construcción de obras periféricas y cosméticas, tales como pintar los bordillos de las aceras, cambiarle el color al quiosco del parque, realizar donaciones en especie, etc., aunque el municipio estuviera saturado de malos olores y plagado de aguas residuales por todas partes.

De igual forma, la inversión en educación puede ser silenciosa y sin resultados prontos y evidentes. Sin embargo, trae consigo ahorros significativos en la mayoría de rubros del gasto público. Así, por ejemplo, un pueblo bien educado requerirá menos recursos en salud por cuanto sabrá agenciarse de los medios para conservarla en mejores condiciones; requerirá menos inversión en ornato y limpieza por cuanto cada uno de los pobladores velará por el mantenimiento y conservación de su entorno. Ejemplos como estos hay muchos más; basta ver con qué aspectos tiene relación la educación para descubrir que sobreabundan en todo grupo social.

Si vemos desde esta óptica la realidad de nuestros países latinoamericanos, con facilidad nos daremos cuenta de que nada hay más productivo y rentable que la inversión en educación. Si alguien pone en duda lo dicho anteriormente, basta con que dé una mirada a la realidad de los países en los que más se invierte en este concepto y podrá descubrir que se están gestando cambios profundos en todos los ámbitos. Gracias a un buen nivel educativo, el progreso en todo sentido se hace sensible pronta y efectivamente. Claro está que, como todo proceso, la educación requiere un buen compás de espera, espera esta que no es infructuosa por cuanto las semillas sembradas hoy empezarán a producir frutos incluso antes de lo que se piensa.

La inversión en educación la podemos comparar con la siembra de árboles maderables. Aunque el producto final, la madera, se obtendrá a largo plazo, los frutos de dicha siembra son prácticamente inmediatos: más oxígeno, menos bióxido de carbono, menos erosión de la tierra, embellecimiento del paisaje, mayor biodiversidad, etc.

El llamado es claro: no se deben escatimar esfuerzos para invertir tiempo y recursos en educación, ya que a todas luces está demostrado que, antes de lo imaginado, los frutos serán cosechados por todos.


Presentación

Durante mucho tiempo se ha afirmado la relación directa entre inversión en educación y desarrollo humano. Existe un consenso generalizado de que los gobiernos deben privilegiar el financiamiento y la gestión en materia educativa como estrategia segura, a mediano y largo plazo, para salir de la pobreza y encaminarse a una vida con más bienestar social. ¿Qué de nuevo hay ahora en ello?

El académico universitario, José Manuel Monterroso, nos lo viene a recordar, insistiendo, además, en que cuando se trata del financiamiento en educación, más que un gasto es una inversión. Todo, redituando en bien de la población en general, a partir de las posibilidades que crean los estudios.

Parece claro, pero esa convicción no se ha traducido en realidad.  Así lo expresa el profesor al afirmar que “según el sitio web Expansión/Datosmacro.com, en el 2015, nuestro país, a pesar de haber incrementado en un 9.12% el gasto público en educación solo alcanzó el 2.96% del PIB. Según este dato, Guatemala se sitúa como el país de América Latina con el menor índice de inversión en concepto educativo, ya que el resto de los países tienen un mínimo del 5.3% en relación al PBI. ¡Y esto sin comparar a Guatemala con los países que pertenecen a la OCDE!”.

Con el texto de Monterroso, la edición ofrece a sus lectores las contribuciones de Juan Carlos Hernández, Miguel Flores, Gustavo Bracamonte y Maco Luna. Los dos primeros, presentan ensayos propugnando sus puntos de vista desde sus concepciones filosóficas y estéticas. Los últimos, Bracamonte y Luna, comparten textos literarios a partir de sus propias ensoñaciones artísticas.

Lo invitamos a la lectura de nuestra edición y a compartir sus comentarios desde nuestra edición digital. Desde La Hora le deseamos un feliz descanso y un buen fin de semana. Hasta la próxima.